Autor: Walter Röthlisberger Ancizar
País: Colombia
Año: 2025
Palabras: 4.915
Idioma: Español
Género: Ensayo
Subgénero: Literatura de viajes
Temas: el viaje | el libro | la lectura | la escritura | la conversación | vida moderna | las vacaciones | ocio
Ideas generadoras del ensayo: Una tarde cualquiera recostado de espaldas en una cama de un Airbnb intentando leer un libro de Kawabata, La pandilla de Asakusa, que sin entusiasmo había llevado por insistencia de mi mujer para el viaje, y el bloqueo para entender a cabalidad de qué iba(n) la(s) historia(s). La reflexión sobre el por qué de mi dejadez, en los últimos 4 o 5 años, de no llevar libros a los viajes, cosa que se fue dando de manera espontánea al argumentar de manera falaz que prefería viajar lo más ligero posible de equipaje, y de manera natural conversar más con ella, mi mujer. La reflexión sobre el por qué de dicho comportamiento mío –en todo caso inusual– y cómo se relacionaba con mi modo de ver el mundo y mi escritura. Dejaba de lado un presupuesto que copié en mi adolescencia de Flaubert: “ni un solo día sin una línea”. A la vez encontraba que, en, precisamente, esos 4 o 5 años, mi escritura había cambiado bastante, así como mi relación con la vida cotidiana. Si bien he seguido escrupulosamente los horarios de siempre (horas y horas sentado escribiendo y leyendo frente al computador), e incluso los he ampliado levantándome en la madrugada (ha ocurrido aquí en Medellín, no sucedió en Bogotá), también soy más flexible y puedo conectar más fácilmente con lo que escribo y cómo lo escribo, así como lo que leo y cómo lo hago. Por otra parte, disfruto más de la conversación y del ocio, y del lenguaje.
Palabras clave: viajar | libro | lectura | conversar | vida moderna | vacaciones | ocio
Autores relacionados con este texto:
Y. Kawabata
S. Freud
J. M. Coetzee
Viajes y viajeros
El viaje. El libro. El diálogo. La conversación
Germán Gaviria Álvarez
1
¿Qué clase de lector soy si durante los últimos viajes he preferido dejar los libros en casa? Desde niño, día a día, semana a semana, año tras año, tenía un libro en la mano y no hubo periodos vacacionales que pasaran sin que yo leyera. Aquellos libros tenían algo que ver con mi vida pasada, inmediata, futura o imaginada, y, con el tiempo, con mi escritura. Continuamente estaba en una especie de proceso intelectual y espiritual que me mantenía en guardia y alimentaba tanto mis sueños nocturnos, como el día a día y mi literatura.
Pero eso ha cambiado.
En los últimos 4 años he optado por no llevar libros a los viajes que hago, lo que también ha transformado mi manera de viajar y de relacionarme con las personas. Es decir, he ‘desintelectualizado’ mi tiempo de ocio y descanso físico y mental. A la lectura, de manera inconsciente, la he venido circunscribiendo al tiempo del trabajo. Lo cual se deriva de nunca asociar la lectura ‘seria’ con el ocio, y en cambio las revistas de moda, periódicos, libelos, panfletos o best seller –a los que me aficioné durante un tiempo–, sí los asocio con el ocio, pero un ocio intelectualizado. Para mí, cualquier escrito, por anodino, tonto u ordinario que parezca, está relacionado con algo del universo del ser humano, y siempre ese ‘algo’ está en un plano más amplio e insospechado. El asunto es encontrar dicha relación y descubrir su lugar en la cultura y el significado que le corresponden.
Durante el último viaje que hice, necesitaba distraerme haciendo algo distinto a mirar el techo del cuarto en el que estaba, y por no dar la imagen de indolencia a las personas con que iba, saqué el libro que mi mujer había insistido que llevara. Pero no me conectaba con el libro. El libro físico incluso me pesaba en las manos, no entendía bien de qué se trataba la historia y su contenido me eran ajenos, nada del libro tenía poder de atracción a pesar de ser un autor del que he leído más de una decena de obras y me fascina. Sin querer, por pretender leer algo ‘serio’ (¿en realidad ese libro lo era o es el modo como leo?), el rato se convirtió en puro tiempo de ocio malbaratado, un ocio que me dejaba el mal sabor de haber hecho algo mediocre: no entender nada del libro y esconder a los demás mi aburrimiento y comportamiento deplorable.
Habría sido mejor no impostar que estaba ‘leyendo’.
En los aviones, aeropuertos, estaciones de tren y en trenes, siempre se ve gente leyendo. En Europa y Estados Unidos la gente, en general, lee en esos lugares para matar el tedio de la espera que implica la llegada, generalmente puntual, del tren o del avión que le llevará al próximo destino. Espera o trayecto durante los cuales, al haber un mínimo de silencio y comodidad se puede leer más o menos tranquilamente. Aunque debo reconocer que, de unos años para acá, muchas personas, no solamente los jóvenes, ya no usan el periódico o un libro sino el teléfono celular y/o unos audífonos, y más bien la cantidad gente que uno ve leer un libro convencional es menos. Esto parece ser algo que se ha venido dando desde hace unos 30 años, lo que podría ser obvio, pero no lo es: si un negocio ha repuntado en los últimos 15 años es el del libro convencional que, para principios de los años 2000, se creía que estaba en franca decadencia y que incluso iba a desaparecer. Según las cifras de la plataforma Stastista –cualquiera la puede consultar– la industria del libro físico y de lectores no deja de crecer significativamente desde 2017, y las proyecciones a futuro son muy prometedoras. Esto contradice la extendida falacia de que la gente (incluidos los jóvenes) no leen. La gran mayoría de jóvenes menores de 20 años lee en dispositivos electrónicos (o escucha podcasts), es cierto, pero también leen y leerán libros.
Para la inmensa mayoría de personas, la lectura, en medios convencionales o no, es una excelente forma de ocio. Es más, la lectura –de lo que sea–, es la forma de ocio por excelencia en la vida moderna, y trae aparejada la apariencia de que, quien lee, es una persona que se diferencia de los demás, que tiene algo especial, pues no se trata de demostrar un estatus, como hace la gente con alguna marca de moda, sino un misterio, una singularidad. Quienes leen en público, lo he observado, pocas veces dejan ver qué leen. Quien lee en público, forma una barrera para excluir a aquellos que no lo hacen, y se pone un velo, se oculta.
En sus diarios, H. Hesse se quejaba de que en sus viajes por Alemania y Suiza en tren en los años 1920, la gente no conversaba con su vecino de asiento sobre el trayecto, la ciudad de donde provenía o hacia donde iba, del paisaje y, por qué no, si el tiempo lo permitía, de la vida de la persona. Relacionarse con un desconocido en un tren y desarrollar una relación de cercanía, de amistad o de algo más profundo antes que una regla se ha tratado de un mito. El de las almas solitarias que vagan por el mundo en busca de su ‘igual’, o de la persona ideal; o lo que es lo mismo, el alma solitaria y súper exigente que no se conforma con lo conocido y se lanza en busca de lo distinto, de lo que se sale de su esfera habitual. Ir en busca de una persona desconocida es también estar despuesto (a) a una desnudez capaz de probarse frente a lo distinto, en el entendido que sólo lo distinto busca lo particular, lo no-igual. Lo que implica develarse, des-ocultarse. Pero tal revelación de sí sólo podría tener lugar si se llega a una conversación de tal naturaleza que su raíz sea la confianza y la serenidad.
En su correspondencia con Paul Auster, Aquí y ahora. 2008-2011, Coetzee dice que para que haya una “verdadera amistad” entre dos personas, uno de los dos o ambos deben sentir admiración por el otro. No sé qué clase amistad sea esa que trae implícito un principio de subordinación antes de que igualdad (la búsqueda de la igualdad entre personas es compleja y ardua, rara), y es fácil adivinar las conversaciones que entre Auster y Coetzee tuvieron lugar. En este tipo de relación cada vez se estará a la espera de que la persona ‘admirada’ diga y haga cosas dignas de admiración, lo cual le quita espontaneidad a la conversación y remite, sí o sí, a planos inclinados antes que paralelos. O para decirlo de otro modo: se trataría de una amistad intelectualizada, no indeliberada ni desinteresada y conduce, justamente, a desconversar o a situaciones inconversables (a una tensión mutua). Es decir, a un esquema de diálogo, en el sentido socrático, no de charla simple y desinteresada.
Es en la charla intrascendente, en el trato frecuente y la intimidad, cuando se expresan puntos de vista interesantes o anodinos, que aparece la confianza y la conversación tranquila, y tiene lugar el chiste, la anécdota, el recuerdo familiar o entre amigos, la tomadura de pelo, el chisme, el cotilleo, la ironía, el sarcasmo, la connivencia, etcétera.
La palabra conversación, si bien procede del latín conversatio, fue tomada por la lengua romance en el sentido de trato habitual de los unos con los otros trayendo o llevando temas o asuntos de manera libre, no deliberada, no planeada, y es el significado que ha llegado hasta hoy. La palabra charla, que se usó para hablar, muchas veces ficcionalizando su vida, la de Carlomagno, fue igualmente asimilada por la lengua romance y hoy es un sinónimo de conversación.
Conversar es ponerse en condición de igualdad humana frente al otro, y de manera tal que entre dos o más personas se establezca un vínculo de honestidad vacía de prepotencia, de vanidad y de toda forma de superioridad. Aunque también una conversación común y aparentemente sin segundas intenciones (siempre las hay, según Freud), puede conducir a situaciones complejas e inesperadas.
Ulpiano, a propósito del derecho romano, afirma que la ley perfecta es aquella que no prevé el castigo. En la vida cotidiana, la conversación perfecta, digo yo, es aquella en la que no juzgo a la persona con la que hablo y esa persona de ninguna manera me juzga a mí; es decir, que la conversación perfecta es aquella en la que nadie juzga.
Para que haya una verdadera conversación entre dos o más personas, tiene que haber conformidad entre las palabras dichas y las acciones de cada uno de los participantes.
Pero, siguiendo a Freud, ninguna conversación es indeliberada.
Extraños en un tren, de Highsmith, de 1950 –y cientos de obras literarias inspiradas en los viajes en tren–, es el ejemplo perfecto de la relación anómala entre dos hombres que se encuentran de manera fortuita en un tren, y precisamente es la anomalidad lo que los pone en planos idénticos de humanidad, al punto de crear un lazo de tal naturaleza que los unirá en propósitos inconfesables y en acciones enfermizas hasta la muerte.
Volviendo a la queja de Hesse de hace un siglo, el placer de la conversación había decaído, precisamente, por la omnipresencia del periódico y de las revistas que ahora la gente llevaba bajo el brazo, lo que también, como el teléfono celular moderno, era un símbolo de estatus. Curiosamente, el porcentaje de personas que hoy van inmersas en sí mismas en los aviones, trenes y estaciones y que no buscan conversar con el vecino, es más o menos el mismo que hace 100 años. El teléfono ha sustituido al periódico, y en muchos casos a los libros, aunque el libro sigue ahí, con su gran poder de seducción, así sea un estúpido best seller o podcast. La observación de Hesse es extraña porque él había vivido en la India y en casi todos sus libros de inspiración hindú –y en muchos otros en los que no es tan evidente tal inspiración–, es necesario acceder a qué es la contemplación para entender el destino de los personajes y la obra misma. ¿Por qué Hesse no pone en práctica su conocimiento sobre la contemplación (Siddhartha, El juego de los abalorios, Viaje a la India, etcétera) y no contempla el paisaje o a la gente que va en el tren? ¿Hesse se hartó de contemplar y de reflexionar sobre el tema y reclama atención humana (conversar), contacto lingüístico y personal, desintelectualizado y vital, emoción, en suma?
No estoy tan seguro de que me hubiera gustado ir en un tren en el que, contiguo a la silla de Hesse, me pudiera sentar y acaso hablar con él, conversar. ¿De qué charlaríamos? En mí habría tanta admiración por el escritor y tan poco conocimiento sobre el hombre que me paralizaría. Y a pesar de que hoy ya no soy dado a hablar de literatura con extraños, supongo que no tendría otra opción que hablar de libros, de literatura, pues no estaría dispuesto a hablar de mi vida personal. Lo que me pondría en situación de desventaja.
Lo pienso ahora de manera anecdótica porque, en esencia, es lo que creo cuando subo a un transporte público y me pregunto si me gustaría entablar algún tipo de conversación con alguien, y siempre me contesto que no. La vida de esa persona no me interesa de nada, por la sencilla razón de que es una vida como la mía y como cualquier otra. Si en otra época de mi vida salía a la calle dispuesto a entablar una conversación con una persona desconocida, ese alguien era una mujer y detrás de mi ‘buena intención’ de conversar (Freud) había un interés erótico, y era tal, que siempre se resolvía de maneras diversas, no necesariamente en el plano de la intimidad. Hoy, claro, eso ha cambiado. Para mí, hoy las personas en general, sólo son diferenciables por su estatura humana, ética y moral. En esencia, las historias de vida son más o menos las mismas, sólo que unas son más dramáticas que otras. Paradójicamente, cuanto más intelectualizada es la vida de una persona, su acontecer diario es más melodramático, menos dramático y menos interesante. En realidad, son contadas las historias de vida que realmente se salen del curso ordinario de los acontecimientos.
¿Y si cuando estoy de viaje saco un libro y leo? ¿Hacerlo no es una forma de invitar a la conversación, una forma incluso manida y casi vulgar de velarme y de invitar a develarme?
Por mi parte, como desde hace un tiempo he venido haciendo, ya no leo en ningún transporte público –cosa que sí hice de manera rabiosa en otro tiempo, cuando sentía que el mundo se escapaba velozmente y no iba a alcanzar a leer los miles de libros que quería–, como tampoco leo en los ratos de ocio durante las vacaciones. Prefiero mirar el entorno, a veces de manera desmañada, sin ningún otro propósito que mirar, casi sin contemplar nada siquiera. Otras veces me fijo en el comportamiento de las mujeres y en las personas de edad avanzada, en las parejas, en los hombres y en la masa en general que va apurada a su destino: trabajo, estudio, hacer deporte, ir a comer algo o beber un café, etcétera. Hoy, poca gente va tranquilamente por la calle o se sienta en la banca de un parque o del mobiliario urbano a mirar el paisaje, las edificaciones, los negocios, la vida de la calle. Quienes van despacio o sin afán, generalmente son turistas, desempleados y personas mayores, aquellas que uno diría están pensionadas o retiradas de sus puestos de trabajo habituales.
Es la faena de la subsistencia la que ha definido la velocidad de movimiento de las personas desde la edad industrial. Este es un hecho sobre el que reflexiono en “Serenidad: aceleración y velocidad”.
2
Últimamente, la publicidad se ha dado cuenta de que lo que dice Byun Chul-Han es muy lucrativo, así como inerte e inocuo para el ciudadano común, y ahora quiere que fijemos la mirada en él y sintamos que sí, que vivimos en una sociedad de la autogestión (cosa que es cierta, aunque no es una idea original de Han), del rendimiento y del cansancio (lo que tampoco es verdad, y mucho menos son ideas originales de Han; de hecho, Han no tiene ideas originales, es un topógrafo de segunda fila de conceptos; en modo alguno es un filósofo como él mismo se rotula).
Claro, uno ve en los aeropuertos y estaciones de tren y de metro, centros nodales de transporte público como las estaciones de Transmilenio de Bogotá, y en los centros urbanos en general, a gente que corre o camina apresurada para ir del punto A al punto B. Personas de todas las edades –niños incluidos, por supuesto– que se autogestionan y están alertas a producir estudio y/o trabajo que en un plazo corto o mediano genere rendimientos económicos para conseguir y/o sostener un cierto nivel de vida; es el principio fundamental de la sociedad moderna. Es evidente que no todos viven en hermosas casas o edificios y que quienes se mueven en transporte público tampoco son ricos, no tanto como para gozar del privilegio de no usarlo. ¿Quién quiere usar el transporte público? Yo, particularmente prefiero no hacerlo, más bien lo detesto cuando es indigno, me es más grato caminar. No hace mucho, en un aeropuerto, oí a una mujer quejarse de la inmundicia de respirar el sudor y los olores de cientos de personas durante horas dentro de ‘un horrible tubo de acero con alas’. Obviamente, la señora carece del dinero suficiente para tener un avión privado, tanto como la inmensa mayoría de los que viajan en transporte público tampoco puede tener un automóvil.
Es seguro que la calidad de vida (bienestar psicológico y social) del mundo contemporáneo es más alta a nivel global que en tiempos de Hesse, cuando se comenzó a cimentar el concepto, precisamente, de ‘calidad de vida’, que nació a finales del siglo xix y se consolidó en el siglo xx. Los trabajadores lentamente fueron pasando de la vida campesina con baja educación, de trabajo físico y manual, a la vida con acceso a la educación, a la privacidad y a las esferas intelectual e individual; así como a la comodidad.
Que la sociedad contemporánea sea de la autogestión, es una perogrullada.
¿Quién lo duda desde los años 1980 cuando llegó la reingeniería de procesos? ¿Y esta es una sociedad del rendimiento y del cansancio? Es evidente que es del rendimiento, ¿qué sociedad no lo ha sido desde el nacimiento de la industrialización hará unos 300 años? ¿Y del cansancio? ¿Cansancio de qué? ¿De rendir y rendir hasta al burnout? No es ninguna novedad, en absoluto. Es una novedad el término burnout, que fue utilizado en 1970 por H. Freudenberger para designar el estrés causado por la fatiga crónica; la extenuación física y emocional. Un(a) trabajador(a) (incluidos ancianos y niños) de una fábrica de la Alemania, Francia, Italia o la Inglaterra de principios de siglo xix, que laboraba más de 16 h diarias, seis días a la semana ¿no sufría burnout? La sociedad industrial se inventó la sociedad del rendimiento a largo de esos 300 años. Rendimiento que ahora es el más alto en la historia de la humanidad con la llegada operativa de la IA. Todo el mundo lo sabe.
La gran cuestión no es el rendimiento, que ya no crece aritmética sino exponencialmente, sino hacia dónde se dirige y qué propósito hay en dicho rendimiento. Sin embargo, el rendimiento no es una negatividad: el rendimiento trae aparejada la calidad de vida, que cada vez es más alta, así como el mejoramiento de las habilidades cognitivas, sicológicas y sociales. Si la calidad de vida ha mejorado y lo sigue haciendo, es gracias justamente al rendimiento. Tener en el espacio exterior un telescopio, por ejemplo, como el J. Webb o un robot médico como el Da Vinci, son muestras del alto estándar del rendimiento. Entonces, el propósito del rendimiento, ¿es elevar cada vez más la calidad de vida? ¿Conquistar el Cosmos? ¿Hacer que la máquina sustituya al hombre?
Dado que los(a)s trabajadores(as) en el primer mundo, en general, trabajan menos horas que en el tercer mundo, esto les da tiempo para dejar de autogestionarse y enfocarse en otra cosa: en el placer. Sin miedo a equivocarme, viendo las impresionantes cifras de personas que viajan o visitan países (Francia, 89,4 millones en 2025, y 1.400 millones de viajeros a nivel mundial), afirmo que la sociedad contemporánea no es la del rendimiento, sino del placer y la comodidad. Y no sólo por esto. En pueblos y ciudades cada vez hay más sitios dedicados al ocio y al placer diario, no sólo nocturno, sino diario y de fin de semana.
Si algo ha caracterizado a los centros urbanos, consolidados gracias a la industrialización, es que progresivamente ha habido un incremento, asimismo exponencial, de lugares de encuentro o reunión: cafeterías, bares, restaurantes, cinemas, lugares de diversión, circos, parques verdes y de atracciones, estadios, teatros, ferias, sitios para escuchar música, beber cerveza y/o bailar, etcétera, lo que significa no sólo un aumento del bienestar psicológico y social, sino que la sociedad misma ha creado sitios, más allá de los consabidos trenes, buses, metros, aviones, etcétera, para ir a conversar; o mejor, para ir a hablar de la vida cotidiana del trabajo, del hogar, de la vida personal, en fin, de la actualidad o de cualquier cosa, que finalmente se convierte en un tipo de placer.
¿No es extraordinario?
¿Hablar de cualquier cosa, acaso no es conversar? Claro, pero de manera superficial, actividad necesarísima que no sólo forma parte de la vida en sociedad, sino indispensable para la salud mental individual. Hablar de asuntos familiares, comunes a todos y generales –que en su esencia son intrascendentes– es el pegamento de la familia y de la vida en sociedad. Sin esto, no hay construcción de la confianza, de la fe en el otro por qué sí, porque se puede confiar y convivir con esa persona en una casa, en la calle, en el barrio, en la ciudad, en un país.
Conversar también es un placer.
Sólo un puñado de sabios habla de asuntos trascendentes todos los días toda hora en todas partes: son los que poco o nada conversan, y sí hacen de la conversación un mamarracho. Aunque hay otro grupo de sabios que no habla de cosas trascendentes todos los días a toda hora, y sí conversan: son los que aportan a la risa y al conocimiento del mundo. Si no conversar fuera una generalidad, no solo sería excesivamente agotador, sino que sería un detonante de escisión social, pues, ¿quién podría soportar sin descanso cargas y cargas de asuntos trascendentes? Hablar de cualquier cosa, como el clima o de asuntos familiares o sociales de manera vana (¿o es que alguien es dueño de la verdad revelada?) es una forma de juego en el que todos ganan y nadie pierde (solo los pesados trascendentalistas), pues se trata de la forma más pura de relación biunívoca horizontal, que es la misma forma pura de cuando uno se relaciona con un niño: es solamente mediante el juego (no mediante la educación escolar) que el niño se abre al mundo, empieza a conocerlo y a ser él.
Conversar es vivir, dar vueltas en compañía. Se refiere a la comunicación humana que en general es insustancial; dar vueltas en compañía es una forma de sustraerse de la masa y de buscar confianza e intimidad.
La conversación que reclamaba Hesse se refería al contacto humano a través de la palabra estructurada, un contacto que lo podría llevar a conocer más a fondo el alma humana, que, de diversas maneras, acababa en su literatura. La tesis de los naturalistas franceses del siglo xix, desde Stendhal hasta naturalistas como Zola y los hermanos Goncourt, era que solo mediante la observación atenta de la ‘condición humana’ se podía hacer literatura, es una herencia (la literatura alemana del siglo xix no es particularmente potente) que recibió H. Hesse y jamás pudo sustraerse de ella.
He visto en aeropuertos y estaciones de tren a miles de personas que viajan no precisamente para autogestionarse y auto explotarse, sino por ocio y placer. Una tesis que debería explorarse, más bien, no es si esta es una sociedad de la autogestión y del cansancio (que es la nueva estrategia publicitaria, repito), sino si esta es una sociedad del placer por el placer y de la desacralización del mundo del trabajo.
En occidente, la sociedad se ha regido por la concepción cristiana del trabajo. Lo que también significa que el trabajo, antes que ser una elección libre para el desarrollo personal y espiritual, si se quiere, es un sacramento, y la sociedad de hoy, si bien bastante religiosa, busca desesperadamente incontables variedades de placer. Es más, estas búsquedas del placer han llegado a tales extremos que ya no se concibe la vida (funciona como un derecho adquirido desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, cuando se estableció que las vacaciones debían ser pagas) sin unas vacaciones o sin ir periódicamente a un estadio, a hacer deporte o comer un buen plato en un restaurante o simplemente un café o un helado. Hoy la calidad de vida se está enfocando en los parques y en el placer de la contemplación y disfrute del mundo natural: de ahí también el auge de la propaganda ecologista y de ‘vida sana’. La publicidad más agresiva le apuesta a las experiencias naturales, deportes extremos, retiros espirituales en sitios paradisiacos, y playa, brisa y mar, etcétera.
Los obreros de mediados del siglo xix no hacían planes vacacionales.
Poner en un plano distinto el mundo de las ideas y de la ficción es esencial para volver a sentarme a trabajar en lo que me gusta. Lo que he descubierto (cuando no converso con alguien) es que es mejor no hacer absolutamente nada, sino mirar el paisaje sin siquiera intentar transformarlo, sintiendo lo que es: un entorno dinámico y complejo en el que el ser humano y otros seres actúan e interactúan de manera complejísima e incesante. Estar inmerso permanentemente en órbitas cerradas (lo laboral, estudiantil, profesional, doméstico, intelectual, etcétera) impide la apertura hacia otros ámbitos de la vida, entre ellos la contemplación, el silencio y la observación.
Nunca me he considerado un gran observador de la vida cotidiana; de hecho, para ser escritor, en este aspecto me considero bastante mediocre. Pero, sin ánimo de disculparme, para escribir no he necesitado jamás de las vidas de los otros. Sólo sé que, de estar abstraído en lo que yo llamo vida libresca, me convirtió en un tipo vanidoso, vano y prepotente, mejor dicho, en un tonto. Que no lea en los ratos de ocio se asocia también con no volver a acumular libros, libros y lecturas con las que me podría lucir en una conversación o en un escrito y pasar por culto, enterado o inteligente.
No, ya no quiero acumular libros ni lecturas ni conocimientos ni imponerme en conversación alguna, me parece mejor intentar ahondar en una idea o en una imagen que va a parar a mi campo ficcional. Y escribir ficción, en mi caso, si bien esencialmente es una manera de pensar, no es más que un acto de contemplación.
Coda. Los diálogos socráticos establecieron un modelo de interacción humana en el que el maestro habla y el discípulo pregunta y aprende, modelo igualmente válido tanto en el teatro (que nació antes de Sócrates), en el que siempre, en los diálogos –que son conversaciones simuladas–, uno lleva la voz cantante o soporta la carga dramática, como en psicoterapéutica, deviniendo en una dialéctica de estructura vertical. Es singular que el modelo socrático (mayéutica) sea la imagen viva de lo que sucede en la vida real: uno de los hablantes en un diálogo lleva la voz dominante; o para decirlo con otras palabras, el diálogo siempre es vertical pues, quien conduce el diálogo, determina el punto de vista al defender (imponer) su criterio, lo que es natural: todos necesitamos ser escuchados (o leídos), aunque algunos más otros.
En la vida cotidiana, cuando las personas dialogan, generalmente sucede lo mismo. Lo que no tiene lugar cuando la gente charla o conversa.
En los diálogos con otras personas intentamos convencer al otro de algo sí y sólo sí estamos o pretendemos estar en cierta relación de poder frente al otro, como sucede en las relaciones de pareja o con los llamados amigos ( ver mi reflexión “Sobre la amistad”. También se busca establecer una relación de poder cuando una persona, en vez de hablar de sí misma, por la razón o razones que sean, se limita a preguntar por el otro con el propósito de conducir la conversación y sacar provecho de ella.
No hace mucho, oí decir que tal persona era absolutamente aburrida porque carecía de temas de conversación, mientras que otra persona más vieja y siempre tenía opiniones que expresar, sí era una gran conversadora. ¿A qué se refería? Opinar sobre temas de actualidad con alguien es ofrecer un punto de vista (ser aceptado en un grupo y ser celebrado(a) por las cosas que hace, muestra o dice), bien para expresar supremacía sobre otros, bien para expresar opiniones abiertas sin efecto alguno (muy escasas) o bien porque no sabe callar y escuchar y la segunda intención de tal flujo verbal es ocultar frustraciones, temores y debilidades.
Las únicas conversaciones en las que ningún interlocutor intenta imponerse emocional, sentimental o intelectualmente sobre el otro, son aquellas en las que hay serenidad. La serenidad no sólo permite escuchar al otro, sino que proporciona lo necesario para saber callar y/o no hablar de más. Nada es más insoportable que una persona que no calla y obliga a ser escuchada a toda costa. Lo que equivale a decir que cuando una persona monologa y no escucha a otro, no sólo es vanidosa y prepotente, sino que no tiene en ninguna consideración a los demás. ¿Qué clase de conversación podría establecerse con una persona así? Ninguna: quienes imponen sus criterios o tratan de hacerlo son insufribles como penosas. Y en sentido contrario. Una persona ‘aburrida’, que no tiene temas de conversación con los otros, ¿debe ser considerada insoportable? Claro que no. Significa que, o bien no tiene nada que decir sobre tal tema (lo que es válido y aceptable), que tiene algo que decir pero calla porque sabe que no será escuchada (los demás están enzarzados en un combate de vaniloquios y no desea participar, lo que es razonable), o simplemente no habla porque debe estar ahí y no desea hablar (válido también, lo que es disculpable), o, porque considera que su opinión es superior y hablar es un pérdida tiempo (sí, es preferible que calle).
¿Cabe la posibilidad de una conversación en la que no medie un sentimiento, una emoción, alguna posición intelectual frente al otro o algún tipo de competencia? Como dije arriba: no. Para que eso tenga lugar debe haber de parte y parte confianza serenidad.
La serenidad es un estado en el que todo deseo cesa, incluido el deseo de serenidad, y hay una exacta correspondencia entre los pensamientos, las palabras pronunciadas y los actos.
A la serenidad se llega, no es la materialización ni el fin último de un deseo.