Autor: Germán Gaviria Álvarez
País: Colombia
Año: 2026
Palabras: 692
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Cuento
Temas: sueños | autoconciencia | el doble literario
Ideas generadoras de este cuento: Este cuento corresponde, punto por punto, a un sueño. Lo escribí inmediatamente se me senté a trabajar, tras contárselo a mi mujer durante el desayuno. Noté que, durante el relato a mi mujer, las escenas narrativas aparecían con más claridad que cuando solamente las tenía en la cabeza, y me habían impresionado bastante, pues aún sentía ese terror que escribo. Reflexioné un poco sobre el significado de ese sueño, al que mi mujer interpretó de manera correcta, aunque se le escaparon detalles.
Que el cuento corresponda, punto por punto al sueño, sólo quiere decir que conservé las acciones puntuales que consideré más importantes, deseché las incoherencias y apuntalé su lógica interna.
De este cuento sólo hice una versión y algunos retoques.
Palabras clave: sueño | culpa | familia | anhelo profundo
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El hombre que temía confesar
Germán Gaviria Álvarez
Anoche soñé con un hombre que temía confesar. Cada día debía ocultarlo a su esposa e hijos y eso lo atormentaba, aunque no tanto como para enfermarlo. Noche tras noche, de una manera u otra, estaba en sus sueños, pero no lo suficiente como para inquietarlo. Durante el día, se sentía falso, un embaucador, a pesar de que se esforzaba por ser un hombre de bien, y de hecho lo era. Nunca le había hecho daño a ninguna persona de manera consciente, cumplía con las reglas sociales y familiares y se indignaba de manera genuina ante alguna infracción o atropello. Jamás se metió en problemas con alguien, pues tampoco le gustaba la confrontación ni verse expuesto de manera directa ante un público que lo juzgase por sus fallos. Debía ser también por su alto sentido del ridículo social, lo que lo obligaba siempre a mantener un perfil bajo, que no llamase la atención. Aunque a veces, también hay que decirlo, cuando en la calle había algún atropello se exaltaba un poco, pero al instante se apaciguaba. En casa, en donde los asuntos familiares habían llegado a su nivel como el agua tras una crecida, vivía en un mundo soñado por él y su esposa: un hogar tranquilo en el que cada uno vivía su vida de manera independiente, autónoma, llena de sobre entendidos y comunicación fácil, ya sin conflictos de importancia. La compresión mutua fluía sin problemas y nada habría sido más fácil que, en cualquier momento, se lo confesara a su esposa, de manera libre, acaso él con un vaso de whisky en la mano y en la de ella una copa de vino o una cerveza, como eventualmente hacían con alguna frecuencia sentados en el amplio balcón del apartamento mientras miraban la ciudad a sus pies. Pero no podía hacerlo, temía. Mas, ¿no era mejor no tener que confesar nada y sí más tomar una decisión de inmediato? Lo había pensado desde hacía tiempo, bastante tiempo, el asunto era que tampoco deseaba hacerlo, pues a veces, pensaba, las claudicaciones en pro de demostrarse a sí mismo una poderosa voluntad suelen acarrear consecuencias inesperadas, no siempre deseables. Sin embargo, no podía estar 100 por 100 seguro de ello. Su esposa, que intuía (o sabía) que él debía hacer algo respecto, en su fuero interno lo esperaba con ansia y cierta resignación.
Al despertar, el hombre que temía confesar se había esfumado, y cuando me dormí de nuevo, soñé con que estaba en Bogotá, cerca de donde había vivido solo con mi hijo más de 15 años atrás. Llovía y estaba gris. La calle 127 en todo su ancho de 30 metros era un río de aguas limpias, grises-azuladas, similares a las del ártico que conocí en Nueva Zelanda. Me dejé arrastrar por la lluvia y la corriente que mi hijo atravesaba; se había formado un río portentoso en el que había, además, 3 o 4 personas que andaban con naturalidad, como en una playa tranquila. Mi hijo, que se movió fácilmente en la corriente intensa del río, salió al otro lado, se sentó en una silla de madera bajo una especie de kiosco y se quedó sereno, al resguardo de la lluvia. Sentí el poder del río gris azulado que me arrastraba al tiempo que el cuerpo del agua oprimía mi pecho, como cuando estuve a punto de ahogarme en el Orinoco, veinte años atrás. El agua estaba muy fría como la sentí entonces en mis pies en una playa del mar de Tasmania, y llegué junto a él. Mi hijo, cómodamente sentado bebía un taza chocolate caliente que había en una hermosa y moderna chocolatera. Me sonrió mientras soplaba el vapor y bebía disfrutándolo, a la espera de que yo llegara. Estaba un poco más barbado que de costumbre y se veía muy bien. Deseé beber una buena taza de ese chocolate espumoso recién hecho y cogí uno de los bellos mugs que allí había.
En eso, me volví hacia la masa fría del río inmenso gris-azulado. Temblé de terror cuando vi que el hombre que temía confesar entraba en la corriente y su cuerpo era engullido por el agua.