El armario (4)

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

El armario (4)

Leandro Colmenares Rodríguez

 

13

A las seis de la tarde, Édgar cerró el módulo y caminó hasta San Andresito. Le contó todo a Aurelio.

—Me van a sacar. Pero primero me van a agotar.

Aurelio escuchó sin interrumpir. Luego dijo:

—Era de esperarse.

—¿Y qué hago?

—Nada —Aurelio hizo una pausa—. Bueno, no nada. Hay algo que no le he dicho.

—¿Qué?

—La Ley Seguirás se vota en el Congreso la próxima semana. El miércoles. Si se aprueba, el contrato de su esposa queda blindado. No hay notario que valga. No hay apelación que sirva. No hay nada.

Édgar se quedó callado. Luego dijo:

—Entonces tengo una semana.

—Tenemos una semana.

—¿Y sirve de algo?

Aurelio lo miró.

—No lo sé. Pero es lo que hay.

Édgar se sentó. Aurelio le sirvió un trago. Luego sacó una carpeta del estante de abajo. La puso sobre el mostrador.

—Aquí está —dijo—. El contrato de su esposa. La copia completa. Ciento catorce páginas.

—¿Cómo la consiguió?

—Yo redacté contratos como ese. Durante años. Conozco gente. Algunos me debían favores; con esto me los pagaron todos, por cierto —Aurelio hizo una pausa—. Nunca pensé que servirían para esto.

Édgar abrió la carpeta. Era el mismo documento que había visto en Ánima Hogar. Las mismas cláusulas. Los mismos párrafos. Las mismas trampas.

—Vamos a leerlo —dijo Aurelio—. Toda la semana. Cláusula por cláusula.

Le tomó seis días. Seis días de leer el contrato. Martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo. Seis días en la trastienda del local, con Aurelio al lado, con un trago de aguardiente, con la linterna vieja que Aurelio guardaba en un cajón.

Édgar leía en voz alta. Aurelio lo corregía. Le enseñaba a buscar las trampas. A notar los cambios de lenguaje. A identificar las palabras que cedían derechos sin que uno se diera cuenta.

El sexto día, Édgar encontró la cláusula 88. La leyó tres veces. Luego cerró el documento.

—Aquí está —dijo—. La trampa.

Aurelio se acercó. Leyó la cláusula. Luego leyó otra vez.

—Sí —dijo—. Aquí está.

—¿Y qué hacemos?

—Nada —Aurelio cerró la carpeta—. Ya es tarde.

El miércoles, Édgar presentó el examen en la Notaría 4 de Memoria Ciudadana, uno de los últimos despachos con atención humana que la ley conservaba como simple formalidad de desahogo para ciudadanos inconformes.

Ante el notario Ovidio —un funcionario aburrido cuya única función era validar en pantalla los exámenes de lectura crítica antes de que el sistema los archivara—, Édgar leyó las ciento catorce páginas. Encontró la cláusula 47. La 73. La 91. La 52. La 88. Explicó lo que hacían. Explicó lo que significaban. Explicó cómo el sistema había usado los datos biométricos de Alba para fabricar un contrato que ella nunca firmó.

Ovidio escuchó en silencio, tecleó la validación en su terminal y, por pura costumbre de viejo legista, le estampó un sello de goma sobre la copia impresa.

—Certificado —dijo con voz cansada—. El sistema registra que usted comprendió el contrato.

—¿Y ahora?

—Ahora nada.

—¿Por qué? ¿Y la ley?

—¿Qué ley?

—La Ley Seguirás. Se vota hoy.

Ovidio lo miró. Se quitó los anteojos.

—¿Hoy? —se rio, sin ganas—. Salcedo, esa vaina se votó esta madrugada.

—¿Esta madrugada?

—A las tres —Ovidio se limpió los anteojos con el borde de la camisa—. Sesión extraordinaria. Se les acababa el periodo y los doctores no querían perder las vacaciones.

Édgar agachó la cabeza.

—A esa hora no hay nadie —Ovidio se puso los anteojos—. Los periodistas, la oposición, la gente… todos durmiendo.

—Pero eso no es legal.

—Claro que es legal —Ovidio se encogió de hombros—. Todo lo que ellos hacen es legal. Ellos hacen las leyes.

—Pero…

—¿Pero qué? —Ovidio lo miró por encima de los anteojos—. ¿Usted cree que a ellos les importa lo que usted piense? ¿O lo que yo piense? Llevo cuarenta años en esto, muchacho. Lo que han visto estos ojos que se han de comer los gusanos no tiene nombre.

—¿Y entonces?

—Pues peor que antes —Ovidio se recostó en la silla—. Yo, por lo menos, ya no voy a ver todo ese infierno de muertos vivientes. No creo que me quede mucho tiempo en este mundo.

—No diga eso.

—¿Por qué no? —Ovidio se encogió de hombros—. Es la verdad. Tengo setenta y ocho. Y este cuero no da para más.

—Pero no se va a morir. No del todo. No sería raro que me lo encuentre en una publicidad de casas de retiro o algo así.

Ovidio lo miró. Se quedó callado un momento.

—¿Usted cree en Dios?

—No sé.

—Yo tampoco sé —Ovidio se puso de pie—. Pero si existe, espero que me lleve antes de que esto se acabe de joder —hizo una pausa—. Ojalá antes.

Édgar no dijo nada. Ovidio señaló la carpeta.

—En cuanto a lo suyo… digamos que no sirvió para un carajo. Pero ahora sabe qué fue lo que selló. Ahora sabe qué hicieron con la memoria de su esposa.

—¿Y eso de qué sirve?

—De nada —Ovidio se encogió de hombros—. Pero es algo.

 

14

Édgar fue a la Defensoría. Presentó una apelación. La apelación fue rechazada. Fue al Congreso. Presentó un comunicado. El comunicado fue ignorado. Fue a los medios. Presentó un recurso. El recurso fue archivado. Nadie lo escuchó. Nadie lo leyó. Nadie lo miró.

El contrato de Alba quedó blindado. La voz de Alba quedó en los comerciales. La imagen de Alba quedó en las pantallas. Y Édgar quedó solo, en la calle, con la carpeta del contrato bajo el brazo.

Un jueves, a las seis de la tarde, Édgar tomó el bus de regreso a casa. El bus iba lleno. Un niño lloraba en el asiento de atrás. Una mujer vendía dulces. Nadie miraba a nadie.

Édgar se sentó en el último asiento. Apoyó la cabeza contra el vidrio. Cerró los ojos.

Entonces la ventana parpadeó. Luego cambió.

Alba Lucía apareció en la pantalla. De pie. Con su vestido azul. Con su voz reconstruida. Diciendo: “Yo morí tranquila, porque confié en Ánima Hogar.”

Édgar abrió los ojos. Miró la pantalla. Miró a su esposa. Luego abrió el maletín.

Adentro había un libro. Un libro de tapa dura. Con páginas que no se autodestruían. Y una nota doblada en cuatro.

Édgar abrió la nota. La letra era de Manuela.

Papi:

Este libro es de mamá. Lo leí. Me gustó. Pero más me gustó verte leer. No creas que no me he dado cuenta. Te veo leer en la cocina, cuando crees que estoy dormida. Te veo leer en el bus, cuando llegas. Te veo leer el cuaderno de mamá.

Yo también leo a escondidas. Como tú. Como ella.

Cuando termines este libro, lo comentamos. Como mamá hacía conmigo.

Te quiero.

Manuela.

Édgar leyó la nota tres veces. Luego guardó la nota en el bolsillo y abrió el libro en la primera página.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.”

Empezó a leer.

La pantalla seguía encendida. La voz de Alba seguía diciendo “yo morí tranquila”. Los pasajeros seguían en sus audífonos, en sus teléfonos, en sus pantallas. Nadie volteó a mirar. Nadie vio a Édgar. Nadie vio el libro. Nadie vio que un hombre, en el último asiento de un bus lleno, estaba leyendo.

Pero él leía. Y eso, por ahora, era suficiente.

 

15

El lunes siguiente, Édgar llegó al módulo y encontró otro correo del supervisor. Asunto: Reunión urgente. Cuerpo: Señor Salcedo, preséntese en la Oficina de coordinación a las nueve de la mañana. Es importante.

Édgar llegó a las nueve. La Oficina de coordinación quedaba en el cuarto piso. Era un cubículo de vidrio, con una mesa larga, sillas grises y un televisor en la pared. Hernán estaba sentado al otro lado de la mesa, con la tableta en la mano. Al lado de Hernán había una mujer con chaleco azul. La mujer no se presentó. Solo sonrió.

—Señor Salcedo —dijo Hernán—. Gracias por venir.

—¿Qué pasa?

—Nada grave —Hernán tecleó algo—. Mire, esto es un acompañamiento. La empresa quiere ayudarle a recuperar su índice de Fluidez Emocional. Y para eso, hemos diseñado un plan.

La mujer de chaleco azul asintió. Luego habló.

—Señor Salcedo, hemos revisado su historial. Once años de servicio. Sin quejas. Sin sanciones. Pero en los últimos meses, algo cambió. Su índice bajó. Su actitud cambió. Y eso nos preocupa.

—¿Qué actitud?

—Su actitud —la mujer sonrió—. Su negativa a completar la certificación con la usuaria del seguro de salud. Su decisión de detener el proceso sin autorización. Su episodio de llanto en la estación de Transmilenio, andén 4, con una duración de una hora y veintitrés minutos. Todo eso está en su reporte. También está en su reporte —siguió la mujer— su solicitud de copia del contrato de su esposa. Sus tres visitas a las oficinas de Ánima Hogar. Su solicitud de certificación de comprensión en la Defensoría del Usuario Emocional. Su presentación del examen notarial en la Notaría 4 de Memoria Ciudadana. Sus dos apelaciones. Su recurso ante el Congreso. Su comunicado a los medios.

—El sistema ha detectado un patrón —dijo Hernán—. Un patrón de comportamiento disruptivo. Usted ha estado cuestionando procesos internos. Ha estado solicitando información clasificada. Ha estado presentando recursos sin autorización. Y eso, en una empresa como esta, no es aceptable.

—¿No es aceptable?

—No —Hernán tecleó otra cosa—. Mire, Salcedo. La empresa entiende que usted pasó por un momento difícil. La muerte de su esposa. El duelo. Todo eso. Pero eso no justifica su comportamiento. Piense en su hija.

La mujer de chaleco azul intervino.

—Señor Salcedo, permítame ser franca —a mujer se recostó en la silla—. Usted ha estado peleando contra algo que no debería pelear. Nosotros entendemos el dolor. De verdad que lo entendemos. Pero hay que ver las cosas con perspectiva.

—¿Perspectiva?

—Sí —la mujer sonrió—. Usted tiene la oportunidad de ver a su esposa todos los días. En la pantalla del bus. En los comerciales. En el sistema. La escucha. La ve. Su hija la ve. Su hija puede ver a su mamá todos los días, ¿se da cuenta? Eso es un privilegio, señor Salcedo. Antes, cuando alguien se moría, se moría y ya. No quedaba nada. Ni la voz. Ni la imagen. Ni los recuerdos. Ahora no. Ahora su esposa sigue ahí. Sigue presente. Sigue trabajando, incluso. Sigue generando valor. Y eso, señor Salcedo, es un milagro de la tecnología.

Édgar la miró. No dijo nada.

—Yo perdí a mi mamá hace diez años —siguió la mujer—. Y no me queda nada de ella. Ni una foto. Ni una grabación. Nada. En cambio usted… usted puede ver la pantalla del bus y ahí está. Todos los días. Todos. ¿Y me dice que eso es malo? No, señor Salcedo. Eso es una bendición. Y usted debería estar agradecido.

Édgar sintió que algo le subía por el pecho. Algo caliente. Algo que no había sentido en meses.

—¿Agradecido? —preguntó, y su propia voz le sonó rasposa, extraña, como si no la hubiera usado en años.

—Agradecido —la mujer sonrió otra vez—. Piense en su hija. Piense en todas las niñas que perdieron a su mamá y no la pueden ver nunca más. Su hija la puede ver. Todos los días. En la pantalla. En el bus. En la calle. ¿No le parece maravilloso?

Édgar se levantó. La silla de metal chirrió contra el piso sintético, cortando el aire de la sala.

—Renuncio.

La mujer se quedó con la sonrisa congelada.

—¿Cómo dice?

—Renuncio —Édgar tomó sus cosas del módulo. Un cuaderno. Un esfero. Una foto de Manuela. Un termo viejo. Las puso en una bolsa de tela—. Renuncio. Hoy. Ahora. No voy a firmar ningún plan de mejora. No voy a certificar cien contratos. No voy a aceptar que usar la voz de mi esposa muerta para vender planes funerarios sea un milagro de la tecnología.

—Señor Salcedo, cálmese.

—Estoy calmado —Édgar se puso la bolsa al hombro—. Estoy más calmado que nunca. Renuncio. Y le voy a decir una cosa: ojalá usted nunca tenga que ver a su mamá vendiendo seguros de vida en una pantalla de bus. Ojalá nunca tenga que ver a su mamá convertida en un comercial. Ojalá nunca tenga que explicarle a su hija por qué la voz de su abuela está vendiendo planes funerarios. Porque eso, señora, no es un milagro. Eso es una vergüenza.

La mujer no dijo nada. Hernán tampoco.

Édgar se fue. Caminó por el pasillo. Pasó por el módulo. William no estaba. El módulo estaba vacío. Édgar lo miró un segundo. Luego siguió caminando. Salió del centro comercial. Salió a la calle. Y por primera vez en once años no tenía que volver.

 

16

La liquidación llegó quince días después. No era mucho. Lo justo. Lo que dictaba la ley. Pero alcanzaba.

Alcanzaba para algo.

Édgar fue a San Andresito. Encontró a Aurelio detrás del mostrador, acomodando unos frascos pequeños.

—Renuncié —dijo Édgar.

Aurelio levantó la cabeza.

—Era de esperarse.

Édgar miró el mostrador. Había frascos pequeños, etiquetas doradas, nombres en francés. Ninguna ficha de cartón. Ningún libro. Ningún disco.

—¿Perfumes?

Aurelio se encogió de hombros.

—Las palabras ya no se venden en la vitrina.

Bajó la voz.

—El gobierno estuvo por aquí dando vueltas. Así que cambié a perfumes.

Tomó uno de los frascos y lo puso derecho.

—Los perfumes son inofensivos. Nadie sospecha de un perfume.

Édgar volvió a mirar los estantes.

—¿Y las palabras?

Aurelio sonrió apenas.

—Las palabras siguen aquí.

Levantó la cortina que separaba el mostrador de la trastienda. Detrás había estantes. Estantes llenos de libros, fichas, discos, películas en VHS, cómics, mangas. Todo lo que Aurelio había vendido durante años seguía allí. Solo que ahora estaba escondido.

Édgar entró. Pasó un dedo por el lomo de un libro cubierto de polvo.

—¿Y la gente cómo sabe?

—La gente sabe.

Aurelio volvió a acomodar la cortina.

—La gente siempre sabe.

—¿Cómo?

—Preguntan por un perfume.

Aurelio se sentó en una silla baja.

—Yo les digo: “¿Quiere algo más?”.

Édgar sonrió.

—Y ellos dicen que sí.

—Y yo los paso para acá.

Por un momento ninguno dijo nada.

Entonces Édgar vio, apoyada contra la pared, una vitrina vieja. Era de madera oscura, con dos puertas de vidrio.

—¿Y eso?

—Una vitrina antigua.

—Ya veo.

—La tengo ahí guardada. No sé qué hacer con ella.

Édgar se acercó. Abrió una de las puertas. El vidrio chirrió.

—¿Me la vende?

Aurelio lo miró.

—¿Para qué la quiere?

Édgar dejó la puerta abierta.

—Voy a montar algo.

—¿Algo cómo qué?

—Un local. Aquí cerca. Al lado suyo, si se puede.

Aurelio asintió.

—Sí se puede.

Esperó.

—¿Y qué va a vender?

—Pasadores de repuesto para smartwatch. Protectores para celular. Cosas pequeñas.

Aurelio lo miró durante unos segundos.

—¿Y por dentro?

Édgar cerró la puerta de la vitrina.

—Por dentro, enseño a leer contratos.

Aurelio esperó un poco más.

—¿Y?

—Y vendo libros.

—¿Libros?

—Los que dejó Alba. Los copio. Los vendo.

Aurelio soltó una risa corta.

—Eso es piratería.

—Sí.

—Me gusta —Aurelio se levantó—. Pero para piratear libros hay que saber hacerlo. No es solo sacar fotocopias en una máquina que registra lo que escaneas.

Salieron a caminar. Giraron por un pasaje angosto, un callejón sin salida detrás de los parqueaderos. Olía a chicharrón y a grasa de motor. Al fondo, en un garaje con la persiana metálica abierta a la mitad, se escuchaba un rítmico clac-clac-clac metálico.

Aurelio se agachó para pasar por debajo de la persiana y Édgar lo siguió. Adentro, bajo un bombillo amarillo, un anciano de bigote manchado de nicotina ajustaba los rodillos de una prensa de hierro fundido.

—Le presento a don Tiberio —dijo Aurelio—. El último litógrafo de la zona.

—Mucho gusto —dijo Tiberio, con una voz ronca de tanto fumar—. Pero permítame hacer una corrección: no soy el último litógrafo de la zona. Soy el último de la ciudad.

Rieron.

—Si me trae el texto limpio, le saco fotolito artesanal —dijo Tiberio—. Pero aquí no hay archivos digitales. Me deja el libro original de su señora, desmontamos el lomo folio por folio, fotografío las páginas y se lo imprimo en papel bond de sesenta gramos. Sin códigos de barras. Sin marcas de agua invisibles. Libro muerto para el sistema, libro vivo para el que lo lee.

Édgar miró la máquina, el engranaje pesado de hierro fundido, la tinta fresca acumulada en los tinteros, la pila de pliegos doblados a mano. Era un proceso lento, sucio, casi medieval. Requería tiempo y grasa en los dedos. Era exactamente lo opuesto a la inmediatez de un clic.

—¿Cuánto nos demoramos por título? —preguntó Édgar.

—Tres días para armar la matriz, dos para tirar el pliego y medio día para coser a hilo —dijo Tiberio, tocando el hierro de la prensa con un afecto casi paternal—. Si quiere cantidad, busque una pantalla. Si quiere algo que dure cuando se vaya la luz, se sienta y me ayuda a doblar pliegos.

—¿Le puedo pagar conforme vaya vendiendo?

Tiberio negó con la cabeza.

—Al principio me da algo, para poder seguir. No todo. Y después vamos cuadrando.

—¿Y si no vendo nada?

—Entonces aprendió a doblar pliegos —Tiberio se limpió las manos en el delantal—. Muéstreme la lista de libros que quiere piratear.

Édgar sacó el cuaderno de Alba. Lo abrió en la última página. La lista estaba ahí, escrita a mano, con la letra torcida de Alba.

Tiberio la leyó despacio. Pasó el dedo por los títulos. Se detuvo en uno. Luego en otro. Luego en otro.

—¿Usted sabe lo que tiene aquí? —preguntó—. Estos libros no se consiguen. O se consiguen, pero hay que pagar una millonada en el mercado negro. Este, por ejemplo —señaló un título—. Este no lo he visto en veinte años.

Édgar miró la lista. No reconoció el título. Pero reconoció la letra. La letra de Alba.

Tiberio siguió hojeando el cuaderno. Se detuvo en una página. Leyó en silencio. Luego levantó la vista.

—¿Y esto?

Édgar se acercó. En la página había un poema corto, escrito a mano, con la letra torcida de Alba. Tres líneas. Nada más.

Tiberio leyó en voz alta:

—“Bajo la luz roja / la palabra se deshace / y nadie llora.”

Édgar se quedó callado. Tiberio cerró el cuaderno.

—Este también lo podemos publicar —señaló el cuaderno—. Este libro azul de su señora. Los apuntes. Los dibujos. Todo. Lo imprimimos aquí.

Édgar miró el cuaderno. La letra torcida. Los dibujos de Manuela. Las frases subrayadas. Los ejercicios de escritura. Los poemas. Todo eso también era Alba.

—¿Qué dice? —preguntó Tiberio.

—Sí —dijo Édgar.

—¿Entiende que puede morirse de hambre con este negocio? —dijo Aurelio.

Édgar sonrió.

—“Este mundo que lo aprieta a uno por todos lados —dijo—, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre”…, morirse de hambre es lo de menos.

Aurelio lo miró. Esta vez no dijo nada. Después sonrió y le dio un trapo empapado en varsol para que se limpiara las manos.

 

17

Aurelio le regaló la vitrina. No quiso cobrarle. También le ayudó a buscar el local. Estaba a tres puertas del suyo y llevaba meses vacío. Era pequeño, estrecho y tenía una pared que necesitaba pintura.

El primer día fueron a verlo.

El segundo día consiguieron las llaves.

Después vinieron los estantes, la pintura, los tornillos, las cajas y el polvo.

Aurelio apareció una tarde con una brocha en la mano.

—Eso está quedando muy bonito para ser una tienda de pasadores —dijo.

Édgar estaba subido en una escalera, intentando fijar un estante.

—Todavía no es una tienda.

—¿Entonces qué es?

Édgar bajó de la escalera.

Miró el espacio vacío.

—No sé.

Aurelio miró alrededor.

—Mejor.

Cuando terminaron, Édgar limpió la vitrina y la puso junto a la puerta. Buscó una hoja de cartón. Escribió el nombre con marcador negro. El Armario. Debajo escribió: Pasadores. Protectores. Accesorios para smartwatch.

Se quedó mirando el aviso. Luego añadió, en letra más pequeña: Se leen contratos. Se explican cláusulas. Precios módicos.

Aurelio lo leyó.

—Eso último va a traer problemas.

—Probablemente.

—Entonces sí parece un negocio.

 

18

El local abrió un lunes. Manuela llegó temprano. Édgar todavía estaba tratando de decidir dónde poner los libros.

—¿Por qué no allá? —dijo ella.

Señaló el fondo.

—Si alguien entra por los pasadores, no los ve.

Édgar la miró.

—¿Y eso es bueno?

—Depende de quién entre.

Édgar sonrió.

Pusieron los pasadores de repuesto en la vitrina. Los protectores para celular quedaron en una caja junto al mostrador. Los libros fueron al fondo, detrás de una cortina.

En la mesa del centro Édgar puso las fichas de cartón que Aurelio le había regalado.

Pero.

Sin embargo.

Aunque.

Todavía.

Quizá.

Por qué.

A pesar de.

Y, en un sobre aparte, el subjuntivo completo.

Manuela tomó una ficha.

—¿Estas son las que vendía Aurelio?

—Sí.

—¿Y ahora las vendes tú?

Édgar negó con la cabeza.

—No. Ahora las presto.

—¿Las prestas?

—La gente viene, las usa, las devuelve.

Manuela miró las fichas.

—¿Y si no las devuelve?

—Entonces tendrá que volver a explicarme qué significan.

—¿Y si se las quiere quedar?

—También puede.

Manuela sonrió.

—Me gusta.

Édgar acomodó las fichas sobre la mesa.

—Se me ocurrió porque hace años existían unos lugares llamados bibliotecas.

Manuela levantó la mirada.

—¿Qué eran?

—Lugares donde uno podía llevarse un libro sin comprarlo.

—¿Y lo devolvía?

—A veces. Eso creo.

Manuela volvió a sonreír.

La primera persona que entró preguntó por un protector de pantalla. La segunda llevaba un contrato doblado dentro del bolso.

—Me dijeron que ustedes lo leen —dijo.

Édgar señaló una silla.

—Siéntese.

La mujer se sentó. Puso el contrato sobre la mesa. Era un documento de veinte páginas. Estaba doblado en una esquina.

—¿Qué le dijeron que decía esto?

—Es el seguro del carro —dijo—. Un eléctrico.

—¿Quién se lo dijo?

—Sí.

Édgar asintió.

—¿Leemos juntos?

—Aquí dice que pueden usar mis datos de conducción.

—¿Para qué?

—Para… —La mujer se quedó callada—. Para “optimización de riesgos”.

—¿Y qué es optimización de riesgos?

La mujer siguió leyendo. Pasó una página. Luego otra. Se detuvo en un párrafo largo.

—Aquí dice que si el carro detecta… —se quedó callada otra vez—. Que si el carro detecta que yo conduzco mal, pueden subirme los intereses.

—¿Y cómo sabe el carro que usted conduce mal?

—No sé.

—Lea la cláusula siguiente.

La mujer leyó. Se llevó la mano a la boca.

—Aquí dice que el carro puede enviarles mi ubicación. En tiempo real. Siempre.

—¿Y usted quiere eso?

La mujer no respondió. Volvió a leer. Esta vez más despacio. Luego levantó la cabeza.

—No.

La mujer rompió el contrato. Antes de irse, le pidió a Édgar que le aconsejara un libro y lo compró. Después vino otra persona. Y otra.

Algunos llegaban con contratos. Otros con dudas. Otros solo querían saber qué significaba una palabra que habían visto en una pantalla. Otros querían libros.

Gente mayor. Gente joven. Gente que había firmado cosas sin entender. Gente que quería aprender a leer antes de firmar. Édgar les enseñaba a buscar los huecos. A detenerse. A preguntar. A no aceptar la primera explicación. A veces les preguntaba:

—¿Qué está haciendo este contrato con usted?

Al principio la pregunta provocaba silencio. Después empezaron a responder. Manuela también atendía. Al principio se sentaba junto a Édgar y escuchaba. Después empezó a leer algunos contratos. Leía despacio. Volvía atrás. Preguntaba. La gente empezó a buscarla. Una señora le llevó un contrato de seguro. Manuela lo leyó durante varios minutos.

—Esta parte no la entiendo.

—¿Y qué hace?

—Volver a leerla.

La señora esperó. Manuela volvió a leer. Después levantó la cabeza.

—Creo que aquí hay algo.

Édgar, desde el otro lado del local, la miró.

Manuela siguió explicando.

Una tarde, una señora le preguntó:

—¿Y usted cómo aprendió?

Manuela respondió:

—Me enseñó mi mamá.

Hizo una pausa.

—Y después me enseñó mi papá.

—¿Y su mamá dónde está?

Manuela se quedó callada un momento.

Luego dijo:

—En un comercial.

La señora no entendió. Manuela tampoco explicó.

 

19

Cuando no había nadie, Édgar y Manuela se sentaban en la mesa del centro. Uno leía al otro. A veces Édgar le leía a Manuela. A veces Manuela le leía a Édgar. No siempre llegaban hasta el final de una página. A veces discutían una frase. A veces volvían atrás. A veces no entendían algo. Entonces lo dejaban ahí y seguían. 

Una tarde, la pulsera vibró tres veces seguidas. En la pantalla apareció un aviso: Actividad registrada. Édgar alcanzó a leerlo antes de que desapareciera. Apareció otro: Su índice de fluidez emocional ha sido reclasificado. Cobertura de salud sujeta a revisión. Dejó la muñeca bajo la mesa.

Manuela levantó la cabeza.

—¿Qué dicen?

Édgar dejó la pulsera boca abajo sobre la mesa.

—No sé.

Manuela sonrió y siguió leyendo. Ella también había alcanzado a verlo.

 

(espere la entrega 5)

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