Camilo Castillo Rojas
Papá de Alicia y Antonio, compañero de Clarisa. Escritor. Es profesor de español y lenguas extranjeras, aunque también ha sido profesor de literatura y creación literaria. Desde siempre ha estado cerca de las letras. Le encanta reflexionar sobre la lectura. Su sueño es dedicarse a leer, hablar de lecturas y escribir.
Camilo Castillo Rojas
Compañero (I)
Abril 28 de 2025
—Si te llegan a preguntar, solo diles que soy profesor— me dijo mi papá antes de ir a la entrega de boletines en la escuela General Páez.
Hasta ese momento nunca me había preguntado qué hacía mi papá. Sabía que él iba a trabajar al INS, incluso nos había llevado varias veces a la sede que quedaba en el segundo piso de FENASINTRAP, una enorme casa de dos pisos en el barrio Eduardo Santos y, sin embargo, esa casa no parecía un colegio ni sus pasillos parecían salones. Su advertencia me sonó a mentira porque nunca lo vi calificando exámenes de alumnos ni hablando de la escuela o del colegio, tampoco vi a mi mamá planchándole la bata blanca de maestro y nunca nos había llevado a sus clases. Me pareció además sospechoso que previera que alguien me preguntaría por su trabajo y que yo tuviera que mentir si acaso eso ocurría. Pero si mi papá me lo decía, pensaba yo, debía ser por algo. Siempre hay que estar en la jugada, como decía uno de sus principios básicos.
Llegamos tarde, a pesar de que nos llevó a Natalia y a mí de la mano a toda. Nunca fuimos cumplidos a pesar de vivir a cinco calles de la escuela, y ya el salón estaba lleno de mamás y papás que venían a escuchar a la profesora Beatriz, una mujer tan mayor que incluso fue profesora de segundo o primero de primaria de mis papás, dar el informe general de los alumnos. Alcanzamos a entrar al salón a pesar de que había tanta gente que nos tocó situarnos justo al lado de la puerta que quedaba al lado izquierdo del tablero, desde la vista de la maestra. En mi recuerdo, había papás y niños de pie desde el escritorio de la maestra hasta nosotros, mi papá se situó detrás de mí, con la espalda recostada en el tablero verde y yo frente a él, con sus manos en mis hombros. Mientras la profesora hablaba con su fingida voz amable y tomábamos aire después de correr, noté lo extraño que era ver adultos sentados en los pupitres en donde a diario solo estábamos los estudiantes. Algunos niños intentaban sentarse en las largas piernas de sus papás, quienes tenían que sacarlas hacia un lado para caber dentro del pupitre y recibir a su pequeña o pequeño en su muslo incómodo; en el puesto que yo compartía con Doris, en la tercera fila a mano izquierda, al lado de la pared de la puerta, estaba ella con la que debía ser su mamá porque tenía su cara pero atravesada por el tiempo. En el fondo, una fila de papás y mamás de pie observaban con atención a la maestra, y desde el rincón más lejano, en donde la pared del fondo y la del ventanal se encontraban, hasta el escritorio de la maestra, se extendía otra fila de adultos y niños de pie que recorría todo ese lado y a quienes les caía en las espaldas el sol de las 7:15 de la mañana que entraba por los vidrios esmerilados. Algo de luz se filtraba a través de los espacios que los cuerpos dejaban entre una persona y otra, permitiendo unos chorros que caían en el piso y ondeaban entre las sombras. Entre esos cuerpos estaba el de mi amigo Richard, un chico de baja estatura pero de carácter rudo y consentido con quien jugaba fútbol todos los recreos. Estaba muy bien peinado y arreglado, de pie junto a su mamá, quien estaba sentada frente a él en uno de los pupitres. Lo saludé con un movimiento de cabeza.
Como en toda reunión de padres, la maestra llevaba la batuta, aunque con voz menos aguda de lo que lo hacía en sus clases. Pasó un momento y luego los papás y las mamás pidieron la palabra para hablar sobre los estudios, le daban agradecimientos a la profesora, otros pedían ayuda en matemáticas o sociales, y así. La profesora mencionó que los puntos más importantes sobre el aprendizaje eran la disciplina y el compromiso. Mi papá dijo algo, era de los que siempre pedía la palabra y daba su opinión. Y yo admiraba que hablara en voz alta y que dijera lo que pensara. Aún en este instante me parece escuchar el tono de su voz llenando el aula.
De manera inusual, nos dieron la palabra a los niños, y yo levanté la mano. A pesar del gobierno de terror de la profesora, como estaban los papás y las mamás, ella fingía ser democrática incluso con nosotros. Yo era de los que participaba en clase, siempre fui de los que querían pasar al tablero y hablar, sobre todo después de mitad de año, que las cosas mejoraron para mí; pero hablar en una reunión de padres era otro nivel, uno muy superior. Sin embargo, me atreví: hablé algo de compañerismo, de apoyarnos. En realidad estaba repitiendo lo mismo que mi papá con palabras menos elaboradas. Lo más curioso es que recibí un aplauso por mi discurso copiado. Eso me sorprendió. ¡Wow! ¿Mis palabras en público podían generar aplausos? Sin saberlo, este breve reconocimiento empezó a alimentar mi vanidad, mi ego, me sentí feliz e inteligente por haber dicho lo que pensaba. Fui participativo, ese adjetivo que les gusta tanto a los profesores. Mi papá sonrió orgulloso, o eso quiere mi memoria creer.
En esa ocasión, como en muchas otras, yo solo lo estaba imitando. Incluso empleaba palabras suyas y seguro hacía los gestos de sus manos, movía la cabeza a su manera, tomaba su postura (integré tanto su postura a mi vida que mis actuales problemas de espalda vienen de imitar su forma de caminar). Y decía sus palabras. A él era a quien había escuchado hablar de solidaridad, apoyo, compañeros… Esas palabras jamás las diría, la profesora Beatriz. En mi casa, sin embargo, se escuchaban a cada rato.
Mi papá siempre hablaba de los compañeros. En algunas reuniones, a las que mis hermanas y a mí me tocó presenciar, porque a veces le tocaba llevarnos al INS, se decían “compañero, tal cosa” o “compañera, tal otra”. Yo pensaba que era un lenguaje común en todos los trabajos, pero no. Incluso hoy en día es raro llamarse “compañero”. En mi trabajo nos decimos “colega”, aunque para mí sigue siendo una palabra algo forzada en mi léxico. Me gusta más, “compañero”, incluso “compa”, me suena más igualitario y menos pretencioso. Pocas veces escuché a la gente de su trabajo llamarse “camarada”, tal vez porque las implicaciones políticas eran más soviéticas que cubanas. Y en los entornos en donde mi papá laboraba, Cuba era el horizonte anhelado.
Después del éxito de la revolución, Cuba se convirtió en el ejemplo a seguir para una gran cantidad de jóvenes quienes vieron en las nociones políticas, sociales y culturales de la isla las claves para orientarse en su propia tarea revolucionaria acá en Colombia. Algunos tomaron las armas, otros tomaron vías pacíficas, pero la perspectiva del cambio era una esperanza posible. Como decía mi papá, la revolución estaba a la vuelta de la esquina y solo había que organizarse y luchar hasta lograrla. Por supuesto, el lenguaje de la revolución también era clave para construir este nuevo mundo y de allí, el mencionado “compañero”. Tengo (1964) de Nicolás Guillen quizás sea uno de los ejemplos claves cuando se empieza a definir la importancia del compañero:
Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero como se dice en español.
Otros ejemplos emblemáticos, al menos en mi casa, eran los recordadísimos versos de Silvio “Compañeros poetas/ tomando en cuenta/ los últimos sucesos/ de la poesía/ quisiera preguntar/me urge…” en Playa Girón (1975) o el “compañera/ ponte alma nueva/ para mi más bella flor” en Días y flores (1975), que era para mí una idea rarísima de lo romántico: ¿por qué no llamarla “mi amor”, “novia”, “esposa”, “mi mujer” como en otras canciones? Incluso, mucho tiempo pensé que se refería a una compañera del trabajo, no a la amada.
Volviendo a Guillén, el “compañero” y no “señor” señala cómo en el lenguaje también la sociedad se había equilibrado gracias a la revolución, sin superiores ni inferiores, administrador del banco es igual a un obrero, y esa perspectiva tan sonora de igualdad era interesante, acogedora, incluso liberadora. Qué poderoso es el lenguaje. Y decirlo y repetirlo quizás hacía más cercana la revolución. No quiere decir, sin embargo, que al emplear el término de inmediato ocurra la anhelada equidad, cabe aclarar. Y no sé si la equidad de Guillen fuera percibida de igual manera por todos los cubanos, pero esa es otra historia.
En Colombia, esa “igualdad” del lenguaje no se daba sino en algunos círculos de intelectuales y en espacios de formación política de izquierda. En la vida común nada cambió, acá nos fascinan las jerarquías, y sobre todo las del lenguaje. Incluso hoy en día, cuarenta años después de estas discusiones, las profesoras de mis hijos, tal y como la profesora Beatriz en su momento me exigía a mí, les piden responderles con “¿Señora?” cuando les hacen preguntas y se ofenden si no pronuncian el apelativo que identifica quién es la superior en esa relación.
Aquella mañana, después del aplauso que me bañó de vanidad, tuvimos que aguardar el turno para recibir el boletín de notas. La profesora Beatriz iba llamando por orden de lista al estudiante y su acudiente para recibir el breve informe sobre el trabajo de la alumna o el discente y le entregaría el cartón del tercer bimestre para revisar y luego devolver de inmediato, puesto que todavía faltaba la última parte del año para terminar primero de primaria y la profesora debía consignar allí los últimos avances. Yo era el número nueve de la lista así que pasaríamos al estrado pronto. Pobres Villamil y Zamudio, los números 35 y 36 de la lista. De pronto un temor me atravesó mientras esperábamos a que el papá y la niña que atendía la maestra se levantaran. Tal vez mi papá intuía que sería la profesora Beatriz quien me preguntaría sobre su profesión. Aunque yo estaba preparado para la pregunta por el oficio de mi papá, no sabía qué decir si el interrogatorio continuaba. Qué tal que la profesora Beatriz me preguntara qué era lo que enseñaba mi papá o en qué colegio. Mi papá no me había dado instrucciones de cómo seguir. No podía decir que era profesor de primaria porque ella me iba a preguntar que en qué escuela y yo diría, tal vez, que la del Murillo Toro, la única escuela adicional a la mía que conocía porque ahí estudiaban mis primos Manuel y Miguel, pero como ella tenía como doscientos años seguramente ya conocía a todos los profesores de las escuelas primarias de la localidad. ¿O mejor sería decir que era profesor del colegio Restrepo Millán, en donde estudiaban mis primos Vladimir y Howar su bachillerato? ¿Y qué enseñaba? ¿Física? ¿Historia? ¿O era mejor decir que era ecónomo, como decía mi primo Howar? Mi papá había estudiado economía y bien habría podido decir que era profesor de matemáticas, en mi cabeza economía y matemáticas eran equiparables, pero él no me dijo que dijera que era economista, él fue muy claro: si me preguntaban la respuesta tenía que ser “profesor”. ¡Pero no me dijiste de qué eras profesor! Miércoles. Estaba en problemas. Ya no estaba tan súper listo como creía. Iban en Bonilla y faltaban solo cinco niños para que pasáramos. Pronto llegaríamos al banquillo y la profesora Beatriz podría usar sus artimañas para descubrir a mi papá. Porque los mentirosos, como Beatriz, saben reconocer pronto la mentira. Y para mí ella era la peor mentirosa de todas.
Al principio del año, teníamos que escribir algo en el cuaderno cuadriculado y no encontré el lápiz en mi maleta. Todos los niños estaban en sus puestos trabajando tranquilos, algunos conversaban en voz baja. La luz por el ventanal no era tan poderosa, aunque aún no salíamos al recreo. Le pregunté a Doris, mi compañera de pupitre, si tenía un lápiz adicional y ella me dijo que no. Observé que la profesora tenía un tarrito metálico con lápices y colores en su escritorio y con tranquilidad me levanté y me dirigí hacia ella. Le dije con absoluta calma:
—¿Profesora?
—¿Sí, señor? —dijo sin levantar su cabeza del color de la ceniza. Leía algo en una libreta.
—¿Usted me puede prestar un lápiz, por favor?
La profesora levantó sus ojos, me miró a través de sus gafas de marco plateado, esas gafas que tenían atada una cadenita también plateada que iba unida al otro lado de sus lentes para que no se le perdieran, y me dijo:
—Ponga la mano.
Puse la mano a la espera de uno de sus lápices Berol de los que tenía allí y, de pronto, con una velocidad inesperada, tomó su regla de metal del escritorio y me golpeó la palma de la mano. No recuerdo si grité, creo que sí. Se hizo un silencio en los puestos. Empecé a llorar. Y la anciana me dijo:
—Para que no se le olvide traer el lápiz, señor Castillo.
Regresé al pupitre con el lápiz en la palma de la mano enrojecida. Doris me preguntó:
—¿Le dolió?
Asentí con la cabeza y me senté a trabajar todavía llorando.
Me dolió el golpe, pero me dolió más que mi profesora me lastimara por olvidar un lápiz, a pesar de tener varios dentro de su tarrito. Así no eran las cosas en la casa o en el jardín donde estudié. Si había materiales, se usaban. ¿Era tan grave no traer lápiz? ¿No se podían pedir favores a los profesores? ¿Para qué tenía tantos lápices si no los iba a prestar? Fue todo muy confuso.
Un par de semanas después, o la siguiente, no sé, el lápiz se me volvió a quedar. Esta vez, sin embargo, lo recordé antes de entrar al salón. Ya habíamos ingresado a la escuela por el portón central, que daba al patio de juegos; Natalia, mi hermana mayor y con quien me iba a la escuela, ya se había alejado a su salón de cuarto grado y, de pronto, no sé por qué, lo recordé: ¡el lápiz! No lo dudé un instante: salí corriendo de la escuela y me devolví a la casa. Aunque conocía el camino, eran solo cinco calles, tenía seis años. Hoy pienso que si Antonio o Alicia, mis hijos, hubieran salido corriendo del colegio a esa edad estaría delirando de angustia. ¿Cinco calles bogotanas en donde corre un niño o una niña atravesando esquinas, tráfico, encontrándose con gente inesperada, perros callejeros y cualquier cantidad de dificultades? Para enloquecerse. Pero en ese instante ningún peligro era superior a la escuela.
Llegué a la casa y golpeé en el portón angustiado. Estaba llorando cuando mi mamá abrió.
—¿Qué pasó? —dijo ella asustada de verme allí.
—¡Se me olvidó el lápiz y si no lo llevo la profesora me pega!
—¿Cómo así? —mi mamá abrió los ojos preocupada, furiosa, y me dijo que la esperara.
Buscó un lápiz y me llevó de la mano a la escuela.
Cuando llegamos, recuerdo ver a la profesora Miriam, una mujer alta, gruesa y bondadosa con la que me encontraría en tercero, diciendo:
—¡Este chiquito se salió corriendo!
Mi mamá la ignoró y de inmediato nos fuimos al salón de 1B. Tenía más miedo porque ahora mi mamá estaba involucrada en esta pelea del aula, pero al menos alguien me apoyaba. No sabía qué le iba a decir, pero seguro iba a decirle algo.
—Buenos días —dijo mi mamá enojada.
La profesora Beatriz se puso de pie con cara de acontecimiento. Sus tacones bajos se acercaron hacia mi mamá, que estaba en tenis y tenía la falda de hacer oficio, junto con una camiseta y un saco abierto. Sin dejarla contestar el saludo, de una vez la inquirió:
—¿Cómo así que usted le pegó al niño por no traer lápiz?
La profesora hizo un gesto de sorpresa y de inmediato negó con la cabeza.
—No, señora, yo no le pego a los niños —dijo y luego, girándose hacia mis compañeros preguntó— ¿No cierto, niños?
Y mis “colegas”, de quienes esperaba escuchar apoyo y verdad, dijeron con sus rostros asustados:
—No, señora.
—¡Sí nos pega! —dije yo, que no había parado de llorar.
—No, señora, yo no les pego —dijo la profesora Beatriz en ese tono fingido de abuelita santa que le salía cuando hablaba con los padres de familia.
—¡Sí! —repetí yo ahora más dolido.
Mi mamá se giró hacia mí, se agachó a mi altura. Yo seguía llorando, pero esta vez era de rabia. No podía creerlo: mi profesora mintiendo, mis compañeros mintiendo, mi mamá sin tener cómo comprobarlo más allá de mi palabra…
—Yo te creo —me dijo, pero vi en su rostro la frustración por la falta de pruebas y de solo tener mi voz frente a las de los niños y la de la maestra. Miré a Doris. Me miró y bajó la cabeza de inmediato. Entendí al verla lo que era el miedo a la autoridad.
Cada vez que le cuento esta historia a Clarisa, mi compañera (ahora entiendo a lo que se refería Silvio), me pregunta que si mis papás ya sabían que la profesora Beatriz y la profesora Benilda eran violentas con los niños (Benilda, otra anciana que había sido profesora de mis papás en primaria, chocó la cabeza de mi hermana menor, Ángela, contra la de otra niña), y si ellos habían vivido sus torturas como estudiantes, por qué nos inscribieron en esa misma escuela de horror. Le digo que era por practicidad, porque la distancia a la casa era corta, porque mis primos mayores estudiaron ahí y mi hermana estudiaba ahí y porque, creo, mis papás pensaban que ellas habrían cambiado con el tiempo. La legislación, además, había cambiado y ya no era permitido que se golpearan a los estudiantes en las escuelas y eso daba una especie de tranquilidad frente a la violencia que ellos vivieron. Sin embargo, había profesoras estancadas en el tiempo aguardando por pensionarse (aunque yo creo que Beatriz ya había pasado la edad de jubilación hacía 100 años) y que mantenían sus métodos brutales de enseñanza, métodos por los cuales hoy en día serían detenidas por violencia infantil. Los defiendo, claro, porque son mis papás y tomaron las decisiones que creían correctas, pero atendiendo la reflexión de Clarisa, yo no llevaría a mis hijos a espacios en donde alguna vez me hicieron daño.
Así que, antes de la entrega del tercer informe, yo ya tenía un antecedente de cómo la profesora Beatriz podría manipular la información, tergiversarla o, simplemente, bombardearme con preguntas hasta que yo develara la verdad sobre el trabajo de mi papá. Que era…¿qué era? ¿Cuál era el verdadero trabajo de mi papá? Ay, que no me pregunte porque podíamos terminar quién sabe en qué guandoca porque yo era un bocón y soy pésimo, terrible, para mentir, decía yo entre dientes mirando cómo se levantaban Edith Castiblanco y su mamá del pupitre del terror.
—¿Castillo?
Avanzamos hacia ella y la vi organizando los boletines de manera algo obsesiva. Mi papá medio me empujaba para adelantarnos.
—Siéntense —nos pidió con su voz de abuelita de Caperucita.
—¿Cómo está, profesora?
—Muy bien, señor Castillo. ¿Y cómo está Camilito?
—…
—Ahora sí se puso tímido y no quiere hablar, jajaja —. Ay, qué risita, qué agradable viejecita…
—A veces le pasa —dijo mi papá mirándome con extrañeza.
—Don Francisco, le cuento que a Camilo le fue muy bien en todas las áreas —dijo extendiéndole el cartón blanco con su letra estilizada en donde aparecían sus comentarios y notas—. Él es un niño al que le va bien en las clases, sobre todo en español y sociales. Fíjese que tiene solo nueves o incluso nueve punto seis en ciencias.
Mi papá miró con atención el cartón.
—Le falta mejorar un poco en disciplina, eso sí, él a veces conversa mucho y hay que llamarle la atención.
—¿Sin pegarle? —dijo mi papá, mirándola a los ojos. ¡Él sabía todo! Yo no sabía que mi mamá le había contado.
La profesora Beatriz no se amedrantó y le respondió, después de apretar los labios:
—Claro que sin pegarle, señor Castillo. Eso ya no se hace.
—Menos mal —dijo mi papá.
—También —la profesora se acomodó el lacito de plata de las gafas y afinó su voz de abuelita —, le fue muy bien en educación física y en danzas.
—Te felicito, mijito —mi papá me abrazó de lado mientras observábamos a la maestra —. Muchas gracias —dijo mi papá y ya se levantaba.
—¿Y a usted cómo le va en su trabajo, don Francisco?
Mi papá se detuvo un instante. La miró antes de salir del incómodo pupitre.
—Bien, sí señora.
—Ah, qué bueno.
Quenomepreguntequenomepreguntequenomepregunte
—Y Camilito, siga así de juicioso.
Mi papá le extendió la mano y ella lo miró con una sonrisa irónica.
—Hasta luego, profesora.
—Hasta luego, compañero Pacho —dijo ella sin dejar de sonreírle.
Mi papá la miró con recelo y le soltó la garra de inmediato. Salimos porque ahora tenía que ir al curso de Natalia a recoger sus notas. Me detuvo a mitad del corredor. Se agachó un poco:
—¿La profesora te ha preguntado qué hago?
—No —dije yo algo asustado.
Me miró a los ojos.
—¿Seguro?
—Sí —me hizo dudar. No, no, nunca me había preguntado. Estaba seguro. Ni yo había dicho nada de su trabajo. ¿O yo y mi gran bocota habríamos dicho algo? No, no lo recordaba.
—¿Ella sabe que eres profesor? —le pregunté.
Mi papá se irguió, miró tras de sí.
—Parece que sí —dijo con desconfianza.
—¿Pero de qué eres profesor? —finalmente le pregunté.
—Tú sabes —dijo ya caminando hacia el salón de mi hermana.
—¡No sé!
—En el INS.
—¿Pero de qué?
No me respondió porque entramos al salón de 4B, en donde Natalia estaba aguardando impaciente para que su acudiente recibiera sus notas.