Leandro Colmenares

 

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

CH

(relato)

 

Leandro Colmenares Rodríguez

“La lengua es mi patria”

Sergio Ramírez

 

 

Año del Señor de 1664.

En el margen del altiplano, donde los aljibes aún saben de sangre y las montañas no han olvidado sus nombres, llegó el padre Rafael de Almansa a la parroquia de Santa María de los Oídos. Venía con instrucciones precisas: purgar las herejías menores, corregir la lengua de los naturales e instruir a los mestizos en el buen castellano de la Corona.

El pueblo, sin embargo, no escuchaba. No del todo. Hablaban como por dentro. Como si otra lengua —dormida, arrugada, resistida— se les escapara por las comisuras, en medio de la oración o al nombrar el cuerpo.

—Padre, la cucha no ha vuelto a comer. 

—¿La qué?

—La cucha, padre. Mi madre.

El sacerdote mandó azotar a la joven. “No por mentir, sino por nombrar mal.”

Almansa ordenó a su escribano, fray Isidro, que anotara todas las palabras desviadas. Las que olieran a tierra. A tambores. A memoria antigua. Isidro, diligente, hizo una lista que colgó en la sacristía:

 

PALABRAS IMPURAS A EXTIRPAR

Extraídas del registro del reverendo fray Isidro de la Cruz, con glosas aclaratorias para uso de confesores, inquisidores y correctores de lengua en territorios de idolatría residual.

Geografías de la obstinación (Topónimos): en estos lugares, el suelo se niega a aceptar el bautismo. Los nombres antiguos persisten como un eco que el viento de la Corona no logra dispersar:

  • Bogotá: los locales dicen Bacatá; un nombre que huele a humo y se niega a hablar con propiedad.
  • Cajicá y Facatativá: la “piedra fuerte” y la “fortaleza al final de la llanura”. En la segunda, hasta los perros ladran con sospecha si ven un hábito.
  • Zipaquirá: El pueblo del Zipa, con sal en sus muros y secretos que las paredes no confiesan al confesor.
  • Tunja y Sogamoso: Ciudades sagradas donde el sol parece seguir encendido bajo la lluvia y el incienso huele a algo enterrado hace siglos.

El Cuerpo y sus invocaciones (Deidades y Rituales): palabras que se ocultan en la sangre y en el ciclo de la vida, prohibidas por invocar poderes que el misal no reconoce:

  • Chía: la deidad lunar que las mujeres aún nombran en secreto durante su menstruación. Se prohíbe invocarla en días pares.
  • Chibchacum: entidad de las aguas; se advierte no repetir su nombre tres veces, pues provoca lluvias inexplicables dentro de la sacristía.
  • Fo: Una brevedad blasfema donde el diablo se esconde para expresar asco.
  • Güecha y Zaquesazipa: títulos de guerreros y señores que nadie puede traducir sin acabar en fuga o rompiendo en llanto.

Los sabores del barro (Alimentos y Tierra): sustancias que alimentan el cuerpo, pero confunden el espíritu, uniendo lo que el dogma intenta separar:

  • Changua: sopa de leche que causa visiones en ayunas; se sospecha de brujería en su preparación.
  • Cuchuco: mezcolanza espesa que une los granos y la memoria de la tierra.
  • Curuba y Cubio: frutos y tubérculos de formas provocativas o deformadas que crecen sin permiso y se consumen en el silencio de las viudas.
  • Chigua: la papa pequeña que molesta a los conquistadores por tener nombre propio a pesar de su tamaño.

El susurro de la comunidad (Vida y Oficio): términos que mantienen viva la estructura de un mundo que se niega a ser reemplazado:

  • Muysca: significa, simplemente, “gente”. Rechazan el bautizo y se niegan a ser traducidos.
  • Tequía: el trabajo colectivo que el cura prohíbe, pero que la comunidad repite en susurros hasta volverlo costumbre.
  • Tejo: dicen que es un juego, pero es una forma de recordar golpeando la piedra contra la memoria.
  • ¡Quihubo!: el saludo abrupto que no viene del cielo ni del latín, y que resulta inaceptable en el acto de confesión

Anotación final de fray Isidro: “La mayoría de estas voces no figuran en los textos oficiales. No obstante, insisten. Brotan. Se cuelan en el habla como cizaña. He rezado para que desaparezcan, pero anoche, mientras dormía, dije en voz alta el fonema de “Ch”. Mi lengua sangró. No volveré a escribir por hoy.


 

Los feligreses no sabían leer. Pero cada vez que una de esas palabras era pronunciada, algo se torcía en el aire. El viento cambiaba de dirección. La imagen de la Virgen parecía entornar los ojos. El perro del sacristán huía debajo del altar. Una mañana, durante la confesión, una anciana se arrodilló ante el padre Almansa. Quiso hablar. No pudo. Solo dijo una palabra:

—Guaricha.

Y se desmayó. El padre la declaró impura. La iglesia entera olía a algo que no era incienso. Parecía barro abierto.

“Debe haber algo en la lengua”, escribió Isidro en su diario. “Algo que no se deja traducir, pero sí se deja decir.”

**

El padre Almansa había creído, al llegar, que la palabra bastaba. Que bastaba dictar una prohibición para que el mundo obedeciera. Pero las palabras regresaban. No como rebeldía, sino como susurro involuntario, como tictac de algo que no había sido enterrado bien.

Los niños no aprendían el padrenuestro sin tropezar con sílabas nuevas.

—Padre nuestro, que estás en los… Sua.

—¿En los qué? 

—No sé, padre. Me salió solo.

**

—¿Usted sabe qué significa Bochica, padre? —preguntó un muchacho, limpiando los escalones del convento. 

—¿Dónde escuchó eso? —Mi abuela. Pero ya no se acuerda.

El padre no respondió. Pero Isidro sí lo anotó. Esa noche, mientras copiaba los salmos, el escribano sintió que su pluma escribía sola: Ch

No era escritura, era repetición. Como si la tinta supiera algo que él no. Ese sonido no estaba en el alfabeto, pero sí en el sueño. Una letra que nunca llegó a escribirse, pero que siempre quiso decir algo. Le recordó los murmullos del mercado, los apodos que no figuraban en ningún registro, los rezos rotos. Algo en esa sílaba parecía rasgar, cavar, insistir.

En el mercado del pueblo, comenzaron a escucharse carcajadas distintas. No eran burlonas. Eran viejas. Largas. De garganta abierta, de diente de mazorca. Una mujer le gritó a un hombre:

—¡Guache!

Él se detuvo, la miró. Pero no se enfadó. Sonrió. Como si recordara algo. Como si ese insulto no fuera ofensa, sino reencuentro.

Las misas perdieron el silencio. Las velas se apagaban solas. El agua bendita olía a sancocho. La lengua, pensó Isidro, no es una cosa que se enseña. Es algo que se le escapa a uno.

El padre Almansa mandó traer un catecismo especial desde la península: “Para pueblos difíciles, con ejercicios de repetición y castigo fonético.” Pero los niños no lloraban por los castigos. Solo cuando se les prohibía repetir ciertas palabras. 

Un moribundo dijo, con la voz última:

—Cucha… Cuchita.

Murió con la sonrisa de quien recuerda algo tierno. Isidro comenzó a preguntarse: “¿Y si estas palabras no son supervivencias? ¿Y si el español no las reemplazó, sino que las cubrió?”

Una noche, oyó al padre gritar dormido:

—¡No digan más guaricha! ¡¡No la digan!!

Y del patio se levantó un sonido. Ni grito, ni canto. Un lamento en espiral. La tierra tembló. Solo un poco. Pero lo suficiente para agrietar el Cristo del altar. En la grieta del Cristo apareció algo. Una palabra tallada, invisible a simple vista. Isidro la frotó con tinta. No sabía qué significaba. Pero no pudo volver a dormir.

**

Fray Isidro no volvió a escribir salmos. Solo repetía sílabas. A veces las leía en la cera derretida de las velas. A veces las soñaba.

Una tarde llegó al convento un hombre sin lengua. Venía de Guatavita. Tenía la piel cuarteada como la sal, las uñas llenas de tierra, y en la frente, una cicatriz con el mismo símbolo tallado en la grieta del Cristo.

No habló. No podía. Pero extendió un objeto envuelto en fique. Era un tunjo. No de oro. De barro. Y tenía la boca abierta.

Isidro lo recibió sin comprender. Esa noche, no cenó. No durmió. No rezó. Solo escuchó. Un zumbido leve. Un murmullo que venía del tunjo. Como una lengua respirando bajo otra.

Al día siguiente, pidió permiso al padre Almansa para ausentarse. Dijo que haría un retiro espiritual. Almansa no preguntó. Pero esa noche, soñó que la palabra “Guaricha” salía de su boca, y la Virgen lo miraba con asco.

Isidro partió con el hábito al hombro, una bolsa de cuero y el tunjo en el pecho. No regresó.

Se dice —nadie lo afirma, nadie lo niega— que llegó a Guatavita justo antes de la lluvia. Que caminó bordeando la laguna tres veces, en silencio. Que al cuarto giro, pronunció:

—CCCHHH.

Y la laguna vibró. Y se abrió. No como se abren las aguas. No con violencia. Se hundió. Como quien recuerda. Dicen que Isidro entró. Que allí dentro estaban los que no se dejaron traducir. Los que fueron lengua antes que cuerpo. Esa noche —o tal vez otra— en Santa María de los Oídos, las paredes del convento se llenaron de palabras. No escritas. Brotadas. Como musgo. Como cicatriz. Como tinta que busca salida. El padre Almansa intentó borrarlas. Con agua bendita. Con cuchillo. Con fuego. Una palabra creció en el suelo, entre los ladrillos del altar. La misma del Cristo agrietado. La misma que sangró en la tinta. A la mañana siguiente, al decir la misa a solas, sintió un bulto amargo bajo la lengua. Pensó que era sangre. Escupió sobre el mármol del altar y la mancha no fue roja, sino oscura, densa y húmeda.

Almansa tocó la sustancia y supo que era tierra del altiplano. Quiso gritar, pero de su garganta solo salió un aire seco, un roce de piedras, el sonido de algo que se rompe: Ch.

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