Los asesinos. Parte 2, capítulo 14

Un asesino inmotivado, una asesina rabiosa, un policía depravado, y una hermosa pelirroja sometida por un sicario implacable que se quiere retirar. Todo, en un territorio de vidas cruzadas.
Germán Gaviria Álvarez

Autor: Germán Gaviria Álvarez
País: Colombia
Formato: Digital
Año: 2021 
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: Novela negra | novela criminal | novela realista | novela basada en hechos reales | novela policial
Temas: asesinato no premeditado | venganza | masacre | hornos crematorios | paramilitares | sistema de cobros | joven asesino

Entrevista

Imágenes y experiencias generadoras de la novela: En 2007 vivía en un apartamento de El Lago, en Bogotá. Desde mi ventana del 3er piso, en especial los viernes y los sábados en la noche, veía a hombres jóvenes parados en la acera, hasta que algún carro de lujo los recogía. Más tarde regresaban a su puesto. Pronto entendí que se trataba de prostitutos. Por esa misma época hice un viaje a San José del Guaviare, a donde tantas veces fui invitado por un amigo que vivía allí con su familia. Un día me relató el asunto de un préstamo de dinero que había hecho a uno de esos grupos armados. Luego me enteré, por el periódico, de un incendio en una discoteca de Chía, población cercana a Bogotá, a finales de los años 1990. Lo que resultó ser un ajuste de cuentas entre criminales. Escribí más de 20 versiones hasta llegar a esta.

Palabras clave: criminalidad | novela negra | novela policial | hornos crematorios | paramilitares | hechos reales | sistema de cobros | joven asesino | thriller | novela de trasunto | histórico

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Resumen:

Dice Hugo Chaparro Valderrama:
“Estructurada en cuatro capítulos –Solvitur ambulando; Movimiento inverso; Movimiento perpetuo; Velocidad de escape–, la historia transcurre en una espiral de violencia y frustración desde que conocemos en el primer capítulo a uno de sus protagonistas, Araoz, encarnación de la mala suerte, el rencor y los peligros de la resignación cuando su destino ha llegado, en apariencia, a un callejón sin salida.
Sin embargo, Gaviria Álvarez desvirtúa lo predecible con la astucia del autor que conduce el interés de su lector hacia rumbos inesperados en el transcurso de la trama y Araoz, que se presenta como un emblema de la mala suerte, pasa de ser una víctima a convertirse en el victimario que esperaba, desde años atrás en su vida, tal vez demasiados, la venganza que explota como detonante del horror.”  

Los asesinos

 

 

Parte 2, Capítulo 14

 

 

Todos los relatos son verdaderos.
Chinua Achebe

¿Hay algo más pavoroso que el hombre?
Svetlana Aleksiévich

Lo que nos guía es el mal.
El autor

 

 

Movimiento inverso

 

14

Cuando Leal llegó al canal de la calle Treinta y nueve, dejó de lloviznar. Lo deslumbró la luz blanca, casi plateada que abrillantaba las nubes, su fino grano sabanero, un resplandor casi cegador, y al mismo tiempo metálico. Tendrá que comprar las gafas oscuras, costosas y elegantes que había visto en el Centro Internacional para él y Rosario y tanto le habían gustado.

Desde un bus escolar algunos de sus ocupantes vieron como ese joven sacaba del bolsillo del pantalón unas trizas de papel y las dejaba caer mientras caminaba de modo desbalanceado, cargando un maletín en la mano y la izquierda entre el bolsillo del pantalón, que se detenía durante un momento y observaba cómo esas trizas eran arrastradas por una pequeña corriente de agua hacia el caño. El bus escolar cerró la puerta a espaldas de un nuevo pasajero y en seguida desapareció al girar por la esquina.

A la altura de la carrera veinticuatro con calle cuarenta, Leal se detuvo. Observó detenidamente, tratando de descubrir algo en la gente que allí había: el corte de pelo, el modo de caminar, la ropa, la postura corporal, si simulaban ser peatones habituales o si esperaban tener alguna oportunidad para dar un zarpazo, pero Leal no descubrió nada. En pocos minutos apareció una caravana de cinco vehículos polichados y vidrios oscuros. 

Leal subió al segundo de ellos. Lo primero que vio fue la cara grande y fofa el copiloto vuelta hacia él. Leal sacó el arma de la cartuchera y la entregó al copiloto. Se echó para atrás en el asiento pensando que aún tenía el cuchillo; aquellos guardaespaldas hacían el trabajo a medias. No habían sido entrenados por el Capitán Navaja ni por doña Estela ni por ningún extranjero ni hecho un verdadero entrenamiento en campo. ¿En dónde entrenaban estos pendejos? Viejos ex reservistas o policías de segunda metidos a guardaespaldas. ¿Por qué el doctor Plazas contrata a esta gente? El copiloto olió el cañón, sacó un pañuelo, limpió sus huellas y la dejó en su regazo.

El doctor Plazas estaba sentado en el asiento de atrás y apoyaba los zapatos pequeños y nuevos en un morralito negro. Hablaba en inglés por teléfono celular. Leal acomodó el portafolios sobre sus piernas y se puso a mirar por la ventana. Del cai en el separador, por cuyo costado occidental pasaba en ese momento la caravana, dos motocicletas y dos patrullas de policía salían en dirección hacia donde, unos veinte minutos atrás, Leal había baleado a la fiscal en el antejardín de la casa. 

El vehículo que abría camino bajó un par de calles hacia el sur. Giró a la izquierda y la caravana entró en bloque por la avenida Treinta y nueve como escoltados por la policía. Desde el andén, al menos una decena de personas miraban a la mujer baleada, algunas con las manos en la boca, en la cara, contra el estómago, hasta que oyeron las sirenas de la policía y observaron el bloque de vehículos que se aproximaba. Las motocicletas y las patrullas de los policías venían detrás de la caravana, no con la suficiente velocidad. Sólo cuando llegaron a la carrera Dieciséis, pudieron tomar a la izquierda y bloquear la carrera llena de charcos y huecos. En el andén, con el resto de curiosos, dos hombres, gruesos y no muy altos, con traje oscuro y corbata vinotinto, tenían las manos en los bolsillos. Uno de ellos hablaba por radioteléfono. Ambos miraron hacia la caravana e hicieron un gesto de asentimiento con la cabeza. El mango del paraguas, mecido por el viento, se movía al lado de la mujer asesinada. 

Llegaron apenas, se dijo Leal al ver a los guardaespaldas, seguro estaban en alguna esquina esperando oír los disparos, contaron hasta mil y luego fueron a ver. 

El doctor Plazas se asomó para ver mientras hablaba por teléfono celular. La caravana se dirigió a la carrera Séptima por la avenida Treinta y nueve. En seguida buscó la avenida Circunvalar ignorando los semáforos y los vehículos que venían de los costados laterales y frenaban abruptamente para darles paso. La caravana se metió entre el tráfico pesado que intentaba atravesar la calle Diecinueve hacia el sur oriente de la ciudad. Leal, acomodado en el asiento de atrás, observaba las nucas de los dos hombres en la parte delantera de la cabina, así como el lunar peludo y vinoso en la mejilla derecha del conductor.

El doctor Plazas dejó el enorme y pesado teléfono en el asiento, se arrellanó, pasó la mano por la cara, afirmó los zapatos en el morralito en el piso, y dijo: 

Trabajo terminado.

Sí señor.

El Doctor Plazas observó el portafolios que Leal tenía sobre las piernas y desvió la mirada hacia el intenso tráfico que los rodeaba. Si sus fuentes habían hecho el trabajo como debían, más de la mitad del problema estaba resuelto.  

Esto es suyo.

Leal le entregó el portafolios al doctor Plazas. El doctor Plazas lo puso sobre sus muslos. Leal dejó las manos sobre las perneras del pantalón, se dio cuenta de que estaba mojado, y que, si bien había sido un poco incómodo caminar así, hasta ahora advertía lo mojado que estaba. Dudó si quitarse o no el saco de lana; optó por dejárselo. No le gustaba estar tan cerca del doctor Plazas, y cuando lo estaba, esperaba que le dijera lo que le tenía que decir o que le hiciera lo que le tenía que hacer, lo mismo que con doña Estela o con el Capitán Navaja, y acabara rápido, tan rápido como él mismo actuaba en cada uno de sus trabajos. Viejo cacorro, se dijo Leal, y advirtió para sí viendo aquellas canas entre el pelo negro, aquella figura gorda, aquellos dedos cortos, gordos y fuertes, aquella dorso velludo: Cacorro viejo.

Páseme ahí los clínex, ordenó el doctor Plazas al copiloto.

El doctor Plazas sacó un encendedor y cigarrillos de una pitillera de oro del interior del blazer. Le ofreció uno a Leal y los encendió al tiempo que el conductor activaba el aire acondicionado. El doctor Plazas limpió someramente el portafolios.

Usted es mí muchacho. Eres mí muchacho, acentuó el doctor Plazas de un modo extraño, casi protector, y le dio una palmadita en el muslo a Leal. Apretó un poco el muslo y lo sacudió al tiempo que Leal se acomodaba en el asiento. El doctor Plazas tamborileó con los dedos sobre el portafolios. En el dedo meñique, Leal vio una mancha.

Sí señor.

Al doctor Plazas le fastidiaba el tono de voz de Leal, la manera como miraba, desde atrás de sus ojos cada vez más hundidos. Estaba convencido de que Leal le profesaba agradecimiento y lealtad, pero que Leal no le temía. Leal era un asesino bien entrenado, el mejor que conocía. En los más de tres años que llevaba a su servicio, había hecho trabajos dificilícimos, cosa que apreciaba, por eso le pagaba más que a los otros, unos simples criminales, casi siempre unos chambones. 

La caravana redujo la velocidad. Se abrió paso por las calles estrechas y empinadas del barrio La Candelaria con fachadas de negocios y casas pintadas de viejos y nuevos tonos alegres, algunos de esos colores desvahídos ya. Las calles estaban plagadas de transeúntes, de estudiantes con uniforme y de vendedores ambulantes que instalaban sobre los andenes sus carritos de balines con cigarrillos y paqueticos de productos procesados.

Quiero que se quede en Bogotá hasta nueva orden.

Disculpe, dijo Leal.

Leal sacó un clínex de la caja y limpió la cremallera del portafolios. Dos gotas rojas mimetizadas en el cuero violáceo con raspaduras recién hechas, brillaban. 

Tiene una mancha en ese dedo.

¡Mierda!, ¡qué porquería!, exclamó el doctor Plazas violentamente enrojecido, y tomando varios clínex de la caja se restregó el dedo. ¡Mierda!, dijo retirando el portafolios de su regazo, entregándolo a Leal, ¡límpielo bien, no joda! Aplastó el cigarrillo en el cenicero y se puso a mirarse la camisa blanca, la corbata, el blazer, los pantalones grises.

Los lentes oscuros del chofer aparecieron en el espejo retrovisor. Los ojos del otro guardaespaldas se volvieron hacia el doctor Plazas cuando éste lanzó aquellas exclamaciones y en seguida hacia Leal. Dejaron las manos en las cartucheras abiertas de sus revólveres. Leal limpió el portafolios con pañuelitos de la caja de clínex. Habría sido fácil matar al doctor Plazas hundiéndole el cuchillo en el corazón, y rápidamente, pasar la hoja del cuchillo por el cuello del copiloto, sin darle tiempo de nada, meter la espuela del cuchillo en la muñeca del conductor que habría sacado la pistola con la mano derecha, cogerlo del pelo y obligarlo a detenerse; luego matarlo. Leal dejó ir aquellas imágenes veloces (en los entrenamientos con extranjeros en el Sumapaz muchas veces simularon situaciones así y a Leal le habría gustado ponerlas en práctica), y le pasó el portafolios al doctor Plazas.

¿Todo bien?, dijo el copiloto.

¡Sí!, gruñó el doctor Plazas inspeccionando su traje.  

El doctor Plazas abrió el portafolios dando muestras de fastidio y buscó el legajo de fólderes y sobres. Sacó de un sobre media docena de disquetes, seleccionó aquellos sobres en donde se encontraba su nombre y los nombres de otras personas conocidas, incluido el nombre verdadero del Capitán Navaja, Gervasio Ángel, y los traspasó a su portafolios. El resto de los documentos fueron a un sobre grande y lo puso en otro portafolios. Registró los bolsillos laterales, y cuando estuvo satisfecho, dejó el portafolios de la mujer asesinada vacío en el suelo, y dijo a Leal:

Cuando se baje, bote eso.

Sí señor.

La caravana salió de la avenida Circunvalar, entró en el barrio Egipto y bajó por la calle Sexta. El vehículo que abría paso por entre el tráfico puso a sonar una sirena e hizo que el resto de la caravana se saltara el semáforo en rojo para coger por la carrera Séptima hacia el norte. Antes de la calle Siete, dos policías de tránsito detuvieron los vehículos particulares y dieron paso a la caravana. A través del radio teléfono, el segundo guardaespaldas anunció la llegada del doctor Plazas. Segundos después, giraron a la derecha, dieron vuelta y llegaron al parqueadero del Capitolio Nacional. Una vez dentro, los choferes buscaron y ocuparon los puestos asignados y apagaron los motores.

¿Sabe por qué lo traje hasta acá?

Sí señor, habló Leal, pensó en la Catedral y advirtió dos cosas: que aquel trabajo tan anunciado se iba a hacer o era un nuevo amague (había habido cinco), y que no iba a desayunar a las nueve de la mañana como había creído sino más temprano. Pero ni una ni otra cosa le causaban emoción, sólo eran un repentino cambio de planes. Ese cambio de planes incluía llegar más temprano al apartamento en donde tenía a Rosario.

El doctor Plazas ordenó a los dos guardaespaldas salir del vehículo. Cerraron las puertas y fueron al encuentro de los escoltas de otros funcionarios que habían llegado. El doctor Plazas guardó silencio durante un minuto, al final dijo:

Tiene estudiado el caso, ¿no? 

¿Lo de la Catedral?

Sí.

Desde que usted dijo.

Eso fue hace casi ocho meses. 

Voy a la Catedral cada vez que vengo a Bogotá. Usted dijo que debía estar atento a ese trabajo. Sigo pendiente.

Tiene que volver a estudiar el escenario.

¿Y la rutina?

Es la misma. Sólo ha cambiado la hora y el día, pero no es significativo, le hemos venido haciendo seguimiento. Pasado mañana a las nueve y media de la mañana. La Catedral es el único lugar donde deja entrar solo a uno de sus guardaespaldas, los otros cuatro lo esperan afuera. Usted tiene que esconder el arma desde el día anterior porque en la entrada se apostan los guardaespaldas y a cada persona que entre la requisan, implementaron eso. No puede fallar, es la única oportunidad, dijo el Doctor Plazas sin dejar de mirar su traje.

Sí señor.

¿Se va a disfrazar de monaguillo?

No señor. Es mejor parecer una persona cualquiera. 

Claro, dijo el Doctor Plazas, no le interesaba el cómo ni los detalles, mientras menos supiera, mejor. El doctor Plazas abrió su portafolios de cuero y le enseñó a Leal una fotografía en donde había un hombre mayor, calvo, grueso y bien vestido al lado de la mujer que Leal acababa de asesinar. Ambos tenían un vaso con una bebida dorada en la mano y hablaban muy cerca, muy serios, muy elegantes, casi tocándose la barriga.

Está rapado, observó Leal.

Es el hombre, dijo el doctor Plazas mirando la fotografía, y añadió: Se sienta en la séptima banca de la nave lateral derecha.

Tengo sus encargos de Malacabeza, más los del Capitán Navaja y uno del Comando del Ejército…

Yo me ocupo de eso.

Mañana hay dos cobros importantes.

También me ocupo de eso. Lo de aquí es más importante. Demasiado importante, llevamos más de un año haciéndole seguimiento.

Con lo de hoy está advertido. 

Está prevenido por mucho más. 

Puedo ir hoy a Malacabeza, trabajar y estar aquí mañana por la noche.

¡Quiero que se quede aquí, maldita sea!, casi gritó el doctor Plazas, con una mano se golpeó la rodilla. Quiero que vaya ahora mismo a la Catedral y estudie minuciosamente el escenario. Quiero que esté bien preparado. Quiero que no falle. No podemos desperdiciar el momento. Ese día a las dos de la tarde se presentará en la Fiscalía, por la noche se va para Estados Unidos a declarar. Usted no puede fallar, ¿entiende?

Sí señor. ¿Algún portafolios?

No. Usted sólo tiene que matarlo, nada más.

¿Algún mensaje?

No.

¿De frente o por la espalda?

De frente.

¿En la cara?

Sí.

¿Cuatro guardaespaldas apostados fuera?

Y uno adentro. El guardaespaldas es mío. Es un hombre de respaldo.

No necesito un hombre de respaldo.

No puedo quitarlo, es del esquema de seguridad.

Un automóvil entró y se parqueó en frente. Los dos guardaespaldas ramoneaban y fumaban, de hito en hito miraban hacia el vehículo a la espera de alguna orden. En ese momento entró otra caravana de vehículos. El doctor Plazas guardó silencio, suspiró y se sintió contento de que los vidrios del vehículo fueran oscuros.

¿Cuánto paga por el trabajo?

Treinta millones.

Tal vez yo no salga vivo.

¿Tiene miedo?, preguntó el doctor Plazas seguro de decir una estupidez. Si algo caracterizaba a Leal es que no sentía miedo, era una pregunta que funcionaba con otros subalternos, con Leal no. Porque éste no siente miedo, pensó el doctor Plazas, es tan peligroso, y por ser tan peligroso lo mejor es sacrificarlo. 

No tengo ningún miedo. Después de lo de esta mañana, van a reforzar la seguridad.

Lo dudo.

Cuesta más.

¿Cómo?, preguntó el doctor Plazas sorprendido. Era la primera vez que Leal regateaba por un trabajo. Leal se enfrentaba con él como si fuera un externo que negocia por su cuenta, no un empleado que, por discreción, tiene ciertos beneficios dentro los límites establecidos, sin ningún poder de negociación. Sin embargo, al doctor Plazas tampoco lo asombraba lo que estaba pasando. Leal trabajaba solo, era el modelo de trabajo que él y el Capitán Navaja habían establecido, pero lo fastidiaba que Leal empezara a hacer exigencias. 

Cuesta más.

¿Cuánto?

Cincuenta millones.

¿Para qué quiere tanta plata?

Estoy ahorrando.

¿Para qué?

Quiero comprar una casa.

¿Una casa?

Leal tenía la fotografía en la mano, pero no miraba al hombre cuyo rostro había visto muchas veces desde hacía más de ocho meses, sí a la mujer en frente del hombre calvo. 

Sí señor.

¿Para quién? Usted está solo.

Para mí.

Antes no la necesitaba.

Todo el mundo tiene una casa. Usted tiene una casa.

El doctor Plazas nunca creyó que ese joven sicario necesitara una casa. Un joven como él que vive en hoteles y come en los restaurantes de Malacabeza, que no va a la casa de aquella niña que mantiene, según ha sabido, ni que, por su historia y su trabajo, desea tener una casa en donde llevar una vida como cualquiera. Significaba que Leal tenía ambiciones, y acaso tenía alguna putica en Malacabeza, sino ¿para quién más iba a comprar una casa? Por otro lado, pensó el doctor Plazas, Leal no podía tener una casa, no la podía tener, los tipos como Leal no tienen una casa ni mujer fija ni hijos, viven en lugares sórdidos, se acuestan con prostitutas, viven para matar y acaban muertos por un descuido, cada día que pasa hacen más enemigos, es un círculo virtuoso. Pero ¿por qué entonces pide más? Por ambición, se dijo el doctor Plazas, todos estos sicarios son unos ambiciosos de mierda.

El doctor Plazas respiró profundo. Leal haría el trabajo, y cuando terminara, el hombre de apoyo mataría a Leal. Leal es un buen cobrador, pero el Capitán Navaja le puso de prueba a una sirvienta de restaurante y esas cosas no se pueden permitir. ¡Ah!, ¡ya caigo!, se dijo el doctor Plazas. Le va a comprar una casa a la sirvienta, una casa, qué pendejo, le va a endosar la plata a una puta. 

Es mucha plata, dijo el doctor Plazas mientras maquinaba que, de salir vivo, Leal sería un problema del Capitán Navaja. Un problema que el Capitán tendría que resolver.

Cincuenta millones por el trabajo, habló Leal, y agregó: Ahorre la plata del hombre de respaldo, los hombres de respaldo dañan el trabajo. Usted dice que las cosas no han cambiado desde la última vez, y esa vez usted no habló de poner ningún hombre de respaldo ni nada de eso. Y advirtió Leal: Estoy quemado, me van a matar en la Catedral.

¿Está seguro de no fallar?

Sí señor.

Arreglamos cuentas en Malacabeza, concluyó el doctor Plazas. No estaba acostumbrado a discutir con un subalterno de ínfima categoría. Necesitaba a Leal, le gustara o no, a su juicio, era el único que podía hacer el trabajo. Siempre esas mierdas de guardaespaldas le rezaban a la Virgen o al Divino Niño y al final se aculillaban. 

El doctor Plazas estaba enterado de Rosario, y si el doctor Plazas sabía, también el Capitán Navaja. El Capitán había probado su lealtad y había fallado. Tendría que hacer algo, ¿qué? Dejar que las cosas sigan su curso. Tendría un par de semanas o menos, hasta que el Capitán Navaja regresara a Malacabeza. Dos semanas, se dijo Leal, para terminar de arreglar lo de Malacabeza, para acabar de juntar la plata que necesito, pero tampoco nos podemos quedar en Bogotá. ¿Dónde?

Los veinticinco millones de una vez. Más los diez millones que faltan por el trabajo que acabo de hacer, dijo Leal, no regateaba, no discutía, ponía un precio a su trabajo y lo hacía, paradójicamente –cosa que en su momento advirtió el Capitán Navaja–, como una consecuencia de su entrenamiento y de la política de cobros. Otros gatilleros podrían hacer lo de la Catedral por mucho menos que treinta millones, por cinco, pero Leal estaba seguro de ser el único que podía, él y nadie más. 

Aquí tengo veinticinco, dijo el Doctor Plazas. Los quince del anticipo del trabajo de la Catedral, más los diez por el trabajo terminado hoy. Dominando su exasperación, le dio un puntapié al morralito en el que tenía apoyados los pies. Se quedó atento a las manos pálidas y pequeñas de Leal, cuyas uñas manicuradas contrastaban en el pantalón de tela negra. 

Leal tomó el morralito, abrió la cremallera y contó los veinticinco fajos de billetes.

Esta noche le mando diez al hotel, agregó el doctor Plazas, para que esté motivado y haga el trabajo bien.

¿Algo más?

No, respondió el doctor Plazas. 

A una señal suya, el guardaespaldas que venía de copiloto y charlaba con otros guardaespaldas, abrió la puerta, el doctor Plazas tanteó el piso y antes de bajar se dirigió a Leal:

Pasado mañana, a la diez.

Sí señor, dijo Leal.

Tras recibir los portafolios al doctor Plazas, el guardaespaldas le entregó al chofer la pistola de Leal envuelta en su pañuelo. Observó a Leal cuidadosamente durante unos segundos y caminó detrás del doctor Plazas hacia el ascensor. 

Es el enlace con el hombre de respaldo, se dijo Leal, el que le va a decir como soy y qué pinta uso, por eso me trajeron hasta aquí.   

El doctor Plazas ordenó que lo llevara a la Catedral, dijo el conductor del lunar vinoso cuando Leal cogía el morralito con la plata y el portafolio vacío, y agregó en tono de chanza, mirando el morralito de Leal: Diga, compañerito, a dónde vamos a gastarnos esa plata.

Adonde su madrecita, respondió Leal remedando el tono y haciendo énfasis en el diminutivo, y agregó: entrégueme mi arma.

Final del capítulo 14 de la segunda parte

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