Leandro Colmenares

 

Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.

Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.

La procesión

 

Leandro Colmenares Rodríguez

 

 

Son los muertos, no los vivos, quienes hacen las demandas más largas.
SófoclesAntígona

 

 

4:00 a.m. La Cucha despierta. Siente el peso. Siempre el mismo. No es un golpe ni un dolor: es una presencia. 

Se sienta al borde de la cama. El suelo está frío. Afuera, la luz se filtra apenas entre los tejados.

En la cocina prepara café. No lo bebe. Deja que el aroma se expanda.

Antes la casa tenía risas y pasos apresurados. Ahora solo devuelve silencio.

La plaza de Soacha despierta: chirrido de carritos, rumor de vendedores bajo los árboles viejos. Los niños corren con las mochilas al hombro. Sus risas llegan como desde otro tiempo.

La Cucha observa desde la ventana, la taza enfriándose entre las manos.

De repente, un grito agudo. Un niño cae mientras corre hacia el colegio.

Ella se estremece. Por un segundo le parece ver a su hijo.

Pero no.

La taza se le resbala y estalla contra el piso.

7:00 a.m. Sale de casa. La campana de la iglesia de San Bernardino repica, sin convocar a nadie.

Bajo el sauco están las vecinas: tinto, aromática, voces que se enciman.

La Cucha se sienta con ellas. Sostiene un vaso plástico y mira la plaza.

En su mente, Daniel corre hacia ella gritando “¡Mami!”, pero al abrir los ojos solo hay cemento y palomas.

No habla de lo suyo.

El sol calienta el concreto. El peso en el pecho cambia de forma.

Se pone de pie y camina hacia el centro de la plaza. El viento trae un eco: una mañana así, él iba sobre sus hombros gritando que era un gigante, porque desde ahí podía verlo todo.

El peso entonces estaba lleno de vida. Ahora es un hueco.

Una melodía rompe el aire: Para Elisa. El carro de los helados.

La Cucha se acerca. Compra varios. Los reparte entre los niños.

Se queda con uno de leche con bocadillo. El favorito de su muchacho.

Lo prueba.

El dulce es amargo.

12:30 p.m. Las voces siguen. Se mezclan. Ríen, se quejan, se persignan.

—Al mal que no tiene cura… —dice una.

—…cara dura —completa otra.

Ríen.

—En la clínica lo dejan a uno sentado hasta que se le olvida a qué fue.

—O hasta que se muere.

Otra vez risas.

La Cucha escucha. No puede no escuchar.

—Dicen que con él eso no pasaba.

—Había orden.

La Cucha levanta la cabeza.

—¿Orden?

Las miradas se cruzan, evitan sostenerse.

—Por lo menos se podía andar —dice alguien.

La Cucha la mira fijo.

—Yo nunca pude.

Silencio.

—Ay, Cucha… no empiece.

—¿Empezar qué?

—Lo mismo de siempre.

La Cucha baja la mirada.

—¿Y su muchacho? ¿Se supo algo?

Marta la mira. Demasiado tarde. La Cucha carraspea.

—Sí. Dicen muchas cosas.

Nadie se ríe ahora.

2:00 p.m. Siente la humedad antes de tocarla. Se lleva la mano al seno: está empapado.

—Eso no lo cura ningún chamán —dice una voz, sin mirarla—. Eso es tiempo.

Otra añade:

—Aquí la vida es prestada. Que el Señor nos recoja en su seno.

La Cucha levanta la cabeza.

—¿Prestada? ¿Cuál seno del Señor? ¿Ese qué va a saber?

Nadie responde.

La Cucha se levanta.

Camina.

Ve las paredes rayadas. Nombres. Rostros impresos en papel barato. Fotos que ya se están borrando.

Entra a la iglesia. El aire cambia.

Se sienta frente a la Virgen.

—¿Por qué?

Espera.

—¿Con el tuyo no fue suficiente?

Mira la cruz. Se acerca. Toca el pie de yeso.

Frío. Silencio.

Lo suelta.

3:35 p.m. En casa, entra al baño.

Se quita la blusa. El sostén. El seno está tenso.

Aprieta. Duele.

La leche cae en el lavamanos. Gota. Otra.

No hacen ruido.

—Ya no debería… a esta edad.

Las gotas desaparecen en el sifón.

—Este era el favorito de mi chinito.

Se cubre el rostro.

—Madre Santísima… tú viste. Ayúdame.

La leche sigue cayendo.

Entonces algo cede.

No es consuelo.

4:00 p.m. La Cucha sale a la calle sin cubrirse.

—¡ASESINOS!

La gente se detiene.

—Es la loca.

—Tiene las tetas al aire.

No los oye.

Camina.

La leche cae sobre el asfalto.

Donde toca, el cemento cede. Una marca blanca. Luego otra.

Un hombre se acerca. Intenta borrar una con la suela. No se quita.

—Bruja.

—Roja.

La Cucha sigue.

Las marcas se abren. Brotes mínimos. Insisten.

Otro paso. Otra gota.

Ahora sí: una flor.

Luego otra.

El rastro queda detrás de ella.

4:30 p.m. La Cucha sigue.

El paso ya no es solo suyo.

Una mujer que estaba mirando da un paso. Luego otro. Se toca el pecho.

La humedad aparece.

Otra se baja del bus. Se queda quieta. Mira. Respira. Duda.

Luego también.

La leche baja.

No se saludan.

No hace falta.

El rastro no se cierra. No es multitud todavía. Pero ya hay quienes empujan. Y otras que no se dejan.

Un hombre llega con un balde de pintura negra y lo arroja sobre el suelo. El blanco desaparece un instante.

Luego vuelve.

—Eso es montaje.

—Pura mentira.

Se acercan más. Demasiado.

Una intenta cubrirlas. Le bajan las manos.

Ríen.

Otra es empujada. No cae.

Siguen.

Un grupo las intercepta, se santigua, escupe.

—Dios reprende esto.

—Eso no es de Dios.

—Es brujería.

Llegan policías. Descienden rápido de un camión.

Observan el rastro.

—Acordonen.

Cinta amarilla.

La gente retrocede.

Las Cuchas no.

—¡Muévanse!

No se mueven.

Un chorro de agua a presión sale desde la manguera. Golpea el suelo. Arrastra el blanco. Lo borra por un momento.

Las flores se doblan.

Pero no se van.

El agua corre.

El blanco vuelve a abrir.

Más ancho. Más espeso.

Otro chorro, ahora directo al pecho.

Las golpea.

Una se tambalea.

No cae.

La leche sigue cayendo. Se mezcla. Corre.

Blanco sobre blanco.

—¡Otra vez!

Más presión.

Las flores se aplastan.

Vuelven.

Más grandes.

El olor sube.

No es humedad.

Es dulce.

Nadie habla.

Los policías bajan la manguera.

No saben dónde apuntar.

5:00 p.m. La Cucha ya no está sola.

Primero una.

Después dos.

Después más.

Mujeres viejas.

Pechos descubiertos. Húmedos.

La leche cae.

Gota a gota.

Donde toca el suelo, abre.

Germinan flores blancas. Pequeñas. Persistentes.

No hablan.

Caminan.

Se suman.

No se cuentan.

Pero alguien lo dice, casi como si no quisiera oírse a sí mismo:

—Son más de seis mil cuatrocientas dos…

Nadie pregunta.

El blanco avanza por la autopista. Se mete en las grietas. Sube por los bordes.

La gente deja de mirarlas a ellas.

Mira el suelo.

Las sigue.

El rastro llega al centro. A los edificios altos.

Quietos.

Las Cuchas se detienen.

—¡ASESINOS!

Esta vez la palabra se queda.

Alguien la repite.

Otro.

Más atrás, una voz:

—Sabemos quién dio la orden.

No es un coro aún.

Pero crece.

El blanco pierde brillo. Se seca. Se hace polvo.

El viento lo levanta.

Cae sobre los muros. Sobre las puertas. Sobre los que miran desde arriba.

Intentan sacudírselo.

No pueden.

El polvo se queda.

En la ropa.

En la piel.

En las manos.

No se va.

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