Memoria 124

Memoria 124

 

 

15.02.2026. Encontrarse a sí mismo. Esta frase resonó a menudo durante mi adolescencia y buena parte de mi vida adulta; diría, hasta los 40 y pocos años de edad. En realidad, tal ‘crisis’, antes que intentar poner en primer plano algún problema espiritual, religioso o ideológico, más bien estaba en el centro de si tenía el talento suficiente para convertirme en un escritor reconocido: quería ser uno de los grandes, pero no me lo había planteado como un fin en sí mismo, pues creía que leer sin descanso me capacitaba perfectamente para ello y todo se daría por defecto. Pero aquellos problemas, en cierto sentido ya estaban resueltos: de niño y adolescente, siempre sospeché de la religión católica y sus dogmas, lo que me preparó para, en mis tiempos de universidad pasarme del budismo zen que practiqué por 4 años, al ateísmo radical que provenía del racionalismo francés. Por entonces comprendí que en el mundo contemporáneo no existe ni un solo religioso católico o gobernante honrado, y que, haga lo que haga, todas las ideologías son espurias, contando que el capitalismo es mejor frente a los socialismos, izquierdismos y teísmos, que siempre se convierten en horribles regímenes autoritarios, dictatoriales y sanguinarios, y no es que en el sistema capitalista no sea todo esto, pero el gran hermano capitalista es preferible al gran hermano teocrático o comunista.

Decía que por entonces creí que el camino era leer y leer como jamás nadie lo había hecho, así como que debía llevar una vida llena de libertades particulares, muy egoístas, pero a la postre tontas y banales. Si se trataba de encontrarme a mí mismo, ya lo había hecho: tal encuentro tenía lugar en la lectura y en la escritura. Es decir, mi lugar en el mundo estaba en los libros.

El problema de encontrarse a sí mismo es igual a estar conflictuado. 

Después de los 40 y pocos años, me decidí: sería un escritor de reconocido. Pero a medida que pasaban los años me entró la duda, y me sentí un poco perdido. Aunque no tanto como para pensar que debía ‘re-encontrarme a mí mismo’. Lo mío era la escritura, eso estaba claro, pero aquí en este paisito del tercer mundo no se vive de la escritura. Pero ese es un problema laboral y de supervivencia social, es otra cosa. Uno no se conflictúa con eso, y menos yo, que me había convertido en editor y consideraba que era un trabajo muy decoroso, loable y noble: ¿hay algo mejor que el universo del libro? Además, estaba en perfecta consonancia con mis ambiciones literarias.

Estar un poco perdido a lo largo de algunos años en cuanto a mi decisión de ser un escritor reconocido, me reconcomía al punto que, en el fondo, después de tanto esfuerzo, era muy poco lo que había logrado, y que lo logrado, era marginal, no tenía los miles y miles de lectores que se supone debía tener y tampoco era famoso. O lo era, en un círculo de pocos. Podía haberme conformado con eso, ¿no?: tener un grupo de áulicos, pero no lo hice. 

Sin embargo, dudaba de mí mismo y de mis capacidades literarias. ¿Eso me conflictuaba? Sí, al parecer no estaba viendo con claridad el cómo, el qué y el lugar en el que me debía ubicar para escribir literatura. Entonces, ¿qué debía hacer? Más tarde comprendí que debía seguir la senda que había elegido, pero con mayor empeño: me estaba formando como escritor, y no es tarea que –para mí que no soy genio y ni siquiera talentoso, sino una persona común y corriente– no haría en semanas ni meses: me tomaría años. ¿Cuántos? Quizá no viviría para saberlo. 

Pero rondaba el ‘conflicto’: ¿sería o no un escritor de primera fila o de éxito? Son dos cosas distintas y ambas son falaces. Un escritor de primera fila es aquel que no imita a ningún otro escritor e impone su propio estilo (esto lo saqué hace años de Schiller), y no busca el éxito comercial. Los de segunda fila, como carecemos del talento suficiente, nos esforzamos hasta el límite para lograr obras que, si bien no imponen su propio estilo, hacen alguna contribución a la literatura y cumplen con alguna función sociocultural; además, si el éxito comercial viene de la mano, mejor que mejor. Y los de tercera y cuarta y quinta filas, sólo imitan y se enfocan en el éxito comercial.  

De modo que sólo era un problema de vanidad: soy un escritor de segunda fila (esas cosas hay que analizarlas y admitirlas) y no soy famoso, ¿cómo lograrlo? En realidad, tal cosa tampoco es un problema de fondo. Más bien sí lo es: ¿estoy equivocado en relación con mi ambición comercial y debo estar conflictuado? Tampoco. Además de ser un pensamiento mezquino, es vanidad pura.  

Tener claridad sobre esto y algunas otras cosas, como por ejemplo, ¿qué clase de escritor soy yo?, y, eliminando, quién o qué quiero ser, resolvió la pensadera de por qué no tenía cierta paz interior. Eso, cierta paz interior, ¿no es el problema principal de estar conflictuado? No. La paz interior proviene de del mundo ético y moral. Y lo ético y moral es tan íntimo y personal que, si uno se ha fallado a sí mismo, uno lo sabe y debe hacer algo para enmendarlo o solucionarlo. Y si no es capaz, si falta entereza, pues ahí sí que hay un problema interior, pero es algo que sólo esa persona debe resolver.

Para mí es inmoral lucrarme con mí literatura, y al tiempo creo que mi trabajo tiene un valor comercial que me permita vivir decorosamente. Todos los escritores tenemos derecho de vivir de nuestro trabajo. Además, tampoco soy un comerciante, soy un escritor. ¿Es indigno el comerciante? Claro que no, sólo si el comerciante es digno, es deseable. Son indignos e indeseables los métodos comerciales que se salen de lo ético y lo moral. 

Resolví mediante la literatura lo de mi paz interior en relación con los asuntos puramente familiares (el complejo de Edipo, las relaciones familiares y domésticas complejas) haciéndome un poco autoanálisis hace unos 20 años, de manera que tampoco tenía motivos para estar conflictuado. 

Encontrarme a mí mismo es un asunto de claridad sobre los sentimientos, las emociones y lo que uno desea y está en capacidad de hacer. Reconocer esta capacidad es estar dispuesto tanto al fracaso como a poner el doble o el triple de empeño para hacer algo.

También hay gente que no se ha encontrado a sí misma en el amor. Pero esto lo resolví hace tiempos, cuando el respeto y la honestidad con mi pareja se impusieron incluso al amor, aunque ella dice que primero es el amor.

En la vida diaria nos debatimos constantemente entre lo analítico y lo dramático. Y por lo general gana lo dramático. 

A lo mejor, encontrarse a sí mismo es un problema de equilibrio, 50/50, entre lo analítico y lo dramático: si en nuestra vida diaria la balanza permanece inclinada en uno u otro sentido, tardamos muchísimo más tiempo en asimilar una pérdida o en resolver algún asunto importante, por ejemplo, y se sale de control, no somos capaces de controlarlo. 

Nuestra necesidad de un equilibrio sólo puede satisfacerse cuando logramos ese 50/50 entre lo dramático y lo analítico. ¿Cómo sabemos que esto ha sucedido, en qué momento? Sólo cuando comprendemos adecuadamente los hechos y el sufrimiento, angustia, dolor, sensación de pérdida, etcétera se convierten en materia enriquece nuestra vida, nos sentimos en paz con nosotros mismos. 

Y es justamente ahí, en tal riqueza no visible, en donde se amplía nuestra experiencia humana.

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