Memoria 125

Memoria 125

 

 

25.02.2026 Tomar por la fuerza. El destino de una nación. En la biografía de Dostoievski que estoy leyendo, me ha impactado leer que un joven personaje de una de sus novelas, El adolescente, un idealista de la Rusia de 1874, se había suicidado porque ‘era incapaz de soportar la idea de que Rusia era un país de segundo orden’. Y me ha impactado porque no sólo aquel joven se había sentido defraudado al punto de matarse, sino porque yo mismo jamás tuve ni he tenido tal sentimiento de veneración (amor ilimitado) por mi país. En mi niñez y juventud hubo tantos problemas familiares que no fui capaz ni tuve tiempo ni oportunidad para pensar siquiera en que pertenecía a un país, y formaba parte de ese país. Estaba ahí, claro, pero era demasiado borroso, una entelequia lejana. Y ahora, en mi adultez, es la verdad, tampoco he podido desarrollar orgullo ni me siento identificado ni conectado intelectualmente con la cultura colombiana, aunque sí soy muy consciente de que emocionalmente pertenezco aquí, a esta cultura y a estos modos de ser que no admiro y sí más bien detesto. Es más, sólo hasta hace unos pocos años (¿10?) he comenzado a entender que formo parte de esta cultura y que no puedo arrancar lo que esta cultura ha sembrado y fructificado en mí, por mucho que durante décadas, y aún ahora, siga mirando para afuera. Y si he mirado y miro hacia afuera, es porque afuera está el escenario de la alta cultura. Quizá, cometo el mismo error que otros escritores que sólo saben mirar para afuera. Pero ser consciente, ¿no me rescata?

Mas, ¿por qué ha ocurrido todo esto? ¿A quién o a quiénes les echo la culpa? O, simplemente, ¿es culpa mía? 

Veamos.

En la escuela y en el colegio públicos donde estudié (en la universidad, pública también, jamás hubo ningún acto de estos), los eventos conmemorativos de algunas fechas nacionales como el 20 de julio, el día de la independencia nacional, o el 6 de agosto el cumpleaños de Bogotá, siempre fueron seudo ‘celebraciones’ de poca monta, protocolarios y sin ningún sentimiento patrio, sin nada de qué estar orgullosos, sin nada por qué levantar la frente al cielo para intentar vislumbrar un futuro brillante, no sólo a nivel de comunidad, de ciudad y de país, sino de manera individual. Siempre eran las mismas seudo celebraciones chambonas, aburridísimas y acartonadas, carentes de energía y orgullo, que intentaban traer de nuevo a cuento algunas guerras y batallas, heroicidades mal narradas y protagonistas con valía que cada año desempolvaban un poco y luego volvían al olvido. Los profesores y profesoras de mi niñez y juventud ni siquiera dominaban la historia de Colombia (después, uno se da cuenta de su crasa ignorancia), y lo que intentaban enseñar carecía de profundidad, de pasión, de orgullo y verdadero agradecimiento por aquellos héroes de siglos pasados que nos liberaron de los españoles. En la escuela y en el colegio, comenzando por las directivas y profesorado tales ‘celebraciones’ eran tenidas por inmensamente monótonas, mal hechas, sin pasión, sin ningún hálito inspirador. Por demás, el himno nacional durante las izadas de bandera, con aquella letra horrible y llena de sangre, no era más que motivo de burla, cansancio y una suerte de vergüenza. Los profesores ni las directivas comprendieron nunca lo que significa inspirar a los jóvenes basándose en el pasado y proyectar un mundo mejor. Lo que no se siente y no se conoce adecuadamente, apasionadamente, casi rabiosamente, no se puede transmitir ni enseñar. 

Pero, ¿de qué otro pasado nos íbamos a enorgullecer para mirar hacia el futuro? ¿Qué verdaderos héroes tuvimos después de la Independencia? No sólo me refiero a los héroes militares cuya mayoría devino en clase política (¡!), sino a otros héroes. A grandes, a verdaderamente grandes escritores, científicos, artistas, empresarios y políticos del pasado que pudieron haber potenciado estar liberados. A personas inspiradoras en todo el sentido de la palabra, y a una pequeña masa crítica de pensadores o intelligentsia que en su momento histórico hiciera la diferencia y pusiera al país en el escenario mundial. No desconozco que ha habido personas de relevancia artística, política, científica e intelectual (ni un solo filósofo que merezca ser llamado filósofo), el asunto es que tal relevancia ha sido local. O mejor: ¿le estoy pidiendo peras al olmo? ¿De dónde iban a salir? Pongamos un F. J. de Caldas, por ejemplo, sin duda, un hombre inspirador, pero no lo suficientemente grande. Un Manuel Ancízar, una Soledad Acosta, un Rafael Pombo, pero igual: medianitos, jugadores locales. Curiosamente, unos casi desconocidos para la cultura, como ha ocurrido con tantos otros, un F. de P. Muñoz y un Nicolás Gómez Dávila, sí fueron de los grandes, aunque les faltó media pulgada de estatura. 

También el problema es que desde hace algo más de 200 años la mentalidad colombiana ha sido tan precaria que semejantes casi genios nunca han sido valorados como merecen. ¿J. E. Rivera fue un titán? Tampoco, ya lo dije extensa y rabiosamente en el ensayo La vorágine: el crimen perpetuo, una novela inconclusa. Eso, nos ha faltado pasión desmedida, rabia, auténtica rabia para crear, para decir cosas y defenderlas con criterio. Hemos aprendido a contentarnos con lo que hay. La intelligentsia colombiana ha sido y es o de corbata o de mochila, y en todo caso demasiado tibia, acartonada y ‘educada’ para alzar la voz; o rabiosa, sí,claro, pero descriteriada. Tampoco ha habido una verdadera tradición científica, filosófica, literaria ni humanista, ¿por qué? Porque en lugar de usar la pasión que nos desborda para ser grandes, la usamos para el mal: hemos estado muy ocupados matándonos. ¿Somo malos por naturaleza? Esa parece ser una tesis muy buena, pero habría qué ver. Si uno afirma eso, todo el mundo salta para sacarle a uno los ojos o para tacharlo de desagradecido (¿tengo razón o no en que somos violentos?). Pero decir ‘somos malos naturaleza’ puede ser exagerado, pues no todos lo somos. Se puede matizar la cosa viéndola desde el punto de vista antropológico: la mescolanza de indios colombianos y negros africanos con españoles en ese crisol sólo produjo una chapuza, un mamarracho: no hubo ninguna buena masa dispuesta a moldearse a sí misma para formar a un ser humano que aspire a más alto, a más lejos, a las estrellas, etcétera.

Después de 1821 hubo 9 grandes guerras y decenas de guerritas locales, eso todo el mundo lo sabe, y siguen y seguirán sucediendo. Ahí está el país plagado de criminales de toda laya que sólo saben matar y dar violentos zarpazos. ¿Por qué? Porque tenemos una mentalidad mezquina. Los países que duran décadas matándose entre sí sólo demuestran que son incapaces de convivir en paz y construir sociedad, una verdadera sociedad que lucha por su ahora y su futuro dejando las diferencias y los rencores del pasado a un lado. La sociedad se construye con consensos, acuerdos, diálogos, respetando al otro y valorando adecuadamente al otro. Ha habido tanto ruido de balas y fusiles desde la Independencia que las pocas voces de valía que han intentado forjar alguna tradición, han sido ahogadas, o ignoradas. La desgracia del colombiano desde la Independencia es que no quiere. Es egoísta, poco inteligente, es rencoroso y carece de grandeza. Tener inteligencia y grandeza es ser capaz de conciliar por encima de cualquier diferencia para obtener un bien social mayor. El colombiano ha sido demasiado mediocre y mezquino, envidioso y solapado para tenerla y la maldad nace de estos defectos. Lo peor es que en estos 200 años nos hemos acostumbrado al rencor y a la medianía; tampoco hemos comprendido que desaprovechamos la oportunidad histórica de ser una gran nación. Nunca lo seremos, siempre estaremos rezagados. Punto.  

En Colombia, escritor y escritora que se respeten o aspiren a hacerse respetar –para no hablar de otros campos del saber y de la conducción del destino nacional–, sus dioses tutelares NO son colombianos. Son un Dostoievski, un Joyce, un Proust, un Kant, un Dante, un Faulkner, Joyce, un Homero. El único que aparece en tal listado, y con recelo, es García Márquez, pero con veneración ciega e ignorante o con envidia solapada (¿quién se atreve a criticarlo, o mejor, a ponerlo en su lugar?) pues su figura abarcaba el ámbito mundial, al punto que ahogaba y aún ahoga lo emergente nacional; y lo ahogaba y lo ha ahogado porque esa misma intelligentsia de corbata o de mochila lo ha entronizado; porque, más que un héroe a quien imitar en su voluntad de grandeza, era alguien que no se podía superar. ¿Por qué? Pues, justamente, porque en vez de estudiarlo con buen criterio se le ha intentado imitar desde el principio (para una muestra: Cóndores no entierran todos los días, ¡1971!) y porque tampoco tenemos un verdadero sentimiento nacionalista, no tanto como para tomar ese ejemplo (no su realismo mágico, tan imitado), sino por la capacidad de García Márquez de hablar de lo nacional y darle un valor al punto de proyectar ese valor fuera de las fronteras nacionales. No he visto al primer ‘gran’ escritor o escritora colombiana que ponga a García Márquez donde debe estar escribiendo una gran obra que no sólo esté a la altura, sino que ponga la vara más alta y marque un rumbo distinto. ¿Por qué? Insisto, es nuestra mentalidad acostumbrada a la medianía. Y ¿un J. A Silva? Tampoco, su falta de grandeza lo dejó hecho a medias.

También, desde la Independencia, ha estado latente en el imaginario colectivo del colombiano la idea de que somos un pueblo de poca monta frente a otras naciones. Y, ¿cómo iba a ser distinto? ¿De qué íbamos a enorgullecernos? ¿Cuáles grandes aportes hemos hecho a la cultura, a la ciencia, a la tecnología, al humanismo mundial? 

Si bien es verdad que Colombia es una nación en construcción, lo es también que en 200 años hemos malbaratado el tiempo intentando tener por medio de la violencia lo que deberíamos tener gracias al esfuerzo, al estudio juicioso, a la profundización de los verdaderos valores de esta nación. Lo triste y muy preocupante es que, desde la Independencia, a muy pocos nos importa que no hayamos sido capaces mucho. Nos la hemos pasado quejándonos, echándole la culpa a otros mientras usamos la fuerza para tomar lo que queremos por la fuerza y violentamente, es lo que importa. Lo cual tampoco estaría mal si se lo hiciéramos a los vecinos con el único propósito de hacer de Colombia un pueblo de primer orden mundial, un imperio o una nación con profundo sentido de identidad, pero no es así. El único imperio que se ha construido aquí es el del crimen y de las drogas ilícitas. Para la muestra el botón: ¿no es (por desgracia lo sigue siendo) acaso Pablo Escobar un personaje de talla mundial? Malhadado imperio del mal.

También puedo irme lanza en ristre contra todos los gobernantes que hemos tenido desde la Independencia, esos seudo ‘conductores de hombres’, todos unos mediocres, ¿o es que ha habido uno, uno sólo que haya hecho una verdadera revolución educativa para revertir la ignorancia de proporciones históricas? Pero, ¿para qué me pongo a despotricar? Es más fácil manipular a gente sin educación, que es la gran mayoría, que a una minoría que sí lo está.

En todo caso, que nadie se haga la ilusión de que esto va a mejorar, va para peor.

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