Broncíneo Naranjo

Sección: Sin ataúd

 

Broncíneo Naranjo

Nació en 1995

Ea, Augitna

 

Broncíneo Naranjo

 

Estábamos todos en la sala de estar. Todos iguales, los mismos rasgos, la misma mente. Cenábamos frutas que habíamos dispuesto en una colorida vajilla. Algunos sentados en sus sillas llenaban su boca con uvas y nueces. Mientras mascaban trenzaban el cabello del que se había sentado entre sus piernas en el suelo. Entre bocados iban y venían de las habitaciones con ropa que extraían de los armarios y se vestía frente a los otros.

Una vez vestidos y peinados, guardamos la fruta sobrante en bolsas y estas en nuestros bolsos o bolsillos del abrigo. Salimos del apartamento y descendimos por la escalera de caracol en una charla que tras rebotar tantas veces por las paredes del edificio llegaba a los vecinos como un ruido que se imaginó escuchar. En el portal nos besamos las mejillas y abrazamos con fuerza. Cada quien, vestido a su manera, tomó una dirección. El grupo se dividió en dos, al llegar a las esquinas las posibilidades de dirección se ampliaban, hasta que agité la mano por última vez y estuve solo.

Vagué, cambiaba de dirección según los caprichos del instante. Terminé frente a un edificio de tres plantas que ocupaba una cuadra. Salas repletas de maniquís de alabastro iluminados desde su interior exhibían vestidos de todos los tiempos y modos de vida. 

Me quedé frente a uno que vestía: una blusa holgada de color rojo intenso adornada con estampados de ramilletes de flores de sauco. Una falda del color de la miel con hexágonos blancos. Un pañolón naranja que cubría los omoplatos hasta la espalda bajaba y caía de los hombros hasta las rodillas. Sandalias de madera y el cabello trenzado y envuelto en la coronilla como una pirámide circular. Uno de los encargados del lugar se me acercó y me dio la oportunidad de probar el vestido. 

Me ayudó a ajustar las prendas frente a un espejo. Me dijo que aquella era Augitna, la diosa que creó la mente, que en la eternidad, tiene como pasatiempo favorito materializarse con la mente limpia de cualquier recuerdo y dar paseos entre los seres y paisajes del universo. 

Cuando terminó de vestirme, me dedicó una reverencia, alzó sus brazos al cielo y gritó ¡Ea, Augitna! Después se alejó.

Di vueltas frente al espejo hasta marearme y salí a la calle tambaleándome.

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