La superficie del día. Capítulo 10

“Si ella, Griselda, fuera rica, ¿sería tan quisquillosa como la señora? ¿Con el tiempo se volvería así? No lo cree. Ella no es blanca como la señora ni tiene los ojos claros ni la educación de ella, como tampoco la cuna de ella, eso se ve a leguas.”
Germán Gaviria Álvarez

Autor: Germán Gaviria Álvarez
Editorial: Seix Barral
País: Colombia
Año: 2021 
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Novela
Subgénero 1: Novela colombiana siglo xxi
Subgénero 3: novela realista | novela basada en hechos reales | relato de la sirvienta | tema del doble | doppelganger | novela especular | reflejo de sí mismo | 1980 Bogotá | novela de trasunto histórico | microhistoria
Temas: El doble | vida de una sirvienta | la doble vida de una mujer de clase media | la soledad de ambas mujeres | la vida cotidiana en 1980 en Bogotá | la guerra de clases sociales | dos mujeres opuestas

Ideas generadoras de la novela: Esta obra fue pensada desde el principio como una novela corta. La vida de una empleada del servicio que trabajó en mi casa 2006-2014. La relectura de El doble de Dostoievski. La relectura de los primeros textos de Kafka. La vida real de una mujer de Neira, Caldas, de familia rica pero que huye a Bogotá con un arriero analfabeto: mi madre y mi padre. La vida ficcional de ella bibliotecaria, que es mi propia vida como bibliotecario durante 6 años de mi vida. La vida ficcional de una mujer de clase media bogotana que acude con alguna frecuencia, desde mediados de los años cincuenta hasta 1980, a un prostíbulo masculino y, sin embargo, es fiel a un solo hombre en su vida. La idea de escribir un relato espejo. El problema del doble.

Palabras clave: novela corta | el relato de la sirvienta | Bogotá 1980 | novela especular | doppelganger | microhistoria

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La superficie del día

 

 

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Pero ¿dónde están mis semejantes?
Franz Kafka

 

10

En la entrada de la casa, a la derecha, en un rincón, hay un guarda zapatos y en él un par de pantuflas. Son suavísimas y cálidas, para unos pies pequeños y delicados. La señora usa aquellas pantuflas desde que entra en la casa, no anda con zapatos siquiera por la sala, éstos van directo al patio, nunca al clóset sin haber sido limpiados, nunca van al segundo piso con la suciedad que traen de la calle. 

Como después de la plancha debe pasar a limpiar, a embetunar y a brillar la docena de botas y zapatos de la señora, uno para cada día durante dos semanas, además de aplicar Griffin a los dos pares de zapatos tenis y alcohol a todas las suelas, queda alerta al momento en que la señora se levanta de la mesa, para iniciar la faena de los zapatos, que le toma casi una hora. Debe dar una repasada con el cepillo a las botas y zapatos (uno para cada color, negro, azul, café, almendra), incluso debe limpiar algunos pares con crema especial para zapatos. Con base en los zapatos alineados, podría describir el ajuar de la semana, el clima que en esta parte de la ciudad ha hecho, las preferencias de vestido, su necesidad de estar abrigada, tanto como ella jamás lo ha necesitado. Mientras los limpia con agua y luego los embetuna con la mano dentro, en la oscuridad donde la señora ha metido el pie largo y fino, imagina sus deditos blancos y pulidos, la delicada media de nailon, la mujer que jamás huele mal, que nunca suda, cuyos zapatos jamás se tuercen, se pelan ni se gastan. Los seis bolsos de la señora, a juego con los colores de los zapatos, ella los limpia con aquella crema y con trapos especiales, no con los de los zapatos.

Hay cierta sincronía en sus actividades. 

Tras planchar la ropa de cama, Griselda sabe que es hora de llevar una bandeja al comedor, recoger la hermosa vajilla, los restos del desayuno, y el periódico que la señora ofrece. En su diligencia hay satisfacción, constata que la señora deja moronas de pan, posos de té en la tacita de la vajilla, un vaso con restos de yogur y pequeños trozos de nuez.

La señora se alimenta, ensucia la vajilla, tiene corporeidad.

Finalmente, Griselda coge el periódico, lo dobla y lo deja bien puesto sobre la mesita de la cocina, luego irá a su cartera de modo que sobresalga, es muy bien visto, todo un signo de distinción, que la gente vea que ella ‘compra’ el periódico y lo lee. Es la cartera que adquirió con el primer sueldo, la que cada semana cuida con betún de zapatos y aún parece nueva. La señora no se fija si el periódico está en la basura o no, pero quisiera que ella viera que al final se ha decidido y aprecia el gesto de dárselo. Es lo único que le regala, pero no puede asegurar que la señora sea tacaña. Antes, le parece que la señora gasta demasiado en ella, y en mantener la casa como una tacita de porcelana. Una casa que Griselda rechaza y la seduce. No juzga a la señora, la desconcierta, le cuesta entenderla. Un espacio demasiado grande para una persona, una casa llena de vacíos, puesta para que no guarde recuerdos. Demasiado limpia, demasiado blanca, casi demasiado impersonal. Tan distinta de la suya, quizá del tamaño de la sala, o menos. Sin embargo, no la envidia, ni desea vivir en ella, no imagina hacer el aseo a diario, porque tendría que hacerlo. Su hermana y su madre, tan abandonadas a la enfermedad y a la vejez, al cansancio eterno, tan abandonadas a que ella se ocupe de cada detalle, tan acostumbradas desde hace años a envejecer y a ayudarle a los años a que las haga cada vez más inválidas, la harían trabajar el triple, sin contar los gastos, tendría que multiplicar las atenciones, no contaría con la disculpa de que tiene que ir a trabajar los sábados. Se siente satisfecha de vivir donde vive, es poco lo que tiene que limpiar, es poco en lo que tiene que pensar, aparte de atender a su madre y a su hermana. 

De vivir en esta casa con su madre y su hermana, la abrumarían las obligaciones, no imagina tener que recibir visitas (a las que tendría que atender dándoles su café o su comida), ni tener que responder a alguien por su salud. Ha tenido experiencias desagradables, los médicos suelen ser inhumanos y muy severos, son inconscientes de la realidad de la gente. Hace años, la última vez que acudió con su madre a un hospital, la acusaron de negligencia y le dijeron que le tenía que dar una dieta especial, como si ellas todas estuvieran en condiciones de hacer dietas. Eso, sin contar que ambas se harían más antojadizas y más implacables. Es mejor tener poco o nada, gastar lo mínimo y estar por fuera de las exigencias de un hospital. Es mejor que pida un aumento, pero sin parecer ambiciosa o desagradecida, Griselda es una mujer humilde, y las mujeres humildes como ella se deben saber contentar con lo que tienen. Sólo ruega a Dios que, en su inmensa bondad, libere a su madre y a su hermana de la postración que padecen. 

Si pudiera trasladarse aquí con su hermana y su madre, no sabría cómo sostener la casa, se sentiría incómoda, jamás viviría tranquila, está segura de que ninguna noche podría dormir de sólo pensar en el pago de los servicios públicos ni en los artículos de limpieza, lo más costoso de un mercado, y estar a la altura que la casa demanda. No se hace una idea de cómo la señora puede dormir en una cama tan ancha, tanto que ha de sentirse perdida en los sueños, cómo no la espanta el sonido de las persianas, el piso que chirría por el tránsito de fantasmas sin ojos, la quietud del día que se vuelca en la noche. Griselda nunca podría vivir allí, sería como estar enterrada en vida. Celebra que su casa sea pequeña, demasiado pequeña, no hay lugar para la quietud ni para esta soledad amarga. Su casa es una jaula tan mezquina como el purgatorio, sin espacio para el viento ni el blanco deslumbrante, donde ningún libro cabe y vale tanto como una aspiradora. 

Griselda piensa en sus vecinas, al menos ella tiene amigas con las que puede hablar de todo lo que quiera, personas que la ayudaron cuando no tenía trabajo, que toda la vida han estado allí y en las que puede confiar. ¿No han pasado unas navidades maravillosas compartiendo comida y trago en abundancia? La señora no, aquí tampoco hay vecinos a los que pueda saludar. Las pocas veces que los ha visto ni siquiera se fijan en ella, hacen que no la ven, miran para otra parte.

Final del capítulo 10

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