Una noche de un año cualquiera

Autor: Germán Gaviria Álvarez
País: Colombia
Año: 2026
Palabras: 1.824
Idioma: Español
Género: Ficción
Subgénero 1: Cuento

Temas: vida cotidiana | angustia | amor

Ideas generadoras de este cuento: Escribí la primeras líneas de este cuento una tarde de 2019, en el aula antes de empezar a dictar una clase. El Transmilenio en el que había ido al centro de la ciudad estaba atestado y sentía repugnancia por tener que respirar el smog que aquella mañana había visto desde el balcón del apartamento. Unos días después retomé la idea del hombre común que todos los días va a su trabajo y ama a su mujer, pero no es feliz del todo por la vida en la ciudad contaminada y fea que no proporciona bienestar y sí contamina el alma.

Como algo poco frecuente, de este cuento, sólo hice dos versiones.

Palabras clave: vida | amor | angustia | contaminación

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Una noche de un año cualquiera

 

Como sucedía cada mañana cuando estaban trabajando y las vacaciones se habían convertido en algo lejano e inalcanzable, sólo posible hasta dentro un año, se sentaron a la mesa y tomaron el desayuno, uno completamente distinto al de los veinte días anteriores, tan contrario a la dieta que habían llevado, solo comparable con la de los fines de semana. 

Llevaban en esas rutinas desde hacía más de tres décadas y les había funcionado a las mil maravillas, la casa no andaba manga por hombro, cada uno estaba en su trabajo, y era fácil apreciar, tras ver como se cogían la mano sobre la mesa del desayuno o se rozaban con fruición, sólo por el placer de sentir el cuerpo del otro, que el amor era muy íntimo, diáfano y con raíces profundas, un amor que había nacido en la noche de los tiempos al punto que cada uno no sabía si el amor muto tenía el lenguaje de los sueños, y el significado de los sueños, y todo el valor de los sueños.

Cuando ella salió hacia el trabajo, él permaneció en el apartamento y pensó que sería uno de esos días, y se sintió abruptamente indeterminado, fragmentado, y, sin embargo, se dijo tras fumar un cigarrillo en la terraza del apartamento, viendo como las nubes sobre los cerros orientales transmitían la idea de irrealidad y falsedad sobre la vida, que simplemente tenía que reconectarse con el trabajo: los horarios que le habían impuesto en la universidad donde enseñaba lenguas clásicas (griego, latín), los correos electrónicos de la Dirección que lo convocarían, como semestre a semestre había ocurrido, a reuniones en las que llenaría una o dos páginas con dibujitos ridículos y mamarrachos que, al terminar la reunión, arrojaría a la basura con un desprecio que iba más allá de lo que él mismo podía imaginar y rayaba en el odio, no por el trabajo, sino por la reunión misma y su sentido, y por quienes estaban requeridos como él, se plegaban a todo, como él, y como él todo el mundo había asentido a lo que la jefa había ordenado.

Es una locura, se dijo mientras fumaba el cigarrillo de todas las mañanas, allí en el balcón que apuntaba hacia los cerros orientales, y hacía ver la ciudad a sus pies como si él fuera un príncipe persa o algo así, y allí abajo todos esos millones de personas metidas entre sus casas, entre los carros o entre los buses, o en los andenes o en las calles de naturaleza infinita, como era eterno el smog denso que se descargaba sobre la cuidad y él lo veía, aciago y enfermizo, que él tragaría cuando se subiera en el bus que lo llevaría al trabajo, y sintió pena de sí mismo, allí, con ese cigarrillo medio consumido que acaba de llevar a los labios y pronto apagaría rastrillando la ceniza contra el borde de cemento de la terraza, echaría ese cigarrillo a medio consumir en una cajetilla vieja, entraría por la puerta ventana dejando atrás el viento helado de la mañana, y vería a lo lejos, aunque apenas a la distancia de un silbido, como la mujer amada y con la que acababa de desayunar se dirigía hacia el trabajo, a unos minutos de distancia, y sólo verla caminar, con paso determinado y distinguible entre cualquier multitud del mundo civilizado y populoso, única, lo llevó a una ensoñación efímera, llena de compasión y de amor inconmovible, y echó aquella colilla apagada entre la cajetilla.

Tengo que sentarme a trabajar, se dijo repasando con desaliento lo que tenía pendiente de la universidad, una larga lista con todo tipo deberes, y pensó que desquitaría después del mediodía, cuando podría tener unas horas para trabajar en un ensayo que lo tenía absorbido desde hacía tiempo, desde mucho antes de las vacaciones, y sintió que, de sólo pensar en lo que haría después del mediodía, lo colmaba de vida, pero cuando llegó el mediodía y empezó a trabajar en el ensayo el malestar había ido creciendo desde que apareciera mientras lavaba la loza del desayuno. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué ese desasosiego repentino? ¿De dónde salía? Lo angustiaba volver de vacaciones a la universidad y no estar preparado adecuadamente, no haber hecho todas las lecturas que debía, ni todos los resúmenes, ni todos los análisis, incluso había soñado con que llegaba a impartir una clase, no tenía el bagaje suficiente y quedaba en ridículo, pero no era eso, lo sabía, sólo era cuestión de dedicar un par de semanas a completar las lecturas. Su escritorio tenía varios cerros de libros nuevos, algunos sacados de la biblioteca de la universidad, otros comprados, otros sacados de su propia biblioteca y que conocía bien, pero, por rigurosidad, releía para mantener frescos en la memoria pasajes que luego podía citar a sus alumnos de manera espontánea, que era lo que más le gustaba. De modo que no era su constante inseguridad, de la que siempre salía fortalecido, sino que había otra cosa, algo que se iba alimentando de su alma no creía que la tuviera, la iba devorando y dejaba una cosa dentro de él, una especie de monstruo maligno que le hacía daño incluso en las costillas y hacía que, mientras estaba sentado frente al computador, se rascara y se sobara como si quisiera arrancarse los huesos y el esternón.

La mañana transcurrió así, y en vez de beber una sola taza de café como todos los días, se había levantado del sillón y preparado otra taza más, y fumado otro cigarrillo, viendo como la ciudad a sus pies se extendía en toda su arquitectura anodina, bajo aquellas nubes amarillentas de contaminación, y se dijo que lo mejor era hacer a un lado lo de la universidad, y se lo dijo como para salvarse y encontrar algún asidero a su vida, una vida que amaba y consideraba casi perfecta, con una mujer que adoraba y las rutinas diarias que él mismo había elegido, y se dijo que sí, aunque sabía que no sería suficiente, jamás podría lidiar con ese monstruo que crecía segundo a segundo dentro de él, el de la completa inutilidad de la vida. Pero había algo en el ensayo que estaba escribiendo y casi lo rescataba, casi, porque a veces creía en lo que escribía y otras no, pero cuando releía y encontraba una buena frase sentía que sólo por eso la vida valía la pena.

Pasó por la oficina de su mujer al final de la tarde, como habían convenido, y la acompañó a comprar un par de zapatos, pero con cada paso que daba, el mundo se hundía bajo sus pies; mis pies y unos zapatos nuevos, se dijo él, debe haber algún simbolismo, pero esa clase de simbolismos eran cosa del pasado. ¿Por qué mientras caminaba hacia la oficina de su mujer, a pesar de anhelar que ella lo redimiera se hundía cada vez más? El cielo estaba claro y con nubes rosadas y casi anaranjadas, tenía calor y de pronto quiso beber una cerveza.

Te invito una cerveza, dijo a su mujer, estaba emocionado, sudaba y sentía el deseo de beber una cerveza fría y de fumar un cigarrillo.

Me duele la barriga, respondió ella.

Caminaron. Él quiso fumar pero se contuvo, ella odiaba los cigarrillos, no los cigarrillos en sí mismos, sino porque lo podían matar a él antes, nadie sabía cuándo y sería terrible quedar sola, sin él, que cada noche y cada mañana la tocaba.

No encontraron los zapatos que ella buscaba y echaron a caminar hacia su apartamento, allá en el piso 14 desde donde él contemplaba el mundo que era su ciudad. ¿Es el hambre, se dijo él, es porque estoy con lo del desayuno y esos cafés demasiado cargados? Encendió un cigarrillo y se sintió acorralado por el humo. Caminaba con su mujer por la acera, la llevaba de la mano y lo enternecía sentir sus dedos tensos porque él había estado odioso, distante y sarcástico, y eso la había herido, porque su amor era sutil, y lleno de ínfimas convenciones, cosa que él admiraba, porque era ella y no otra, ninguna, pero, ¿por qué se sentía de ese modo, como si un animal desagradable lo hubiera poseído?

En la noche, cuando ya se habían acostado, ella besó el dorso de su mano y le dio la espalda. Ella estaba a la espera de que él le pidiera perdón por su actitud hosca y le diera besos en la nuca, como cuando se iniciaron como amantes en la noche los tiempos, y él se los dio, con amor, pero algo seguía creciendo dentro de él, algo negro, lleno de gritos que lo ensordecían y lo obligaban a rascarse los lóbulos y las orejas y a mirar su entorno sin ningún respeto, sin ninguna ambición, sin deseo. Ella quiso meter la pierna de él entre las suyas para calentarse, y él sintió sus piernas desnudas, infinitamente suaves y sensuales y placenteras, como lo habían sido desde siempre, y su aliento tibio en el hombro de ella, y el pelo casi cubriendo su rostro. “Te amo”, dijo ella con los ojos cerrados, y él dijo “hummm”, pero estaba emocionado, y al tiempo esa especie de animal lo acuchillaba por dentro. ¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa?, se dijo, y tragó saliva.

Puso el brazo sobre la nariz, a la altura de los ojos, y sintió la necesidad de levantarse. Estaba completamente perdido dentro de sí mismo y en la esencia de su ensayo, no pensaba en ninguna forma que el ensayo debía tener, el ensayo debía encontrar su propia forma. Pensó en el contenido y en las palabras que había escrito, en los pensamientos que había tenido, que eran confusos y obtusos.

No puedo más, se dijo con intención de ponerse la piyama que había dejado en el asiento, sacudido por lo que sentía hacia ella, su mujer, y hacia sí mismo.

Fue hasta el balcón con una bufanda puesta, la chaqueta de tierra fría ceñida a su pecho y cerrada en el cuello, y deseó arrojarse por ese balcón y caer y morir, pero le fue insoportable imaginar semejante sufrimiento.

Cuando regresó a la cama junto a su mujer, tuvo miedo de esa cosa que lo devoraba con sevicia abrumadora, y pensó en correr y en saltar por el balcón que lo invitaba a una experiencia definitiva y terriblemente violenta. Pero ya no existiría más, todo orden se consumiría.

Recogió las cobijas a un lado con cuidado de no perturbar el sueño de ella, y se adentró en la negrura como si lo hiciera en el seno de un sueño y el sueño tuviera potestad de arrojarlo a él hacia algo más grande, más alto y bello, hacia el sosiego que venía del cálido pelo de ella y su perfume y lo hundía en la oscuridad. 

Es un día, a esa hora, una noche, de un año cualquiera.

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