Memoria 152
22.07.2026 Serenidad. Esta mañana, al despertar, no tenía el más mínimo deseo de levantarme. Me sentía mentalmente agotado, como si hubiera pasado la noche en blanco, y me sentía casi abatido. Pensé en los sueños que acaba de tener, más o menos deprimentes, y de pronto me dije que lo que había hecho desde abril y todo en general era inútil. Ya eran las 7.15 am y mi mujer se había levantado no sé hacía cuánto tiempo y estaba en la cocina organizando lo del desayuno, aunque me pareció que aún era temprano, pues solemos levantarnos hacia las 7.30 pasadas. Ella había cerrado la puerta del cuarto para que yo no escuchara el ruido y pudiera descansar. Pensé en la Topología y en los otros libros que estoy autoeditando, y no vi más el objeto de continuar con el proyecto. ¿Para qué? ¿Para quién? Y el gasto de esta impresión, ¿qué sentido tiene? No sentí el más mínimo deseo de presentar mi libro ni mis libros en ninguna parte ni a nadie. ¡Qué cosa absolutamente inútil! Pero, me dije, si me detengo hoy, por ejemplo, y no hago nada y no vuelvo a hacer nada, ¿cómo me justifico ante mí mismo y ante mi mujer? Y, ¿qué haré en adelante? ¿Deprimirme más hasta no aguantar más y convertirme en un problema de tipo mayor que a estas alturas no sabe qué hacer con su vida?
En esas cavilaciones apareció mi mujer y dijo que se iba a duchar, había sudado muchísimo durante la noche y no se aguantaba, me dio un beso y yo me quedé ahí, con la cobija encima oyendo cómo se duchaba. Cuando cerró la llave me obligué a levantarme y fui a la cocina a terminar de hacer lo que ella no había hecho: molí café, preparé la fruta, saqué el bol para calentar mi menjurje de avena matutito, ajusté la Pedrini de mi café, puse a calentar la máquina de expreso para mi mujer, lavé unos vasos de la noche anterior y en esas estaba cuando apareció ella bien limpia y fresca. Enseguida me puse a organizar el mango, uno grandote para los dos, que salió delicioso, y nos sentamos a desayunar.
Estaba terminando comer la fruta cuando mi mujer se levantó, fue a la terraza y trajo del grosello una hermosa grosella rojísima entre sus dedos húmedos y comenzó a quitarle la piel. Mira, dijo, ¿no es un divinidad? Cómetela. En realidad, yo no quería, pero el gesto alegre de ella y sus dedos quitándole la piel me produjeron un pequeño estremecimiento y la sorbí. ¡No olvides que tiene una pepa dura! Sí, ya sé. ¿A qué te sabe? Ya habíamos comido de la cosecha anterior, de mayo, y me había gustado el sabor, aunque me pareció un poco ácida, a pesar de su muy intenso color rojo y de lo suave de su carnosidad. Pues claro, ¿no ves que es una baya? Sí, claro dije. ¿Todavía se le pueden hacer cambios a la portada? ¿Cuál portada?, dije ocultando que sabía de qué estaba hablando, no quería tocar del tema. Y tu biografía, hay que cambiarla. Empezando por la foto. Ese ya no eres tú. Pues no tengo una mejor. Deberías tú tomar la foto, dije con cierta ponzoña, pues ella está tomando clases de fotografía. Se me subieron los calores a la cabeza y comencé a sudar, sentí cierta rabia, pero me contuve. Cuando ella empieza a encontrar defectos de última hora a lo que hago, es como si todo mi trabajo tuviera que ir a la basura, y empezar otra vez. ¿Qué hay que cambiar?, dije con desgano. Pues esa biografía está machetiada. Además las biografías ya no se presentan así, es anticuada. Mira, le dije, no la voy a cambiar, dije enfatizando la palabra no. Por ejemplo, siguió ella, eso de la Deutche Welle ya no debería ir… No señora, no lo voy a quitar. Es parte de mi historia literaria… Es que está mal organizada y está mal redactada. Bueno, pues, dije conteniendo mi impaciencia. Mira, yo no pienso hacerlo. Hazlo tú, dije cortante, sabiendo que tenía razón, pues en esas cosas siempre la tiene. Estoy harto de ese libro. Por si no te has dado cuenta, lo empecé a trabajar a principios de mayo, lo he leído más de una docena de veces (lo que es cierto) y nada más ayer, a la maqueta le encontré 26 errores. Al menos disminuyen, dijo ella. Estás haciendo de escritor, corrector y editor. Hoy no tengo tiempo de rehacer tu biografía, pero mañana por la mañana sí, ¿está bien? Pues sí, dije. Quedas encargada.
Cuando se levantó por mi café que ya había subido en la máquina y se quedó un momento ante el mesón mirando hacia afuera, le extendí la mano. Ella vino y me abracé a su pecho, sentado como estaba, y respiré con serenidad.
Son muy tontos los hombres que eligen a su pareja sólo por sus atributos femeninos, dejando en segundo plano sus capacidades intelectuales. Particularmente, yo no soportaría vivir con una mujer menos culta ni menos inteligente que yo. Y ella lo es más, lo cual me trae mucha serenidad.