Memoria 135

Memoria 135

 

 

06.04.2026Recuerdos sagrados”. Dar a la vida razón de ser. En julio de 1877 Dostoievski hizo un viaje a Darovoe, un “lugar pequeño y olvidado” en el campo ruso (a donde había llegado a los 11 años de edad con sus padres y seis hermanos) con el propósito de visitar los alrededores y la antigua casa familiar, ahora ocupada por la familia de su hermana Varvara Ivánovna, que había heredado la propiedad. A Dostoievski no le gustaba ir y la visita sólo fue por 48 horas, pues allí mismo su padre había muerto –no se sabe si por el alcoholismo o si fue asesinado por los siervos, esto último no ha sido demostrado– y el lugar no le traía buenos recuerdos: el padre había sido un hombre muy severo con sus hijos y brutal con los siervos a su servicio (era médico) y cuando su esposa falleció en 1837 tomó para sí a una de sus siervas. 

El viaje no entusiasmaba a Dostoievski más que por su trabajo literario: “¡El maldito viaje a Dorovoe! ¡Cuánto me habría gustado no ir! Pero no puedo dejar de hacerlo: si me niego a mí mismo estas impresiones, ¿cómo puedo ser escritor después de eso, y de qué ha escribir un escritor? (J. Frank, t. iv, pp. 315 – 316). Sin embargo, “Este lugar pequeño y olvidado me dejó una impresión poderosa y profunda para toda mi vida” (ídem). En el Diario de un escritor, en el número de julio-agosto de 1877, Dostoievski subraya la importancia de que los niños guarden “recuerdos sagrados”, y escribe que “una persona no puede ni siquiera vivir sin algo sacro y precioso de su niñez que lleve consigo en su existencia.” (ídem).  

Cada vez que mi mujer recibe fotografías y pequeños videos de su nieto y las comparte conmigo, veo que está sano y rozagante y lleva una vida feliz. Cuando crezca y sea adulto, suponiendo que todo siga un curso bueno, más o menos normal, ¿al recordar su niñez la verá como algo ‘sagrado’, para ponerlo en palabras de Dostoievski? ¿Necesita de algún recuerdo en especial, uno lo bastante significativo, digamos, brillante y feliz para que sea sacro y precioso? ¿Bastará con que sea una niñez excelente, feliz y sin altibajos? Probablemente sea así. Los ‘recuerdos sagrados’ de mi mujer son los tiempos que compartió con sus abuelos maternos, son esos recuerdos de los que más habla con felicidad y nostalgia. 

Si bien está demostrado que el padre de Dostoievski era un hombre profundamente religioso, “muy severo, un maestro exigente y dado a la censura, incapaz de perdonar cualquier flaqueza y error humano” (ídem, 316), también es cierto que era justo y se preocupó siempre por el bienestar y la educación de sus hijos enviándolos a las mejores instituciones posibles y, hasta donde se sabe, nunca les infligió ningún castigo físico. De ahí que Dostoievski, un niño frágil, siempre se refugiase en el seno materno. Quizá, que su padre haya sido profundamente religioso, influyó para que Dostoievski lo fuera y toda su vida estuvo regida por la idea del amor, de la moral cristiana y de la promesa de eternidad. Cuando visitó el antiguo hogar no pudo dejar de pensar que “una persona no puede ni siquiera vivir sin algo sacro y precioso de su niñez que lleve consigo en su existencia.” (cursivas son mías) Eso sacro y precioso no sólo era el amor profundo por sus padres, sino la moralidad, la generosidad y la promesa de una vida eterna cristianas.

Puedo decir que en mi niñez sí hubo ‘algo sacro y precioso’ que he llevado conmigo a lo largo de mi existencia. Si bien mi padre fue un hombre de carácter fuerte e irreflexivo al punto de golpear a mi madre o a alguno de nosotros 9 hijos por cualquier nimiedad, y de descuidar el sustento familiar, hice mía la historia de mi madre de que él había sido un arriero analfabeto cuando se casaron y ella le enseñó a leer y a escribir. Que esta historia fuese 100% cierta o no, carece de importancia. Lo que importa es lo que significa. Quizá haya sido su valor intrínseco lo que se ha convertido en lo que Dostoievski llama “recuerdo sagrado”: la voluntad de mi padre de superarse a sí mismo, sin descanso, hasta obtener lo que anhelaba por encima de muchas dificultades e incluso, de manera rabiosa y egoísta. Cursó el bachillerato siendo un hombre casi de 30 años, estudió en una universidad y se graduó de abogado, se fue a vivir con una abogada y buena posición social, y se convirtió en juez. 

Mi madre, por su parte, tenía otro carácter. Mientras mi padre vivió con nosotros, mi madre se plegó a sus deseos, y ejerció sobre nosotros, sus hijos, cierta severidad que se acentuó cuando mi padre definitivamente no regresó –yo tendría unos 10 años. Si bien ella había sido educada en un internado de monjas en Manizales y la familia era católica –hasta donde sé mi padre era católico, no un creyente–, y era creyente, tampoco es que fuera una fanática ni mucho menos, pero intentó inculcar en nosotros los valores católicos. Es probable que su apego a los valores y a las tradiciones familiares heredadas de sus padres –creyentes, piadosos, generosos– fuesen sus “recuerdos sagrados” en los que se refugiaba a diario y le dieron una directriz a su existencia. Tales valores de ella –su moral inflexible, su transparencia como persona, su ética y generosidad, y su gran sentido común– también le han dado dimensiones más abiertas a mi vida. Tuvieron que pasar muchos años y muchas hojas escritas para que pudiera comprender los comportamientos de mis padres al punto de que su recuerdo fuera no como cualquier otro, afirmarlo sería falso, sino como un valor precioso, “sagrado”, que le ha dado a los largo de los años un sentido especial a mi existencia.

Pero, Stricto sensu, ¿se trata de “recuerdos sagrados” o de ejemplos de vida?: la honestidad, una moralidad católica, superar las dificultades y el egoísmo para alcanzar algo. Quizá sean recuerdos en el sentido que, si bien las conductas de mis padres fueron a su modo ejemplos comunes en muchas familias colombianas, sólo tienen, para mí, Germán Gaviria, un sentido único y propio a las que yo les doy un significado específico. Uno que solamente es válido para mi existencia. No creo que tal significado sea válido para el resto de mis hermanas y hermano ni para nadie más. Y quizá sí son “recuerdos sagrados” en un sentido religioso amplio. Pero sacro, sacer, sacra, sacrum significa sagrado, augusto o consagrado a los augures, y un augur es un presagio, un anuncio, un indicio de algo futuro. Los “recuerdos sagrados” son entonces, más que ejemplos de vida que auguran un futuro, el significado que yo doy a unos recuerdos y los hago míos, al punto de convertirlos en semillas que fructifican a lo largo del tiempo, dándole una cierta y única razón de ser a mi vida hasta mi muerte, y a la de nadie más.

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