Memoria 115
30.12.2025 La vida de los otros. Sólo dos personajes, ambos secundarios, me gustaron de Tango satánico de László Krazsnahorkai: el mecánico Futaki y el doctor. Los demás personajes son meros esbozos sin ningún interés ni profundidad, son anodinos. Y lo son porque no son más que réplicas deslucidas de estos dos. Quizá sea una regla que para hablar (escribir) de o sobre los otros, deba hacerse en la intimidad de lo que nadie más sabe o podría saber porque tiene el dato fidedigno, único, dotado de autoridad narrativa, que es lo mismo que tener autoridad moral. El doctor, quien se echa sobre los hombros el problema de la verosimilitud de todo el libro, pierde su autoridad narrativa al revelarse como personaje-narrador. Sencillamente, el doctor no puede saber lo que no ve desde la ventana de su casa, no en todo caso los pensamientos ni las acciones ni mucho menos la consciencia de los observados. Ah, es que es una ficción y la ficción lo aguantan todo, se dice. De acuerdo: es el viejo esquema del siglo xix del escritor-Dios que todo lo sabe y todo lo ve. Aguanta incluso el aplauso del lector poco informado, complaciente y superficial que lee de manera acrítica.
Futaki es el otro personaje que tiene una profundidad sicológica más o menos bien lograda, y es casi un antihéroe, pero al final decepciona. En cambio, sucede lo contrario con el doctor, que resulta interesante por narrarse a sí mismo. De ser un personaje anodino, evoluciona poco a poco hasta revelarse como el narrador de la novela (giro manido, preferible que el novelista no hubiera usado este recurso). Una costumbre del doctor, es que pasa el día haciendo anotaciones en una libreta sobre lo que observa a través de la ventana de su casa lo que sus vecinos hacen o dejan de hacer. Anotaciones que, entre otras cosas, no son las de un humano en cuanto tal igual a los demás, sino que se arroga el privilegio de juzgar a sus personajes desde una posición privilegiada, aunque parezca, por efecto de una lectura superficial, que es al contrario. Pero eso del narrador-personaje que se descubre al final (se me ocurre de pronto la famosa imagen de la ouroboros), no se sostiene. El doctor no puede saber los movimientos y conversaciones de Irimías y su compañero, ni mucho menos saber de las vidas de los campesinos de puertas para dentro, la mentalidad de la niña que se suicida ni la de su hermano, ni lo de la salida del grupo de campesinos de la explotación, etcétera, etcétera. No, ya no podemos justificar que la ficción da para eso. Esos jueguecillos ya pasaron hace muchos años de moda. Para que un hecho ficcional sea creíble, tiene, sí o sí, que ostentar, palabra a palabra, una rigurosa lógica interna. Lógica que implicaría saber cómo es que el doctor sabe lo que no puede saber. Observar empíricamente a los demás para escribir una novela, tampoco es un invento nuevo. Nació con el realismo francés de principios del siglo xix, y tomó mejor forma con el naturalismo de mediados de ese siglo, también en Francia, y quedó demostrado que aquellos escritores que observaban tan agudamente a la sociedad, acabaron haciendo una suerte de sociología…
Más bien, la novela despliega la visión propia de los años 1980 de origen lacaniano (¡já!, no podía ser distinto). Por lo demás, los escenarios parecen sacados de Kunt Hansum o de la literatura rusa de la segunda mitad del siglo xix.
Yo soy pésimo observador de la vida de los otros y tampoco me sale bien cuando intento escribir sobre ellos ni recontando historias que me contaron.
Para mí, una vida ficcional está definida por la manera de cada quien de manejar el drama. Es decir, por el modo como lleva su vida haciendo énfasis o no en situaciones, actos, lenguaje, de una manera dramática; distinto es si hace énfasis en el sentido común y en la lógica elemental (o sofisticada), dejando más o menos de lado el drama. A más carga dramática en la vida de alguien, más sufrimiento, menos capacidad para no repetir los mismos errores, más propensión a exagerar situaciones y menos capacidad para enfrentar situaciones comunes y/o adversas. Mi forma de escribir libros se basa en hechos significativos que guardo en mi memoria, hechos que durante la escritura se transforman para que tengan cabida dentro de la lógica interna del relato. Lógica dada no sólo por las palabras escogidas, sino por el abandono de la lógica impuesta por la gramática tradicional y la elaboración de una gramática propia, y un uso propio de las palabras.
Esta manera de escribir la apliqué a mi novela Vida de Helda H, que recién terminé de revisar por enésima vez en octubre pasado, y espero que ya esté al 99%.
Se supone que con la finalización de la escritura de Vida de Helda H, toda esta sección Memoria de un escritor ante la imposibilidad de escribir una novela, que ya tiene 115 entregas, debería terminar…