Memoria 136
07.04.2026 XXXXXXXXX, mi novela. Leer un manuscrito. Anoche a las 6.30, antes de salir para el concierto de música de cámara ofrecido por el coro de Cecilia Espinosa, aquí en el auditorio de la Cámara de Comercio, mi mujer me devolvió los dos anillados (cada uno de algo menos de 200 p.) de mi novela XXXXXXXXX, que demoró unos 5 meses leyéndola. Dijo que habláramos cuando quisiera, y dije que sí, y nos fuimos al concierto, que duró apenas una hora, pero estuvo bien. Cuando me metí a la cama con el libro de Germán Espinosa, que estoy mirando de cerca para escribir unas páginas sobre esa novelita, mi mujer espontáneamente comenzó a hablar de mi novela.
No le gusta la estructura, empezó. Dice que es exigente para el lector y tuvo que abordar los dos ejes narrativos por aparte. Tampoco le gusta la historia de LLLLLLL y casi toda su historia le parece inverosímil. Que hay partes repetidas, aburridas, y hay unos pasajes magistrales. Etcétera. No sé qué vas a hacer con ese libro dijo, pero como está no funciona, aunque la historia de YYYY y ZZZZ es buena, por fin otra cosa. Parece una novela escrita por dos personas distintas. No sé por qué, mientras la escuchaba recostado en la almohada de la cama, no sentí decepción de mí mismo. Recibí todo lo que dijo durante casi una hora en silencio, dándome cuenta de que sí, de que desde 2004-2006 cuando escribí una versión de la historia de LLLL y quedé finalista en el Herralde novela en 2006, mi mujer ha leído muchas versiones de esa historia y está harta. Gran error de mi parte, por supuesto, haberla sometido a la misma historia durante unos 20 años. Yo también estaría hasta la coronilla de leer una y otra versión de la misma historia, mejor dicho, unas 30 versiones de lo mismo.
Pero esto también significa que, después de más 20 años, no me he podido desprender de esa historia. En todo caso, lo que mi mujer dijo acerca de la novela, sobre la que había albergado grandes esperanzas de que le gustara, no me quitó el sueño y casi me dormí enseguida. Pensé un poco en Dostoievski cuando armó y publicó Los demonios, que es más o menos una ‘colcha de retazos’ de una buena cantidad de materiales sueltos, expresión que mi mujer también utilizó anoche. Pero, evidentemente, yo no soy Dostoievski.
¿Qué vas a hacer?, dijo mi mujer. Echarla a la basura. ¿Cuál es el libro de Coetzee que tiene textos distintos divididos en la página con rayitas escolares?, dijo. Diario de un mal año, dije. ¿Y por qué no haces algo por el estilo? Ya lo hizo ese señor, por un lado, y no me voy a copiar, y, por otro, la estructura de mi novela salió así, y no quiero modificar eso. ¿Y si pones las dos historias por aparte?, dijo. Tampoco. No voy a hacer lo de Faulkner ni lo de tantos otros que lo hacen mejor que yo. Tierras de poniente es otro ejemplo de hace más de 50 años, hay cientos de ejemplos, dije. Además, la estructura de mi novela tampoco es nada original, es lo más corriente del mundo, y precisamente por eso debería funcionar sin problemas. Cuando le dije, antes de apagar la luz, mira, lo que pasa es que esa novela está planteada en términos de la moral; la moral es lo que rige las acciones de los personajes, que es la de las personas comunes, cuando dije eso, se sorprendió bastante y de pronto detuvo la artillería que había desatado. Puede ser lo que tú quieras y puedes argumentar mucho, en eso eres un experto, pero ese libro no funciona, yo no sé qué vas a hacer. Evidentemente estaba brava conmigo por haber hecho semejante barrabasada. Echarla a la basura, dije sabiendo que no lo haría, y que tampoco era una porquería. Me alegra que no sea condescendiente con lo que escribo, ya tuve bastante de eso en otra época, lo que me hizo más daño que bien.
Esta mañana me levanté pensando en la novela. Curiosamente, no me sentía abatido ni decepcionado, como cuando creía que había llegado a no sé qué alturas literarias y de pronto alguien me bajaba de la nube. Ahora mismo la estoy viendo sobre la impresora, dos gruesos mazos blancos con anillos como gusanos, y sé que debo hacer algo para ‘arreglar’ esa novela. Pero no sé qué. Anoche, mientras mi mujer hablaba, pensé también que, a fuerza de leer 30 versiones, ya no veía el árbol sino el bosque. No la culpo, yo mismo no sabría qué hacer si fuera a la inversa. En todo caso, ahora que veo ahí la novela por la que esperé sendos comentarios de admiración de mi mujer por haber tenido en sus manos el manuscrito de una obra maestra, sé que no la voy a archivar. ¿Qué voy a hacer? Tampoco sé. Creo que lo sabré el día que me siente aquí, en donde estoy ahora y ponga esa novela sobre mi escritorio, aquí, al lado izquierdo y revise el trabajo de editora furiosa que hizo mi mujer, abra el archivo y lea el primer párrafo. Ya se verá.
***
Pasadas unas horas, finalmente metí la novela entre el archivador, bajo la impresora.