Memoria 133

Memoria 133

 

 

24.03.2024. La tragedia de Belinda Elsner, de G. Espinosa. Rendirle culto a la Real Academia. Voy más o menos por la mitad de la lectura de este libro y debo decir que, a pesar de tener buen empuje narrativo, un hálito poderoso que impulsa la historia hacia adelante atrapando al lector en su ficcionalidad, el uso inadecuado de cultismos (“Embaído por el vino y la tristeza”) y de palabras que no vienen al caso para hablar de un simple hecho (El comisario propinó otro mordisco a su emparedado), la lectura no se frena, al contrario, sigue adelante haciendo el relato inverosímil, poco creíble, tonto y caricaturesco. El problema con el uso no natural de las palabras en un relato, es que lo convierten en algo rebuscado, ajeno al lector y el narrador pierde su autoridad narrativa y el relato deviene mera artesanía de poca calidad.  

¿Por qué mi tocayo no superó, hablando de este libro escrito en 1987, su culto a la real Academia Española y No siguió por la buena senda de la Tejedora de coronas, de 1981? Ya García Márquez había dado el ejemplo 20 años antes con su Cien años. ¿Espinosa no aprendió nada? Se le rinde culto al idioma desde antes de la Independencia de 1821, un culto consciente e inconsciente, y se entiende, claro, que esto haya sido así, pues de todas maneras teníamos que interiorizar el idioma español importado, y luego, gracias justamente a ese dominio, encontrar nuestra identidad (la música individual y colectiva, su tono y su ritmo) en una lengua que no era nuestra. Pero tampoco teníamos de otra: había una tradición escrita poderosa muisca, ni guajira, ni guambiana, ni puinave, ni pijao, ni afro, etcétera, en este país con 65 lenguas nativas. Lo he dicho en otras Memorias: sólo cuando los escritores del Boom latinoamericano empezaron a examinar el lenguaje, principiando por Macedonio Fernández y terminando con Vargas Llosa, nos preguntamos por nuestra identidad americana. Pues es justamente ahí, cuando surge la pregunta por la lengua / identidad cultural, es que rompemos el cordón umbilical con España y encontramos nuestro propio modo de expresarnos. Entender eso y ponerlo en práctica es difícil, al punto que todos los escritores colombianos (con excepción de Silva que lo estaba vislumbrando, lástima que no alcanzó) del siglo xix y aquellos incluso hasta la década de 1980, como Germán Espinosa en esta obra, que llamo menor –con las excepciones de E. Zalamea Borda y García Márquez–, le rindieron culto inconsciente y consciente, como no, a la Real Academia. Rendirle culto es no cuestionar, tener fe en que con el español de la Academia se puede expresar la identidad colombiana, para sólo hablar de Colombia. ¿Por qué? Hay que mezclar el español con las lenguas locales. Eso ha tenido lugar desde el Descubrimiento y la Conquista, de hecho, la influencia de vocablos autóctonos en el español que hablamos en este país, es mínima, no alcanzará al 1% local (y el 3% de origen latinoamericano). Bueno, me refiero al lenguaje escrito llamado aceptado o ‘culto’, pues los regionalismos (colombianismos) en su oralidad aportan, creo, un 15%, que es muy significativo.

¿Entonces? No tenemos que cuestionar la naturaleza del idioma español y tampoco nos corresponde a los colombianos de a pie realizar semejante tarea. Lo que tenemos que cuestionar es el uso. El problema, porque lo es, es que primero debemos conocer las reglas (del idioma) para luego romperlas, no hacerlo porque sí, porque se es ‘creativo, disruptivo y contestatario’ y soy ‘libre’ de hacer lo que yo quiera. ¿Por qué? Porque, como ha sucedido siempre, es nuestra lengua materna, pero esa lengua materna NO es una lengua escrita, es oral, y lo oral se sale de los rígidos modelos de las gramáticas y de los diccionarios. Punto. Lo único que enriquece un idioma cualquiera en el planeta Tierra, es su uso diario, su devenir, su práctica diaria, cotidiana, de la calle y de la casa. El idioma puede ser tan plástico y complejo como lo pueda expresar alguien culto(a) y sensible, enterado(a) e inteligente, o empobrecido con el mismo léxico y las mismas estructuras de siempre, que es aquel de esas personas que se dicen defensoras del ‘buen decir’ del idioma. Lo que sucede en Colombia es que, como es un país tan mediano, es que hay quienes creen que rendirle culto al idioma es ser educado, culto e inteligente. ¡Válgame dios! Ser educado es, precisamente, usar el idioma con plasticidad, sensible e inteligentemente, saliéndose del molde. El otro día, un profesor de español ya retirado, ‘corrigió’ a mi mujer en un fila cuando ella intentaba comprar un tajado. ¡Tajado, no, sajado!, dijo. Mi mujer, que sabe la diferencia, levantó la ceja izquierda y lo miró unos segundos. ¡Ay! Estos sabios de panadería.

En todo caso, sigue siendo muy provinciano, porque es eso, provinciano, a estas alturas del desarrollo del español en Colombia, en pleno s. xxi, pretender que hablemos, escribamos y nos expresemos según la Academia. Provinciano y ridículo, retardatario y risible. Ja, ja, já.

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