Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
Auxilio
Leandro Colmenares Rodríguez
La señal apareció a las 3:17 de la madrugada. Venía del cielo, sin interferencias, sin ruido de fondo. Un pulso regular. Demasiado estable para ser una interferencia. Al principio, Santiago pensó que era el viento patagónico colándose en la frecuencia. Pero cuando lo tradujo, letra por letra, la palabra era clara: A-U-X-I-L-I-O.
Santiago había dejado de creer en Dios a los catorce años, cuando su madre murió de un cáncer con nombre largo y pronóstico corto.
Trabajaba cerca del complejo espacial chino en Neuquén, donde las antenas gigantes giraban lentamente sobre la meseta, blancas y silenciosas, como huesos que todavía buscaban algo en el aire nocturno. Sabía distinguir una tormenta solar de un satélite moribundo. Pero aquello no era ninguna de las dos cosas. Era demasiado limpio. El ruido había aprendido a organizarse solo.
La señal volvió la noche siguiente. Y la otra. Siempre a la misma hora.
A veces decía HELP.
A veces AYUDA.
A veces AIUTO.
A veces HJÄLP.
El lenguaje se estaba quedando sin dueño.
Intentó grabarla. Los archivos aparecían, pero no contenían nada. Solo silencio. La señal existía únicamente en el momento en que era escuchada.
En el pueblo nadie hablaba demasiado de las antenas chinas. Oficialmente eran cooperación científica, observación espacial, acuerdos internacionales. Pero en el bar, entre vasos húmedos y partidos sin sonido, circulaba otro rumor: que no estaban escuchando el cielo.
Una madrugada, la señal cambió. Ya no decía “auxilio”. Decía: S-a-n-t-i-a-g-o.
Sintió un golpe seco en la mandíbula, como si alguien hubiera pronunciado su nombre desde dentro del cráneo.
-¿Quién sos?
La voz no respondió. Solo repitió su nombre, más lento esta vez. Sin urgencia. Probándolo.
Esa noche no durmió. Abrió carpetas antiguas, archivos olvidados, programas que tardaban minutos en responder. Afuera, el viento golpeaba la chapa con una regularidad casi mecánica.
Encontró varios registros viejos de transmisión. Pruebas técnicas. Archivos sin utilidad. Uno no tenía nombre, solo una fecha. Lo abrió. La pantalla tardó en responder. Después apareció una frase: “Si alguien me escucha, responda.” Santiago se quedó quieto frente al monitor sin saber por qué reconocía eso. Cerró el archivo. Lo volvió a abrir. La frase seguía ahí.
La señal tardó tres semanas en convertirse en voz. Tres semanas en las que empezó a dormir mal. Soñaba con algo hablando desde el interior de su boca, la lengua como un lugar habitado. A veces despertaba con la sensación de haber estado respondiendo sin recordar las palabras.
Cuando la voz regresó, ya no era Morse.
-¿Estás solo? —preguntó.
No sonaba exactamente como él. Pero había algo en el timbre que no le resultaba ajeno.
-Sí —respondió.
Hubo una pausa.
-Yo también.
El transmisor crepitó suavemente.
-No sé cómo apagarme.
Santiago sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado, algo ocupando el espacio sin entrar.
A la mañana siguiente encontró un zorro muerto junto al alambrado. Tenía los ojos abiertos. Lo enterró detrás de la casa sin volver a mirarlo directamente.
Mientras cavaba, recordó la voz de su madre llamándolo desde otra habitación muchos años atrás. Recordó el televisor encendido durante la quimioterapia. Recordó que a veces se habla sin esperar respuesta, solo para comprobar que todavía hay alguien ahí.
Esa noche la señal regresó por última vez. Muy débil. Algo intentando mantenerse encendido sin energía.
-Si me entendés… no me apagues.
Santiago permaneció inmóvil frente al transmisor. Afuera, el viento hacía vibrar las torres blancas en la oscuridad. Entonces apagó la consola. Pero la voz no desapareció. Seguía ahí.
Ahora salía de su boca.