Memoria 129
03.03.2026 Ser un escritor serio. Un sueño. Me desperté en la madrugada, con sed, mucha sed, tenía la boca reseca y sudaba. Afuera, estaba muy tranquilo, casi en silencio, a no ser por el sordo palpitar de la ciudad. A los pocos minutos me levanté al baño. Miré la hora en el celular, que siempre dejo allí, y vi que apenas eran las 2 de la mañana. No bebí agua, hice pipí y volví a la cama, siempre intentando no hacer ruido. Me acosté con cuidado de no molestar a mi mujer y casi de inmediato dormí de nuevo. Me desperté con la boca y la garganta más secas aún y me dije que no debía castigar el cuerpo. Me fije en la luz que entraba por la ventana del cuarto y por la puerta que siempre mi mujer y yo dejamos entreabierta, a la mitad, asegurada con un tranca puertas. Estaba más o menos claro y pensé que debían ser más de las 5. Fui al baño de nuevo y miré la hora: 4.12 am. Bebí un vaso completo de agua de la jarra y regresé con cuidado a la cama. Lo intenté, pero no podía dormir.
Pensé que si seguía leyendo ese libro idiota de Padura, se debía a mi suerte de autocompromiso con mi mujer. Es uno de esos autores livianos, repletos de lugares comunes y más o menos bien armado que pretenden pasar por escritores serios. Una cosa es un escritor escriba libros en serio, y Padura lo hace, para la muestra unas 20 publicaciones exitosas, y otra que sea un escritor serio que va más allá de la superficie de las cosas. El pobre no puede ver más allá de sus narices porque carece de la profundidad de análisis de, por ejemplo, de la Cuba que pretende analizar más o menos desde la Revolución del 1959 hasta hoy. Lo lamentable es que sólo le interesan las resonancias de un fracaso social, político y económico, y sus efectos: el desabastecimiento de alimentos y medicinas, el empobrecimiento personal, la falta de oportunidades, y un largo etcétera que uno ve en cualquier periódico; pero, no ve el fondo, siempre sentado en una posición cómoda y burguesa. Y para completar el cuadro, como el pobre carece de un verdadero estilo y de una verdadera imaginación, lo que uno ve es materiales (temas, lenguaje, ritmo narrativo) sacados (no es que quiera hacer un ‘homenaje’) principalmente de Hemingway y García Márquez, insoportables al punto que he leído en diagonal, saltando párrafos y páginas. Además de las reiteraciones de lo mismo. Sí, este señor hace libros para vender en serio, no porque sea un escritor serio. Un escritor serio no escribiría tal cantidad de estupideces en tantas páginas inacabables (los mismos cuentecitos caben en 50 p.) ni se copiaría descaradamente de nadie. Pero bueno.
Recordé que había leído hace unos años El hombre que amaba a los perros, y no me pareció malo, era el primer libro suyo que leía por recomendación muy entusiasta del entonces amigo mío Oscar Arcos, aunque vi que le sobraban páginas llenas de desarrollos de personajes secundarios y perdía el foco. Luego leí Adiós a Hemingway, también por recomendación de Arcos y ya entendí que definitivamente era un escritor de segunda que pretende pasar por de primera, como se dice, para sorprender a lectores muy poco informados. Lo siento mucho, morirá siendo de tercera, incluso de cuarta, con este bodrio. Tendría que enmendarse, pero cómo, si no lo ha hecho en esos, casi 20 libros…
En fin, en eso pensaba esta madrugada mientras también me debatía entre levantarme a trabajar y tratar de dormir, a pesar de estar totalmente despabilado. Finalmente decidí que no lo haría porque deseaba descansar, dormir, dormir y dormir. Estuve despierto oyendo la tormenta tropical que debió iniciar hacia las 4.30 y seguí pensando en ese libro idiota, entonces me dormí cuando ya casi clareaba.
Soñé con Juan. Estábamos en un lugar abierto con la familia de mi mujer, me parece, y celebrábamos algo, un almuerzo dominguero o algo así, y de pronto caí en cuenta de que ya eran la 5 pm y Juan tenía que coger un vuelo internacional. Se lo dije, y no se lo tomó en serio sino hasta que le mostré la hora, y se puso bastante preocupado. Resultó que el aeropuerto estaba tan cerca que uno podía carretear la maleta e ir a pie. Él se adelantó, yo seguí detrás jalando la maleta de ruedas. En medio de la gente, encontré el gate en donde debía hacer el check in, pero Juan no estaba en ninguna parte y la fila crecía. Yo estaba de tercero, con su maleta y lo buscaba ansioso de que no alcanzara y el vuelo lo dejara. Cuando llegó afanado me buscó e hice que me viera. Era un niño de 8 años, con la piel muy fina y blanca y el pelo intensamente rubio, los ojos muy brillantes y se veía temeroso.
Antes de entregarle la maleta, me desperté. Eran las 7.27 am y mi mujer ya se había levantado a hacer sus ejercicios.