Memoria 113
02.12.2025 Dar crédito a las palabras. Se supone que cuando hablamos, bien sea en una conversación cotidiana con otras personas o frente a un público, quienes nos escuchan –amigo(a), amante, esposo(a), alguien de la familia, hijo(a), conocido(a), un público, etcétera–, cree a pie juntillas nuestras palabras, pero no es así y viceversa. Soy escéptico de las palabras de los demás, simplemente no las creo, pero sí espero que crean en las mías, sin problema. ¿Por qué? En realidad, el asunto de creer o no en la palabra del otro es algo que proviene de la ética, porque es la ética la que dota de autoridad una voz que pretende ser verosímil, creíble, confiable.
Ser veraz es ser verdadero, que no miente, pues no tiene ninguna necesidad (consciente e inconsciente) de ocultar o demostrar nada. Simplemente la persona veraz se mueve de manera natural en un universo ético llano y abierto.
Siempre, de entrada, cuando una persona desconocida habla (no incluyo aquí los escritos de alguien, el tema de lo escrito es otra cosa), me pregunto primero quién es esa persona. Y hasta que no estoy enterado a carta cabal de quién es, no acepto lo que dice, por mucha ‘autoridad’, información y/o mucho sentido común que parezca tener. ¿Quién es esa persona? ¿Qué aspecto tiene, cuál es su lenguaje oral y no-oral? ¿De dónde proviene? ¿Qué formación tiene? ¿Cuál es su o sus ideologías? ¿Cuál es su historia de vida? ¿Cómo se gana la vida? ¿Qué intenciones tiene? Sólo hasta que no he satisfecho todas esas preguntas, y muchas otras conexas, no acepto de buenas a primeras la opinión u opiniones de nadie. ¿Por qué? Se supone que en las conversaciones comunes y corrientes, cotidianas, anodinas, banales, uno no está prevenido y simplemente entra en el juego de conversar, ‘de tener trato habitual de los unos con los otros trayendo o llevando temas o asuntos de manera libre, no deliberada, no planeada’, juego necesarísimo, como afirmo en mi ensayo “El viaje. El libro. El diálogo. La conversación”, para el fortalecimiento de la comunidad y de la sociedad. Pero, ¿siempre he de ser tan quisquilloso con lo que los otros dicen? ¿Me proporciona algún bienestar? Esto, más bien, ¿no me aísla y convierte en un persona prepotente?
La verdad es que en los últimos años sí me he aislado, y a pesar de mi defensa a ultranza de la conversación como elemento indispensable de la cohesión social, yo no la practico, no al menos como cuando era profesor y conversaba con los (las) estudiantes, pero eso dejó de ser durante el años de la pandemia. Lo cual no quiere decir que, si alguien cercano de la comunidad a la pertenezco requiere algo de mí y yo estoy en capacidad de satisfacerle, no lo haga de manera espontánea y sincera, pues lo que no he de hacer por gusto, simplemente no lo hago. Me parece que actuar de esta manera, no solamente es verdadera, sino que podría ser el principio de algún tipo de amistad. La verdadera amistad se basa en la transparencia, en la veracidad y, en últimas, en la ética. Y bueno, eso de convertirme en una persona prepotente, no tiene que ver con mi personalidad, pues cada día trabajo en no imponer mis opiniones a nadie, comenzando con las personas cercanas, ni mucho menos en pretender algo de ellas. Sin embargo, puedo estar equivocado. La imagen que las personas ven de mí, no es necesariamente la misma que proyecto. Aunque no puedo negar que lo mínimo que espero de alguien para conmigo es reciprocidad ética.
Sólo creo (y tampoco ciegamente, es cierto) en un puñado de personas. ‘Creo’, acabo de escribir, pero también desconfío de semejante palabra, que proviene de ‘tener fe’, credere, ‘caer’, y siempre estoy muy prevenido de caer en alguna fe. Todos, todos los humanos hablamos y decimos cosas por alguna razón, porque buscamos o queremos algo del otro, como que ‘crean’ en nosotros, en nuestra palabra y en nuestro actuar. ¿Por qué? Pues porque ‘queremos pertenecer a’ X grupo social o familiar, así de simple. Y cuando reñimos con eso nos auto excluimos, lo que se podría interpretar como un acto de prepotencia. Y, al final, ¿qué sentido tiene hacerlo? Lanzar un grito de independencia es lanzar un alarido de guerra. Falta ver si se tienen los fierros para ganar esa guerra. La guerra de no imponer mis opiniones y no dejar que las opiniones de los otros me afecten.
Por otra parte, alguien podría decir que es totalmente desinteresado(a) en su discurso y en su actuar, pero tal cosa no existe. En tal ‘desinterés’, está la ética y la no ética. Cuando alguien dice que actúa y habla de manera desinteresada, es que simplemente no se conoce o es demasiado naif y hay que desconfiar aún más de esa persona.
También está el hecho de que yo espero algo de la persona con la converso, como sinceridad, como mínimo. Por mi parte, el haber dejado de lado hace muchos años una pasión como la envidia, me ha vacunado contra la necesidad de querer algo de alguien, como la credibilidad, por ejemplo. La credibilidad trae aparejado el respeto (miramiento, admiración, deferencia por su veracidad = ética).
Confiar, que contiene la raíz fides, también significa tener fe, fidelidad, confianza absoluta, de modo que, pesar del uso que se le da en español, como una palabra con menos fuerza de obligatoriedad que creer, su significado casi tiene fuerza de ley.
Confiar, por el momento sólo confío en menos que un puñado de personas.
No ‘confío’, por otro lado, que, usando todas estas notas sueltas y desordenadas tomadas como excusa a mi incapacidad de escribir algo de ficción, pueda escribir un ensayo más o menos presentable como tal.
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A propósito de ficción, como dije arriba, la ficción basa su credibilidad (es un acto de fe de quien lee, de ahí que en los años 1980 se comenzara a hablar de ‘pacto ficcional’), su autoridad narrativa, en la ética del escritor, y es algo que se logra desde la primera palabra y termina en la última. Como dice Coetzee, la autoridad narrativa se gana palabra a palabra, y pone de ejemplos a Dostoievski y a Tolstoi. Ser excelente escritor se basa en la autoridad ética personal, nada más ni nada menos, para escribir algo. El paralelo con la vida real es patente. Perdemos credibilidad con la mentira, simplemente las personas dejan de ‘creer’ en alguien cuando descubren la primera mentira.
Supongo que deberé hacer un ensayo sobre el tema. No sé cuándo.