Leandro Colmenares Rodríguez (Bogotá, 1982). Escritor y docente. Autor de El nombre y el abismo (2025). Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en revistas y espacios culturales independientes. Su trabajo explora la condición humana, la violencia simbólica y las tensiones entre memoria, ética, tecnología y lenguaje.
Ha acompañado procesos de formación literaria y escritura creativa en contextos educativos, donde combina la lectura crítica con el trabajo con jóvenes lectores y escritores. Cree —con cierta terquedad— que la literatura sigue siendo una forma de resistencia al ruido, a la prisa y a la lógica utilitaria.
Luna menguante en Cantinópolis
Leandro Colmenares Rodríguez
“En los libros podemos refugiar nuestros sueños para que no se mueran de frío.”
La lengua de las mariposas
A Luna no le daba ni rabia ni pereza. Simplemente no tenía ganas de caminar por la ciudad ese día. Pero era más que el calor húmedo, más que los buses sin puertas, más que el olor a fritanga mezclado con gasolina. Era todo eso, sí, pero también algo más hondo: una sensación pegajosa de que nada importaba demasiado.
Ya ni se molestaba en quejarse. Iba de la escuela a la casa como quien cruza una calle sin mirar. A veces, mientras caminaba, pensaba que si alguien le preguntara por qué seguía yendo al colegio, no sabría qué responder. “Porque sí”, tal vez. Porque nadie había dicho que podía dejar de ir.
Ese martes, su papá la interceptó en la cocina antes de que saliera:
— Llévalo hoy mismo. Llegó un aviso. Si no lo entregamos, hay multa.
— ¿Por ese libro viejo?
— Del abuelo. A él le gustaba leer en papel.
— ¿Y dónde está la biblioteca?
Por la Séptima, frente al punto de recarga. Anda, que yo no tengo tiempo para esas vainas.
El libro llevaba días sobre la mesa. Nadie lo tocaba, cual reliquia maldita. Un ejemplar de tapa blanda, gastado en los bordes, con una etiqueta amarilla en el lomo: “Biblioteca Pública Distrital – Sede Central.”
Luna lo miró con fastidio. Nunca había entendido qué tenía su abuelo con esos libros viejos. Siempre creía que uno podía encontrar en ellos “respuestas”. A qué, nunca lo dijo. En su casa había una caja llena de libros suyos, todos con olor a polvo y subrayados con letra temblorosa. A veces los abría al azar, esperando que dijeran algo. Nunca lo hacían.
Ese en particular olía a él. Un olor seco, entre loción y metal. Lo metió al bolso sin decir nada. No por respeto. Por obligación. Si era por ella, todos esos libros podrían irse directo al reciclaje.
Después de la jornada escolar, salió con el uniforme arrugado, los audífonos descargados y la mente apagada. Caminó entre calles donde todo era bulla: parlantes colgados de los postes, vallenatos feroces, voces chillando ofertas. Hasta las panaderías tenían DJ. En una esquina, un vendedor de zapatos gritaba promociones con micrófono y autotune.
Un niño pateaba una tapa de cerveza mientras su madre bailaba, botella en mano, frente a un bafle gigante.
Cantinópolis no era una ciudad ruidosa. Era ruido hecho ciudad. Y ella no sabía si lo odiaba, o si ya se le había metido tan adentro que ni lo notaba.
Cuando llegó a la dirección que le dieron, pensó que se había equivocado. El edificio era gris, sin avisos, sin logos. Vidrios sucios, puertas de madera mal cerradas.
Luna entró.
El silencio fue tan repentino que no supo si el mundo había dejado de sonar o si, de algún modo, sus oídos se habían cerrado. Por un instante, pensó que se había quedado sorda. Solo entonces notó que su dolor de cabeza —ese zumbido constante con el que convivía desde hacía semanas— se había desvanecido, como arrastrado por el umbral.
No era un silencio muerto. Era espeso. Lleno de presencia.
Los estantes se alzaban igual que árboles antiguos, y el aire olía a papel dormido. Cada paso suyo parecía más leve. Daba la sensación de que dentro de ese lugar las cosas tuvieran menos peso.
El aire tenía un olor seco, entre papel guardado y electricidad vieja. Un cartel, colgado sobre la recepción, decía: “Último día de atención. Adiós y gracias.”
Luna se quedó quieta, sin saber qué hacer. El libro parecía haber ganado peso. Dio dos pasos tímidos hacia una especie de recepción. Entonces lo vio. Salió por una puerta lateral, limpiándose las manos con un paño. Era alto, robusto. Con la cabeza afeitada, la barba espesa salpicada de canas. Vestía una camiseta oscura y los brazos tatuados. Luna se sintió inmediatamente despavorida, quiso salir corriendo. Pero sus ojos eran tranquilos. Y cuando la vio, sonrió.
No con esa sonrisa forzada de los adultos que ven a una joven en un lugar “inusual”, sino la de quien, por un instante, se alegra de estar equivocado.
— Vaya —dijo con voz baja, cálida—. No es común ver estudiantes por aquí. ¿Vienes a dejar algo?
Ella asintió, sacando el libro del bolso.
— De parte de mi papá. Era de mi abuelo.
— Los justos, de Camus. Tu abuelo es don Jaime. No vino la semana pasada, es la primera vez que falla.
— Sí, mi abuelito se llamaba Jaime Pérez. Murió el viernes en la noche.
El gesto del bibliotecario se le aflojó, como si algo se descolgara dentro.
— Lo siento. Era un lector silencioso, pero constante. De esos que uno aprende a extrañar sin darse cuenta. Últimamente leía y releía este libro. Por más que le pedí que no rayara sobre los márgenes lo hacía. Supongo que ya lo había hecho suyo.
Luna no respondió. El hombre tomó el libro con ambas manos. Lo sostuvo un instante antes de ponerlo con cuidado sobre el mostrador.
— ¿Ustedes enviaron el mensaje? —se animó a preguntar Luna.
— Lo envía el sistema. Notifica sin preguntar. Está recogiendo todos los libros de la red de bibliotecas y usa un tono muy amenazante.
— Mi papá pensó que habría multa.
— Hay cosas peores que una multa —dijo él, con una sonrisa triste.
— Luna miró alrededor.
— ¿Siempre está así de… callado?
Él asintió, pero no de inmediato.
— Sí. Pero antes era otro tipo de silencio.
— ¿Cómo así?
— No era este vacío. Antes era un silencio vivo. El de la gente que piensa mientras pasa la página. El de un niño que contiene la respiración porque algo está por pasar. El de los que escribían en los márgenes como tu abuelo.
Hizo una pausa.
— Este lugar tenía un ruido que no se oía, pero se sentía. El mismo que el de una iglesia cuando nadie reza, pero todos creen.
Luna se quedó en silencio, y de pronto entendió que ese espacio no estaba vacío. Solo estaba esperando algo.
— ¿Puedo irme ya?
— Claro, en un momento paso el código por el escáner y listo, otra maravilla para la hoguera.
— ¿Hoguera?
— Si te apetece, también puedes quedarte un rato y te cuento. Si quieres te muestro la biblioteca, es la última y hoy cerramos para siempre.
Ella dudó. Miró hacia la puerta. Afuera, Cantinópolis seguía gritando. Adentro, el aire tenía otra temperatura. Entró un poco más.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó él, mientras caminaban entre los estantes.
— Luna.
— Lindo nombre. Antes venían más niñas con nombres así: una vez conocía a una María del Mar, y otra a una Fernanda del Sol.
— Lo escogió mi abuelo. Mamá no pudo negarse.
No sabía por qué, pero ese hombre extraño le inspiraba algo que no sentía desde hacía mucho: curiosidad y confianza.
— ¿Y tú?
— Mi nombre es algo menos interesante, pero me gusta que me llamen Leo.
Caminaron en silencio unos segundos. Él la guiaba con paso lento, como quien acompaña a alguien por su propia casa justo antes de apagar la luz para siempre. El lugar estaba medio vacío. Algunos estantes tenían libros, otros solo polvo. Había rincones en los que el sol entraba filtrado, como si aún no se hubiera enterado de que ya no había lectores allí.
— ¿Todo esto lo van a cerrar?
— Sí, como te dije hoy es el último día. A medianoche se corta el acceso. Mañana vienen a hacer inventario y recoger.
— ¿Y los libros?
Leo la miró. No con tristeza, sino con algo más seco.
— Tengo entendido que algunos van a reciclaje. Papel sanitario, embalajes, cosas así. Otros… bueno, otros ya son muy viejos, los van a usar para generar energía.
Luna frunció el ceño.
— O sea quemarlos. ¿Y no pueden donarlos? ¿A alguien? ¿A otra ciudad?
— Nadie los quiere. Los niños ya no aprenden a leer con libros. Se usa una plataforma interactiva. Y los adultos creen que escuchar un resumen con voz artificial es lo mismo que leer un texto.
Hizo una pausa breve.
— Tener libros impresos ahora es casi un crimen ecológico. Consume papel, espacio, polvo. Dicen que no son “sostenibles”. Pero dejando de lado sus justificaciones, te confieso que a mí nunca me gustaron los libros digitales. Cuando se quema un libro hay un testimonio, el fuego que arde, el humo que se eleva. Para que desaparezca un libro digital basta con un clic.
Se detuvo frente a una mesa.
— Aquí se sentaba tu abuelo.
Luna miró la silla de madera. Había marcas de tazas en la superficie.
— ¿Venía mucho?
— Cada semana. Leía, a veces no decía ni una palabra. Otras veces… hablábamos. Poco.
Suspiró.
— Una vez me trajo una galleta que había hecho él mismo. Sabía horrible, pero no tuve corazón para decírselo.
Ella sonrió, más suave esta vez. Leo la miró de reojo, como si notara algo que no iba a decir en voz alta.
— ¿Y tú? ¿Lees?
— No mucho. En el colegio nos hacen leer cosas. Pero eso no cuenta, ¿cierto?
— Depende. Si lo haces por obligación, no. Alguien hace muchos años dijo que la lectura debería ser como el amor. Si lo haces por obligación, simplemente no funciona.
— ¿Quién?
— Otro bibliotecario.
Silencio. No incómodo, sino denso. Como si las palabras dichas se hubieran quedado flotando entre los estantes.
— ¿Y estos bibliotecarios no intentaron resistirse a esto?
La pregunta salió de Luna sin pensarlo demasiado.
— Claro que sí —dijo Leo—. Pero resistir no es tan épico como lo pintan. A veces es solo mudarse. A veces es no decir nada.
Estaban caminando junto a una hilera de estantes casi vacíos. El polvo caía con lentitud. Leo hablaba mientras ordenaba algunos libros que había dejado sobre una mesa.
— Hubo un intento de reunión. Lo llamaban “El Aleph”. No éramos muchos: un par de profesores, algunos escritores, un exsacerdote, gente así. No se trataba de rescatar bibliotecas ni hacer museos. Solo querían pensar sin bulla.
— ¿Y qué pasó?
— Eso no dura mucho. Siempre hay drones, escuchas, filtros. Se tuvo que pensar en otra cosa.
— ¿Qué?
Él no respondió. Solo se encogió de hombros con una media sonrisa, como si no fuera tan importante la respuesta.
Luna se distrajo.
Algo en un estante bajo llamó su atención: un libro ancho, con portada roja y letras doradas: La conquista del pan. Lo sacó con cuidado. Lo hojeó por un rato. No entendía por qué alguien pasaría horas leyendo eso. No lo juzgaba, simplemente no lo comprendía.
Leo había desaparecido un momento. Al verla entretenida, regresó en silencio. Iba a pasar de largo, para no molestarla, pero ella lo notó.
— No hay problema —dijo—. No lo entiendo.
Él se detuvo. Sonrió.
— Ese libro lo pedía siempre un señor que era profesor de primaria. Lo leía como si fuera poesía.
Ella rio. Cerró el libro.
— No sé cómo entienden esto.
Leo tomó el libro con delicadeza. Lo devolvió al estante, acariciando el lomo como si fuera un objeto vivo.
— Te entiendo. No todos los libros son para cualquiera. Sin embargo, cada uno espera a alguien. Dame unos segundos.
Y sin decir más, salió casi corriendo por uno de los pasillos. Al volver tenía un libro en la mano, con la portada ajada y los bordes desgastados. Se lo entregó sin ceremonia.
— Toma. Prueba con este.
Cuando Leo le tendió el libro —una historia sobre una gaviota y un gato— lo tomó con desconfianza. Pensó que no duraría ni dos páginas, pero algo en la forma en que él se lo entregó, sin expectativa alguna, le hizo abrirlo.
Y entonces pasó.
No lo notó de inmediato. Al principio solo sintió que las palabras no le costaban. Entraban. Fluían. Como si el libro se leyera solo y ella apenas lo oyera desde adentro.
Leyó una página. Luego otra.
Las frases no sonaban en su cabeza: parecían deslizarse por el aire, como si alguien más las susurrara muy cerca, pero sin voz. El papel no crujía. No había interferencia. Solo una quietud densa, tibia, antigua. La luz que entraba por las ventanas caía en haces oblicuos, y el polvo flotaba como si bailara entre letras invisibles.
Por primera vez en mucho tiempo, Luna no pensó en nada. No recordó tareas, ni ruidos, ni obligaciones. Solo leía. Y al hacerlo, empezó a desaparecer lo demás.
La ciudad seguía allá afuera, rugiendo como una bestia encadenada. Pero ya no entraba.
A su alrededor, los ancianos se habían empezado a mover. Uno a uno, se acercaban a la recepción. Algunos dejaban cuadernos. Otros se despedían sin palabras. Pero Luna no los veía del todo. Ella estaba en un tejado, con un gato negro, enseñando a volar a una gaviota herida.
Y en ese lugar —ese libro— nada le exigía. Nada le dolía. Nada gritaba.
Leo los recibía con la misma sonrisa: amable, firme, sin fisuras. No era que no le doliera. Era que no quería sumarle más tristeza al final.
Luna cerró el libro justo cuando quedó sola. Él se acercó.
— ¿Terminaste?
— Sí. No pensé que me fuera a gustar tanto.
— Tu abuelo lloró leyéndolo. No me lo dijo, pero sus ojos sí.
Ella lo miró, sin saber qué decir. Y él se animó a preguntar:
— ¿Te acompaño a casa?
— ¿No tienes que quedarte?
— No queda nada que cuidar.
Salieron juntos. Y afuera, el mundo volvió a gritar.
Las primeras cuadras fueron un golpe de realidad. Había olor a carne quemada, música empastada por parlantes rotos, voces que no conversaban sino se empujaban a gritos.
— Siempre hay fiesta —dijo Luna, esquivando un charco donde alguien había vomitado junto a una bolsa de hielo.
— No es fiesta. Es costumbre.
— ¿De qué?
— De no escucharse.
En una esquina, un auto tenía dos parlantes gigantes atornillados al baúl. Emitía una canción con más bajos que melodía. Junto a él, otro vehículo competía con vallenato distorsionado. Las puertas abiertas dejaban ver a tres hombres bailando sin ritmo, con botellas de aguardiente como cetros.
— Compiten por quién hace más ruido —dijo Leo.
— ¿Y quién gana?
— Nadie. Solo se quedan sordos.
Siguieron caminando.
Una mujer ebria se tropezó con Leo y le gritó “más respeto con los senadores del pueblo progre mugroso”, sin razón alguna.
— ¿Siempre ha sido así? —preguntó Luna.
— No. Papá me contaba que esto en tiempos antiguos era una ciudad muy tranquila.
— Siempre me pregunto por qué la ley no interviene.
— Quizás porque aquí las leyes tienen volumen: las más ruidosas se imponen. Lo que no se grita, no existe.
Subieron por una calle empinada. Fue entonces que Leo miró al cielo.
— Mira —dijo.
La luna estaba menguante. Esa forma de sonrisa torcida que parece una boca sarcástica o una cuchillada elegante.
— ¿La ves?
— Sí.
— Es buena señal. Dos lunas sonrientes para despedirme de Cantinópolis.
— ¿Te vas?
— Sí. Hoy. Esta noche. Antes del amanecer.
— ¿Y a dónde?
— A donde aún hay silencio.
Ella calló. Leo también. Caminaron unos pasos más.
— ¿Y te llevas algún libro? —preguntó Luna.
— Uno. Pero no lo llevo en la mochila.
Ella lo miró de reojo.
— ¿Entonces?
Leo sonrió con esa mezcla suya de ternura y cansancio. Se tocó la sien, luego el pecho, finalmente la boca.
— Lo memoricé hace años. Página por página. Lo llevaba conmigo… cuando aún usaba uniforme.
Luna arqueó una ceja. Mientras caminaban, Leo se arremangó sin notarlo. En su antebrazo, Luna alcanzó a leer algo grabado en tinta vieja: 18-24-OR. No preguntó qué significaba. Pero lo supo.
— ¿Allá también leías? —dijo, en voz más baja.
Leo asintió, sin mirarla.
— En el estrecho de Ormuz. Cuando se podía. Ese libro era lo único que quedaba sin ruido. A veces lo leía en voz alta para los otros. Les ayudaba a dormir… o a no enloquecer del todo.
Guardó silencio un instante.
— Cuando todo terminó y logré volver, lo devolví. Pero me pareció que en una biblioteca aún podía guardarse algo de lo que habíamos perdido. Hice cuanto pude por conseguir este puesto. Y desde entonces, he leído ese libro tantas veces que ya no lo leo. Lo recuerdo. No puedo olvidarlo. Ni quiero.
— ¿Por qué?
Leo la miró con una dulzura inesperada.
— Porque un libro no grita. No manda. Es un territorio de paz en un mundo roto.
Ella no preguntó más. Siguieron caminando en silencio, mientras la luna los miraba con su sonrisa curva. Luna se detuvo frente a un portón.
— ¿Aquí vives?
Luna asintió. No quería entrar todavía.
— ¿Lo dirás?
— ¿Qué?
— El libro. ¿Recitarás algo?
Leo la miró. Solo un segundo. Y entonces habló.
No supo en qué momento Leo dejó de hablar. Ni cuándo exactamente se despidió. Solo recuerda que, después de recitar aquel fragmento, le sonrió sin decir palabra, puso una mano sobre su hombro —con una delicadeza que no parecía venir de este mundo— y se alejó caminando calle abajo, hacia el lugar donde el ruido se hace más espeso.
Luna entró a casa. No dijo nada. Nadie preguntó. Subió a su habitación. Cerró la puerta. Se quitó los zapatos. Se sentó en la cama. Cantinópolis seguía retumbando al otro lado de la ventana. Voces, risas rotas, música que ya no era música. Ruido. Solo ruido.
Y en medio de ese estruendo, recordó. No todo. Solo esa frase. Como si no la hubiera escuchado, sino que hubiera nacido con ella. Cerró los ojos. Y repitió, en voz baja, casi rezando. Al principio le costó, pero poco a poco lo fue recordando, murmurando, diciéndolo: “Algún día, la carga que llevamos con nosotros puede ayudar a alguien. Y cuando nos pregunten qué hacemos, podremos decir: estamos recordando. Así es como venceremos, a la larga.”
Y aunque no supo si era su voz o la de Leo la que repetía las palabras, entendió que ya no importaba. Porque al recordarlas, las hacía suyas. Y al hacerlas suyas, no se apagarían.
Luna se acercó a la ventana. Afuera, Cantinópolis seguía ardiendo en ruido.
Buscó a Leo entre las sombras, pero solo encontró el rastro de sus palabras flotando en el aire caliente de la noche.
Entonces miró hacia arriba.
La luna menguante colgaba entre cables eléctricos, su sonrisa torcida hecha de cicatrices celestes. Hacia abajo, en el charco de la acera, una segunda luna bailaba sobre aceite y espuma, deformándose cada vez que pasaba un auto.
Fue al apoyar la frente contra el vidrio que lo descubrió: su propio reflejo —pálido, transparente— se fundía con los otros dos astros. Tres lunas ahora existían:
La del cielo (lejana, indiferente).
La del charco (rota, efímera).
Y esta: la de su aliento empañando el cristal, borrando por un instante, tanto el ruido como las estrellas.