Memoria 84
16.10.2024 Cambios. Madrugar. Hoy nos hemos levantado sobre las 7.15 de la mañana, antes mi mujer se levantaba a las cinco y yo a las seis. Anoche dijo mi mujer que se iba a levantar un poco más temprano para hacer estiramientos, luego iba a recoger a Mimi, su hermana, para ir a la finca en donde hablaría con los empleados. Le dije que hiciera lo que quisiera, el todo es no me hiciera madrugar. No le veía y nunca le visto ningún sentido hacerlo. No por madrugar íbamos a hacer más ni mejor las cosas. Tampoco íbamos a honrar ningún mandamiento de auto explotación cristiano/capitalista salvaje o de producción consumista. No por madrugar, íbamos a dejar de sentir alguna culpa por el derecho al descanso, al descanso no programado, sino hasta que el cuerpo realmente se recupere de las labores del día, y mi día de ayer fue bastante intenso para el promedio. Mis días suceden no de manera aditiva, al estilo de sumar un día con otro para cumplir con obligaciones impuestas y auto impuestas, acabar rápido y llegar al fin de semana deseado para tener ‘derecho’ a una especie de tiempo no regulado por alguna corporación o sus delegados. Desde ahora mi mujer tiene tiempo propio, un tiempo en el que no le rinde cuentas nada a nadie, ni siquiera a mí, pues al hacerlo, le dije, al intentar complacerme se negaba a sí misma y nuestra relación se iba a deteriorar. Más o menos eso le dije, no como lo acabo de escribir, con tono de sermón insufrible, sino de un modo más blando y amoroso, pues nadie como ella es sensible a las lecciones y al tono didáctico y aleccionador. Dijo que no quería anquilosarse ni adoptar un ritmo morrongo, deseaba tener sus propias rutinas, e insinuó que una de ellas era levantarse temprano. Respondí que tenía que destruir la mentalidad de las rutinas impuestas por el mundo del trabajo, lo que implicaba destruir la programación que dicta u ordena los tiempos establecidos para el trabajo diario, el descanso y el ocio.
Mi mujer puso cara de que yo decía cosas muy ciertas y justas. Pero la verdad es que ella tiene una personalidad y carácter bien definidos y ya la veré en unos días levantándose temprano a hacer sus ejercicios de pilates, que es lo que le gusta, y hará a su ritmo sus cosas, oyendo (no escuchando) como un zumbido lejano mis palabras.
Esta mañana seguí con el tema, pero para mí, no para ella. Había sido suficiente anoche mientras ella bebía un par de copas de vino, esta vez un Marqués de Riscal rosé, y yo un par de shots de whisky. ¿Madrugar? ¿Para qué madrugar? ¿Para ver el nacimiento día y sentir la frescura de la mañana temprana y el cantar de pajaritos (pajaritos que ya no hay)? ¿Para abrir la cortina y ver, en medio del gris del amanecer, al menos desde el 8avo piso donde está este apartamento, la masa espantosamente desigual en tamaño y estilo de edificios y casas, algunos con la luz prendida porque hay gente que sí madruga, y mucho? Se trata de una aglomeración de edificios tan fea y caótica, y por ser caótica y de bizarra arquitectura, tal conjunto ofrece un paisaje arquitectónico mugroso por lo ordinario de los materiales y las pretensiones de los arquitectos que han querido destacar por sobre los demás, pero han acabado construyendo esperpentos. Todo es tan desigual e intensamente feo y abigarrado de espacios habitacionales, de trabajo y de negocio, que uno tiene que preguntarse cómo hace la gente para vivir una encima de otra de manera tan obscena, en medio de ladrillos sucios, cemento y ventanería de mal gusto. Incluso hay casas pretenciosas con techitos a dos aguas despintados de marrón cuyas tejas han sido reemplazadas por ventanas de vidrio, al lado de edificios que han sido elevados con estructuras de ladrillo amarillo y ventanas rigurosamente rectangulares de tres torres todas de tamaño y ordenamiento indefinido, como tres cubos de Rubick, uno más o menos encima del otro, desorientados en la plastilina urbana. En tal desorientación vociferan en el todo el sector su presencia imponente por lo revuelta, grande y pesada y desagradable. Pero, eso sí, el sector dueño de un estilo: aquello que refleja con absoluta precisión la falta de educación del colombiano. No porque se pase por una universidad a estudiar arquitectura o alguna otra carrera profesional, no necesariamente tal ‘profesional’ es una persona educada.
¿Madrugar para ver eso? ¿Qué paz, cuál contemplación del amanecer sobre semejante naturaleza más que muerta y desahuciada? Habría que alzar la cabeza y dirigir la vista, por encima de otra masa espantosa de cemento y ladrillo a los Cerros orientales. Puede ser. Pero los cerros sólo ofrecen una porción limitada de mundo natural no tan corrompido por el hombre. ¿Y si uno mira al cielo? También puede ser. Pero hay que adoptar a los pocos minutos una posición horizontal, por aquello de evitar una tortícolis. ¿Y si uno cierra los ojos y piensa en la tranquilidad de un lago, del mar, de un bosque y de los arreboles en el cielo? Es lo deseable, pero hay que tener una mente poderosa para abstraerse por completo durante largos minutos y entonces ya no hay ninguna comunión con el entorno, sino aislamiento derivado del repudio, del rechazo al entorno que vendría a competir con tal contemplación, y al final no sería más que un ejercicio solipsista…
¿Madrugar? No, ya no hago eso, y a partir de hoy mismo, espero no volver a hacerlo jamás. No sé si lo haga cuando en pocos días (el 28 de este mes, se supone) mi mujer y yo nos vayamos a Medellín y encontremos allí un sitio tal que permita una verdadera comunión natural matutina. Aunque no sé. Lo siento mucho por las personas que día a día recorren los recovecos o calles en las que está ‘ordenada’ la masa odiosa de cemento y ladrillo y smog, allá abajo, sobre un asfalto sucio, roto, desnivelado en todas partes por la que circulan vehículos de toda clase a excesiva velocidad, en especial motocicletas y bicicletas con motorcito ensordecedor de dos tiempos cuyos conductores con cachucha al revés que se suben en los andenes a toda máquina para evitar los tacos y llegar rápidamente a destino. ¡Y esto es estrato 5! Andenes por los que el peatón no puede caminar no sólo por temor a ser robado, maltratado o atropellado, sino porque han sido destruidos por partes, y sólo unas pequeñas secciones están buenas, pero son usadas para poner canecas de basura que siempre están desbordadas o muy escarbadas por los recicladores, que, se ve, odian a los ‘ricos’ y dejan solo inmundicias.
Pero, ¿es solamente por este sector? No. Toda la ciudad es así, donde vivíamos antes era lo mismo. Desorden masivo, deterioro del espacio público, basura a donde se mire, los árboles y arbustos desgradado en trincheras de indigentes y limpiavidrios, perros vagabundos y de apartamento que dejan su mierda en los andenes, smog y chacos de barro, y un insufrible etcétera. No, no quiero madrugar a ver eso. Y en Medellín, ¿tendremos la dicha de que nos despierten los pajaritos y de abrir el ojo y ver algo de naturaleza no degradada por la desidia de la alcaldía y los indigentes de los que nadie se ocupa?
Este es mi país, le he dicho a mi mujer desde hace bastante tiempo, sobre todo cuando se me sale la repulsa por el entorno. El país es así: desordenado, sucio, irregular, dueño del no erradicado jamás estilo inculto, sin ninguna disciplina, en donde todas la personas −como en donde no hay educación ni autoridad− hacen lo que quieren, son indolentes y sucias, pues el colombiano, en general, es indolente y amigo del atajo en todos los órdenes de la vida. Antes de una entrevista, hace años, que me hizo el director de la emisora de U. Javeriana, le pregunté por qué las programación, desde hacía bastantes años, siempre era la misma. Si funciona bien así, ¿por qué la voy a cambiar?, respondió. Esa es nuestra pobre mentalidad, ¿qué le vamos a hacer?
Estos días le dije a mi mujer que había decidido ser feliz. ¿Cómo serlo si donde uno se encuentre sólo hay caos, indolencia y ventajismo?