Memoria 83
11.10.2024. Estado de ánimo. En contraste con ayer, hoy es un día luminoso. Hay claridad en el aire. Las nubecillas, como difuminadas, casi como un velo que adorna el cuerpo del cielo, dejan ver el azul del trópico aquí, en la sabana, a algo más de 2.600 msm. Los cerros orientales son moldeados por sombras. Hace un momento, mientras desayunábamos, le dije a mi mujer que he decidido ser feliz. Se volvió hacia mí un poco sorprendida y me preguntó que qué iba a hacer, y se refería a ‘hacer algo material’. Le contesté que la iba a tener ahora para mí solo las 24h del día, y sé que eso le gustó, pero quería oír más, pues ella sabe que siempre ando escrutando las cosas y porque quería escuchar mi fórmula mágica para ser feliz. Le dije entonces, casi, casi sin pensarlo mucho, pues en realidad cuando dije que de ahora en adelante quería ser feliz, pues fue algo espontáneo, algo que ha venido sucediendo desde hace un tiempo, y quizá también porque el día estaba brillante, porque ella mientras se duchaba con poquitos de agua por lo del racionamiento había puesto música de Conrad Friedrich, que me gustaba mucho y la escuchaba de lejos, en la cocina. Mientras preparaba lo del desayuno, le dije pensándolo más a fondo: no sentir culpa, no quiero volver a sentir culpa. ¿Culpa de qué?, se apresuró a preguntar. De todo, dije improvisando porque no tenía realmente ninguna respuesta. Sí, bueno, de qué no sentir culpa, insistió. Pues de todo, como de tener que cumplirle a nadie, ni a mí mismo. Y seguimos desayunando. Ella reflexionó, y de pronto dijo. Uno tiene que vivir una vida cada vez más sofisticada. Como este café. Este café (ya iba más debajo de la mitad del mug de vidrio) tiene crema. Un café así debe tener crema. Si no la tuviera, bueno, por el momento no importa, pero uno sabe que el próximo hay que hacerlo mejor. Lo dijo muy en serio. Le dije que lo escribiera. ¡No me voy a poner a escribir sobre eso!, saltó. No, le respondí. Escribes la palabra ‘sofisticación’ en un papelito y lo guardas en el bolsillo para que cuando lo encuentres te acuerdes.
Cuando se levantó de mesa vestida para ir a pilates, se calzó las medias de lana en los pies fríos, medias en las que se había sentado para calentarlas. Mañosa, le dije, se sonrió. Yo me quedé un momento en la mesa escuchando la música de Friedrich para clavicémbalo y pensé en por qué me gustaba tanto esa música precisamente. Me dije que era la pureza de la composición y del instrumento que era tocado por placer, alegría de estar ahí y sentimiento, un sentimiento y una emoción profundas de vivir y de sentir lo inefable e indescriptible, que es esa música. Una música escrita hace más o menos 300 años llegaba a mí y arrancaba de mí el deseo de ser feliz. ¿Y el día luminoso? También, también ejercía su influencia y hacía brotar en mí el deseo de ser feliz. ¿Y haber dormido profundamente? También. ¿Y sentirme contento con mi mujer en la cama, que hoy precisamente se sentía presionada (culpable) por sí misma por dejar su puesto de trabajo en orden pues lo tiene que entregar el martes −día que se pensiona− y está colgada? También. Tengo una pereza infinita de levantarme, dijo. Tienes derecho a no hacer nada después de 24 años de látigo. No quiero que la desidia me gane, dijo. Confundes piñas con cebollas cabezonas. Una cosa es tener derecho a un tiempo propio, para sí mismo y al ocio, y otra volverse una persona indolente. Se dio vuelta y la abracé. Seguimos hablando, y de pronto le quité los edredones. Mientras ella se quejaba de mi brusquedad cogió la almohada a guerra de almohadas y me dio risa.