Memoria 116

Memoria 116

 

06.01.2026 Decir mentiras. ¿Por qué es imposible decir siempre la verdad? ¿Cuál verdad? Un principio fundamental del psicoanálisis es que el analista, a lo largo de largas y complejas sesiones, guía al paciente a reconstruir su vida. Se supone que el paciente poco a poco desarrolla una versión de sí mismo (su verdad) con las fortalezas suficientes como para que pueda vivir, trabajar, conversar, sonreír, llorar, gozar, ser y estar de manera tranquila habiendo elaborado (comprendido, racionalizado, aceptado) hechos dolorosos y/o inquietantes que no le dejaban vivir en paz, y así vivir el día a día de la mejor manera posible. Es decir, en el psicoanálisis el o la paciente elabora una sólida versión de sí mismo o de sí misma

Pero, en últimas, ¿no es esto lo que hacemos en general todos los seres humanos a lo largo de nuestra vida sin recurrir nunca a ningún analista? Todos los seres humanos, sin excepción, necesitamos crear una imagen (una versión) que sea aceptada tanto por las personas cercanas (familia, amigos) como por personas conocidas (vecinos, compañeros de trabajo), e incluso por personas que jamás conoceremos, que son aquellas, en mi caso, las que leen mis libros y mis escritos. De manera consciente e inconsciente, desarrollamos una versión de nosotros mismos frente a los demás, aunque eso no significa necesariamente que la imagen que proyectamos sea exactamente la que los demás decodifican y comprenden. 

En una conversación cotidiana, común, ‘inofensiva’, como la que tenemos con algún familiar, no siempre revelamos lo que tenemos en mente. Es más, ocultamos información sensible o que consideramos anodina (sobre lo que hemos hecho o haremos en tal o cual ocasión: nuestro deseo de hablar o no con alguien, nuestro parecer sobre algún asunto, etcétera). Pero, ¿ocultar o reservarse a propósito información sobre algo a alguien es mentir? ¿Qué límites hay entre la mentira y la reserva, o mejor, entre la discreción, la privacidad y la infidencia? 

¿Miento o me reservo si le digo a una persona una mentira para no herirla? Por ejemplo, si una persona de manera abierta, como se dice coloquialmente, me ‘echa cuentos’ sobre un producto que me quiere vender y no quiero ese producto porque no me interesa, es malo o es demasiado costoso. No estoy mintiendo a propósito: quien lo hace quiere sacar alguna ventaja: socavar. En mi caso, al reservarme de aceptar lo que yo no quiero, me protejo, y protejo mi billetera. Por lo demás es una situación de casi todos los días y es una dinámica o costumbre comercial aceptada.

Por el contrario, ser infidente no sólo es un defecto casi imperdonable de la personalidad, sino una forma de ocultar lo más íntimo a los demás; es decir, de mentir. El infidente oculta algo de sí –generalmente que miente con frecuencia–, y, al mismo tiempo quiere dar la impresión de que es totalmente sincero (a) y/o abierto (a), lo que es un imposible. Por otro lado, el infidente es una persona indiscreta, torpe, que no conoce límites entre lo que es la vida privada y la vida pública. En sentido estricto, la infidencia es una violación de la confianza, de la fe depositada en otra persona: fides, del latín, fe (en el otro). 

La mentira, en sí, no es buena. La discreción y la privacidad, sí lo son. Ser discreto significa que sabe esperar el momento adecuado (no siempre tiene lugar) para revelar algo, si es que hay que revelarlo. Como es común en mundo moderno, se ha convertido en una herramienta del marketing y la publicidad la indiscreción, el desparpajo, la infidencia, la falta de respeto por la privacidad, pues genera morbo y todo el morbo produce dividendos.

Lo publicitario sólo tiene un fin mercadológico: generar una tendencia, vender extensivamente la esencia de esa tendencia, su ideología, pues en sí, la publicidad no es un producto, genera productos para el consumo directo e indirecto. 

Pero bueno, aquí la publicidad no es el tema. 

¿Tenemos siempre que poner nuestra vida como un ‘libro abierto’, por ejemplo, a las personas del círculo íntimo? Claro que no. Basta con que respetemos los límites y seamos honestos y confiables, nada más. Sería impensable, por ejemplo, que la vida de mi mujer fuese completamente accesible para mí, y viceversa. Hay mucho de la vida privada de mi mujer de lo que yo a duras penas tengo idea, y tampoco quiero saber más. Y viceversa. Estar completamente abierto a alguien tiene tanto de ancho como de largo, pues es relativo. En principio, yo soy completamente abierto a ella, y viceversa, pero, por mi parte, guardo secretos que jamás le revelaré, ni a ella ni a mi hijo, por ejemplo. No veo el por qué ni el para qué ni qué sentido tendría. 

¿Eso me convierte en mentiroso? No. Me convierte en una persona prudente que no ve la necesidad de revelar secretos que ya carecen de importancia. Si algo del pasado no afecta el presente, y sí más bien es una especie de ‘lección’ para no volverlo a hacer, y uno simplemente aprende y se fortalece, ¿para qué mencionarlo siquiera? ¿No es mejor palotear menos, ser más reflexivo, sacar menos pecho, ser menos banal, tonto y vanidoso y actuar intentando, en mi caso, cada día ser mejor hombre y mejor persona?

 Sé que mi mujer piensa igual a mí. En ese sentido, somos freudianos, pues cada uno ha elaborado un relato de tal naturaleza con el que puede vivir amorosa y cómodamente con el otro. Si no nos amáramos, ¿podríamos dejar esos pasados dolorosos de lado? 

Sí, se necesita el amor. 

***

Por otra parte, cuando pillamos a alguien en la mentira, por pequeña que sea (mentir es urdir racionalmente un embuste), de inmediato esa persona pierde credibilidad. Es decir, ya no ‘creemos’ ni ‘confiamos’ en ella y nos reservamos contar cualquier cosa. Esa persona deja de ser confiable, e instintivamente la vamos dejando de lado, nos alejamos de ella.

Quien miente y es descubierto, no sólo pierde credibilidad, sino que queda en ridículo. Y, nadie, a menos que se le parezca, quiere estar cerca de una persona desacreditada, poco confiable y ridícula.

La sinceridad es la base de la amistad, nos han dicho Aristóteles, Cicerón y decenas de buenos pensadores más. ¿Es esa la razón por la cual, a lo largo de los años tenemos menos y menos amigos? Hay quienes les sucede lo contrario y con el tiempo tienen más y más amigos o conservan los de siempre ‘perdonando sus mentiras’.  Supongo que esto tiene lugar por la necesidad imperiosa y mutua de tener a alguien que, si bien ante nosotros tiene poca credibilidad, le seguimos tratando más o menos igual porque tenemos más o menos los mismos valores: somos embusteros, y ya. 

No deja de ser inquietante que esto tenga lugar. Sucede mucho en las familias. Personas que no son muy apreciadas pero que se las soporta y se tolera su presencia por razones de conveniencia. Pero, por otro lado, ¿no se supone que el amor filial es superior y hace que uno acepte al otro en su círculo porque sí, porque es de la familia? Y, ¿es amor filial o la tolerancia se trasmuta en hipocresía? 

Si es amor, no importa si es filial o de alguna otra naturaleza, ¿ese amor no debería poner unos límites como ocurre en todos los amores que aspiren a ser sanos y duraderos?

En cualquier caso, en el amor sano y sincero hay nobleza, en la mentira no.

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