Memoria 128

Memoria 128

 

 

26.02.2026 Una conversación. Anoche estuve conversando con Juan. Después de contarme algunas anécdotas de su trabajo y de su vida cotidiana, me habló de la casa que él y su mujer están construyendo y debe estar terminada entre junio y julio, y entonces podrán ir a vivir allí. Habló de los paneles solares de su casa y del tipo de baterías que usan, de tecnología avanzada. Y siguió hablando de tecnología: del curso para manejar drones, del nuevo curso que está haciendo para perfeccionar su conocimiento de las herramientas de IA no sólo para su trabajo sino para sus proyectos propios, etcétera. Estuvimos charlando algo así como hora y media, que es un poco más del promedio semanal de 50 min a una hora. 

Cuando mi mujer me preguntó cómo estaba y le transmití los saludos que él le envió, agregué: volando. Juan está volando: tiene mucho trabajo en la oficina, está tomando cursos, está construyendo una casa, viaja bastante y tiene mil proyectos propios en mente, grandes proyectos. En todo caso, dentro de poco, ya no querrá trabajar para una compañía sino tener una propia. 

De Juan no haber migrado hace 6 años, no estaría volando. Se habría quedado en este país en el que no se vive, se sobrevive. Creo que sería un hombre frustrado que sólo ha podido desarrollar una parte de su potencial y no sería la persona que es: trabajador, estudioso y determinado, con ideas claras y un sentido ético de la vida. De haberse quedado, no viajaría ni tendría los proyectos propios que está desarrollando. Tener una buena casa nueva y un buen carro, una esposa bonita, joven y emprendedora a la que también le gusta la buena vida, un buen empleo y ganas de montar empresa, es algo que lo hace feliz y me hace feliz a mí, pues en ese país encontró su destino, aquí no. Aquí no había otro destino al de sobrevivir. Mientras estuvo en Colombia, si bien intentó por todos los medios tener lo suyo, fue muy poco o casi nada lo que logró en algo menos de 10 años. Ahora, literalmente, es otro: ha madurado, ha crecido personal y profesionalmente, se ha abierto al mundo y se ha insertado con éxito en otra cultura, muy lejos de aquí. En cierto sentido, su destino ha sido extraño, complejo, lleno de altibajos, que lo ha moldeado y ahora lo que veo es a un hombre hecho y derecho que tiene su vida y su futuro en sus manos. Es imposible estar más orgulloso, pues lo que ha logrado ha sido a pulso, solo, con su inteligencia, su sagacidad, su voluntad y sus manos.

Cuando me hablaba de tecnología y de la necesidad de estar al día con lo último no sólo con software sino con hardware avanzados, pensé que, en eso, soy más o menos su polo opuesto. Me gusta mucho este computador y es una flecha, como dicen. Pero, por mi parte, me niego rotundamente a aceptar que esta máquina me ‘corrija’ (¡qué tal! ¡una cosa corrigiéndome!), y mucho menos a entrenar a ningún bot para que haga tareas. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Desde cuándo un ente, una cosa, una máquina programada por ingenieros pretende ser creativa y, en últimas, tararme, embrutecerme para que yo escriba como sus programadores quieren? ¡No, no y no! Ni siquiera en los correos ni en los chats permito que la máquina ‘autocorrija’ una tilde. Conozco muy bien las reglas del idioma. 

Por otro lado, si quisiera, y no quiero por nada del mundo, podría entrenar un agente (una máquina) para que ‘escriba’ los libros por mí, libros que, estoy seguro al menos en un 90%, serían un éxito de ventas. De hacerlo, al yo estar en el lado opuesto de la innovación, que es el del arte y la creación, sería autodestruirme. Cuando aparece en esta muy eficiente y estúpida máquina el avisito en la parte superior de la hoja el ‘copilot’ lo desactivo de inmediato, ya de manera mecánica, antes realmente me fastidiaba y ofendía: es invasivo y manipulador. Ese ‘asistente’, ‘copilot’, no es ni más ni menos una herramienta que intenta apoderarse de mi capacidad de usar el idioma a mi antojo, como yo quiero, no lo que dice la gramática del ‘copilot’. 

Mi trabajo es similar al de los programadores: conocen los códigos (fonemas, palabras, estructuras sintácticas) y los ensamblan con un propósito específico, con una muy bien definida intencionalidad, es lo que yo hago. Personas como Juan, que si bien es un excelente matemático e ingeniero, no sabe programar porque no sabe usar los códigos, cosa que él reconoce, pues no fue formado así y tampoco es su but. Si Juan quisiera irse por el camino de la programación, estoy seguro, se autoformaría y se convertiría en programador, pero eso no le interesa. Sus intereses están en otros proyectos. Lo suyo es usar de manera inteligente y adecuada las herramientas para innovar o facilitar su trabajo tanto en la oficina como en sus proyectos personales. Cosa que yo admiro y me complace: en eso somos igualitos: no necesitamos de nadie para aprender, investigar, imaginar y llevar a cabo, hasta las últimas consecuencias, los proyectos propios, no ajenos. Los ajenos, son ajenos y se acabó la historia. 

Un libro puede ser, en los términos contemporáneos, una caja de herramientas (Foucault), una caja llena de códigos complejos que el lector exigente debe descifrar, armar e interpretar, o una caja llena no de herramientas sino de cositas ya elaboradas (por programadores profesionales) y conocidas con las que el lector se divierte, se distrae y luego deja por ahí o echa a la basura. 

Pd.: Esto último me pasa con ese estúpido libro de Leonardo Padura, Morir en la arena. Si no es porque me lo regaló mi mujer, hace rato lo habría arrojado lejos de mí. Es insoportable de lo pésimo que es. Leer saltando y saltando páginas, no da para más.

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