Memoria 127

Memoria 127

 

 

Indignación. Escribo esta Memoria lleno de impotencia e indignación. Hace unos días las disidencias de las Farc atacaron con cilindros bomba un bus en el que iban civiles, sobre todo mujeres, hombres y niños, 21 personas murieron y otras 45 o más quedaron heridas, en Cajibío, Cauca. En la carretera Panamericana quedó un cráter y destrozado el bus en que viajaban esas personas, además de casi una veintena de vehículos particulares estallados o golpeados por la onda expansiva.  

Días atrás yo había escrito en una de estas Memorias, que, como país, no esperaba que fuéramos a mejorar, al contrario, como están las cosas, estamos empeorando, y claro, le eché la culpa a los gobiernos de los últimos 200 años, que han sido mediocres, andrajosos, ladrones, asesinos y mezquinos, pues ninguno, ninguno de estos gobiernos tuvo jamás la idea de que, si queríamos salir del pensamiento colonialista heredado de los españoles, tenía primero que educar al pueblo, a la gente del común, y en esa dirección, hacer una enorme revolución educativa, y en el centro de esa revolución educativa, educar con valores morales que se heredarían de generación en generación, y, aunado a esto, una alta idea, el ideal de un país capaz de reconocerse a sí mismo y sus valores. Pero no. Nada de esto ha pasado. Cada gobernante que hemos tenido en los últimos 40 años ha hablado de ‘proyecto de nación’. Y la nación sigue en proyecto, sin un gran ideal común. 

Pero no se puede transmitir a otros autoridad moral, altos valores de integridad, sensatez y ética, si no se tienen. En especial este gobierno, como ningún otro, quizá el de Samper que dio ejemplo de cinismo, no los tiene. Al contrario, día a día los pisotea: de ahí la alevosía del ataque en Cajibío.

No hemos sido herederos de grandes ejemplos morales, de grandes propósitos de país, de grandes ideas humanas, culturales, sociales, políticas, científicas, religiosas, laborales, y amor, verdadero amor por la integridad. En la Colombia de los últimos 50 años cada día hay menos integridad. Aunque sí hemos heredado el amor por resolver las diferencias por la fuerza y de manera violenta, un amor banal por el país que no se conoce a sí mismo, que a todo aplica la moral de situación o relativa, y el amor por el dinero fácil. Esa es nuestra herencia y todavía ningún gobierno ha querido entender, aunque lo sabe de sobra –no quiere porque es mezquino–, que si no hay una verdadera revolución educativa, nunca saldremos del agujero en el que estamos. Porque estamos un agujero, ¿o no? O ¿es moco de mico que el Centro de Memoria Histórica haya documentado 2.505 masacres que tuvieron lugar en Colombia entre 1973 y 2008? Unas 100 masacres por año. ¡100 masacres anuales y nadie se indigna de verdad! O bueno sí: las familias, amigos y vecinos que las sufrieron de una u otra y de mil maneras. ¿Y cuántas masacres ha habido –no todas documentadas– entre 2000 y 2026 en el ancho y largo territorio colombiano? Más de 1.500. Con esas cifras tan espeluznantes como escandalosas, uno ve con claridad que no vamos para parte distinta a la de un agujero. 

Se le podrá echar la culpa al proceso de paz del gobierno Santos –personaje que NO defiendo–, pero al menos hizo un esfuerzo por pacificar el país con mucho apoyo internacional, el asunto es que los gobiernos que le sucedieron, no quisieron continuar con tales políticas de pacificación, pues implica trabajar muy duro, ser verdaderos líderes y de manera íntegra, actuar con grandeza conciliadora, política, no politiquera, y aquí estamos viendo los resultados: personas que iban del punto A al punto B fueron asesinadas con un cilindro bomba hechizo. ¡Un cilindro bomba! ¿A quiénes se les ocurrió usar este dispositivo de uso doméstico principalmente, para matar masivamente y aterrorizar? ¡Pues a las Farc! ¡Las Farc se lo inventaron y dejaron esa bonita herencia!: en 2002 la columna Jacobo Arenas lo lanzó con una rampa artesanal a una iglesia de Bojayá (Chocó) en donde murieron más de 100 personas. No, tampoco en ese momento, lo recuerdo bien, nadie de la sociedad civil se indignó ni hizo lo suficiente ante semejante infamia.

Qué ingeniosos y qué recursivos y echaos pa´lante somos los colombianos, ¿no? ¡Una belleza! Y cómo no acordarse uno de los ‘burros bomba’… Claro, usar un cilindro, una bicicleta o un burro es simbólico, pues se envía el mensaje, de que la ‘lucha armada contra los ricos’ no conoce barreras y se libra desde la base social, desde adentro de las casas pobres y desde el campo: el gas del cilindro sirve para cocinar y alimentar a la familia (en la mayoría de los casos las mujeres son las que cocinan), pero también es un arma con la que puedo matar o me pueden matar si no estoy de acuerdo o no colaboro.  

¿No es inaudito? Y bueno, ¿hay alguna diferencia con lo que hicieron los paracos desde la década de 1960 hasta finales de la década de 2000, o sea, durante 50 años? ¿Y qué hacían estos personajes tenebrosos? Pues violar, decapitar, desmembrar con motosierra o machete, incinerar en hornos especialmente importados para cremar, desaparecer a personas, secuestrar y torturar con aterradora sevicia, expropiar semovientes, tierras y otros bienes, etcétera, etcétera. No, no hay ninguna diferencia. El desprecio por la persona y la ferocidad es la misma, sólo cambian un poquitín los métodos: siempre execrables, perpetrados por colombianos a colombianos. Fratricidas, eso es lo que somos. 

Uno sale a la calle aquí, en Medellín, e incluso hace una larga caminata por la ciudad y todo funciona con normalidad: el comercio, la banca, los restaurantes, el sistema de transporte, el mundo de los bienes y de servicios, etcétera. La gente está en lo suyo: hablan por celular, van del punto A al punto B con afancito, a veces lamiendo un helado o comiendo algo de paquete, toma el transporte público o va en carro: todo normal, y anda por las aceras esquivando indiferente a los vendedores ambulantes como si nada estuviera pasado. 

Ah, ¿y cómo qué quiero yo que hagan, es que soy tonto? Supongo no estaría nada mal, por ejemplo, que todo se detuviera durante, pongamos, 21 minutos (el número de personas asesinadas en Cajibío). Tiempo durante el cual nadie sigue en lo suyo sino que alza la voz, sin necesidad de gritar ni de meterse con nadie, y dice al unísono: ¡no puede ser!, ¡rechazamos lo que está sucediendo!, ¡condenamos a los criminales por ser criminales y nunca más tendrán lugar en nuestra sociedad de gente común y trabajadora, pues todos los días salen en los medios de comunicación muy sonrientes!, ¡les vamos a borrar esa sonrisa!, o algo por el estilo. Eso es lo que yo quiero, que haya una sanción social y moral pacíficas, auto organizada, limpia, dolida, sentida por las pérdidas humanas y materiales, que venga del corazón de la gente y diga: ¡aquí me planto, eso no se puede tolerar!, ¡no podemos permitir que se repita!, ¡y cada vez que suceda, nos vamos a detener y a exigir que se detengan!, y que en todo el país la gente común siga su ejemplo, y que todo, todo se paralice cuando estos crímenes suceden.

Pero no. No faltará el me encare y diga con burla: ‘¡oiga!, ¿está despistado? ¡Ya no son tiempos de Gandhi!’

De pronto entro a un negocio, pido un café a uno de esos jóvenes y comento cualquiera de los innumerables hechos violentos de los últimos días, ¿y qué me encuentro? Con que ese joven no sabía. Otro, que sí sabía, lo vio en su celular o en algún noticiero, le parece terrible. La cosa queda como un titular de prensa que es mejor no leer, pues si no se lee, nadie se responsabiliza, mira para otro lado y espera que la cosa pase rápido, y ya, eso que pasa en una vía regional está lejos, no me importa. Hay que seguir en lo que se está.

En la sociedad medellinense, así como en la bogotana, que son las que medianamente conozco, no hay sanción social ni moral que deploren los hechos violentos y de corrupción de los que todos los días nos enteramos, aunque ya por hastío y complacencia no nos queremos enterar. ¿Dónde está la verdadera sanción moral, que más efectiva que la jurídica, a los delincuentes de cuello blanco, a los de uniforme militar y a los del hampa común? Bueno, todos los anteriores son hampa burda, así vayan BMW, Mercedes o Tesla, se paseen por los centros comerciales y vayan a los restaurantes de lujo. Sencillamente no hay repudio ni verdadera indignación. A todo el mundo le puede parecer ‘terrible’ una masacre, un ataque sicarial o que el gobernante que tenemos hable en las redes sociales de su cumpleaños antes que de la masacre de Cajibío, ocurrida el mismo día. O que a los pocos días se invente teorías conspirativas con el ánimo de responsabilizar al partido opositor y así conseguir votos para su candidato a la presidencia, que es mil veces peor que él, pue sí leyó a Marx. ¿No es aberrante? ¿De qué colada del hampa salieron estos personajes que nos gobiernan? ¿Cómo es que sólo un puñado de ciudadanos es que se ofende por tales conductas y tímidamente, no un vozarrón que levante el ánimo de estas multitudes adormecidas por la machacadera diaria de las mentiras? Pero bueno, para saber que los discursos oficiales son un tejemaneje de falsedades, componendas y burlas hay que tener algo de educación, y la gente educada es una minoría, y esa minoría susurra, teme, se esconde.

Pero que a uno y a muchísimas personas esas cosas nos parezcan ‘terribles’, y de verdad nos horroricen, no quiere decir que haya sanción moral masiva y significativa. En esta sociedad se llevaban ya 2 generaciones y media admirando a los que delinquen, consiguen ascenso social, luego son asesinados y convertidos en héroes. Pero si no tenemos grandes y suficientes héroes de verdad, buenos son héroes criminales, ¿no? Así de bien estamos.

El problema es que la sociedad no quiere. No quiere porque no quiere querer. Y no quiere querer porque significa un poco de esfuerzo mental y ninguno religioso, en este departamento especialmente católico, o mejor, rezandero, que no es lo mismo. Aquí se idolatra al Cristo de la Biblia, pero se es indiferente, o mejor, no se quiere pensar sentir y valorar a los seres humanos que nos rodean. Se valoran más las mascotas, otro fenómeno aberrante. Este departamento y Colombia están llenos de iglesias, pero no existe una verdadera Iglesia que dé ejemplo de altos valores de integridad moral y humana. A ver, ¿en dónde se ha levantado un voz religiosa, llena de autoridad moral, que dé ejemplo e invite a seguir un camino no necesariamente religioso, ésa sería su grandeza –aquí todos esos curitas han carecido y carecen de grandeza–, sino basado en el respeto a la vida, en el esfuerzo del trabajo diario y la aceptación de las diferencias? 

Jamás he visto eso. Y jamás lo veré, ni porque viva 100 años más. 

Tarde o temprano el ejército matará a los cabecillas de los principales grupos criminales, narcotraficantes y masacradores, de eso no hay duda, o se canibalizarán entre sí, como ocurrió con los paracos, lo malo es que hay tantos mandos medios ansiosos de reemplazarlos para obtener poder ($$$), que seguiremos rodando hacia el agujero. ¿O es que alguien –el Ejército, está debilitado como hace 26 años– va a borrar de la faz de la tierra a esos 250.000 milicianos –sin contar las organizaciones del hampa común y ladrones de cuello blanco– que delinquen por todo Colombia? A ver, ¿alguien se hace la ilusión de otro proceso de paz? Este gobierno ha deslegitimado el concepto de proceso de paz, ¿o no? Veamos:

El seudoproceso de paz de este gobierno, Cepeda lo estuvo liderando, no se olvide, es peor que vergonzoso: las estructuras criminales complejizaron más su maquinaria siniestra, aumentaron su capacidad operativa y tejieron sólidos lazos con el gobierno. No tengo que explicar lo que esto significa. Lo malo, sí, lo malo, es que este gobierno sembró, como si ya no tuviéramos suficientes malas semillas, la hierba venenosa de que se puede seguir tomando lo que uno quiere por la fuerza, incluso de manera violenta destruyendo al otro, lo que, a la hora de la verdad, es la ideología de la rapiña. Una ideología que poco a poco va siendo doctrina. Una doctrina sin ninguna clase de examen de consciencia –como sucedía con los héroes antiguos antes de arrasar con ciudades enteras–, que encanalla a la gente, que la hace actuar mal de manera inconsciente, que normaliza mentir, burlarse de la ley, robar, evadir la justicia, ignorar las normas sociales más elementales, que naturaliza la cultura perezosa del ventajista (soy más vivo que usted, ¡já!, ¿qué a hacer?, ¡diga y verá lo mal que va!), del dinero fácil o untado de sangre, de la prostitución aspiracional como estilo de vida, etcétera, etcétera. Si no progresase una doctrina de la rapiña que cada día cala más en lo sociedad no habría un crecimiento acelerado de la actividad criminal, y realmente nos indignaríamos y haríamos algo.

Cada vez nos parecemos a las sociedades cubanas y venezolanas: el gobierno ha minado nuestra capacidad de indignación. Es más efectivo. Así se destruye el orden capitalista para instaurar el comunista. Ya no son los métodos de Stalin, de Mao o de Kim Jong un, eso no sería elegante. Son los métodos, burdos de Castro, Chávez, Maduro, Ortega y Putin, aunque evolucionados: hacer que población se enfrente y se mate, cancelar la capacidad de indignación (para eso son las masivas campañas de mentiras), y fortalecer las estructuras criminales con capacidad operativa para, el día de mañana, intimidar a cualquiera en las ciudades que no esté de acuerdo.

¿O no? ¿Es que se nos olvida la historia? ¿Qué país comunista no devino en dictadura que se enquistó y se ha enquistado en el aparato del Estado durante décadas? Nunca he visto que en un país comunista se convoque periódicamente según la Constitución, a elecciones libres.

¿No vamos hacia un agujero? ¿Quién lo duda? ¿Alguien cree que un nuevo gobierno –se piensa será de derecha, pero…– va a arreglar, así como así, a esta sociedad que ha actuado y actúa gracias a esas semillas de ignorancia e indolencia sembradas en su interior desde hace 200 años? 

¿Y si continúa la izquierda? Peor que peor. El candidato del presidente, graduado de filosofía en la Universidad de Sofía (Bulgaria fue el aliado más fiel de Moscú durante la URRS), está ansioso de aplicar y perfeccionar, como buen marxista de la JUCO, el modelo chambón que principió nuestro presidente. Sólo que, así como es de taimado es prepotente, y está seguro de que sí que va a triunfar. O, ¿a dónde más nos quiere llevar? ¿Ah? En todo caso no hacia la economía de mercado, tampoco hacia la creación de riqueza y a la valoración del individuo con sus potencialidades. Lo que sirve es la masa ignara y obediente. Pero, para una tarea así se necesitan un par de décadas, ¿no? 

La ventaja es que, como aquí todo es seudo, uno se podrá imaginar que, aunque gane la seudoizquierda (Cepeda no es un verdadero candidato, no tiene un sólido programa de gobierno), tampoco lo va a lograr. O de pronto sí logra imponer lo que quiere, a las malas, pues ha demostrado carácter, acabando con la propiedad privada para ‘entregarla’ a los que no tienen (mejor dicho, a los de su partido) usando a las masas populares a las que su tutor ha encanallecido a punta de falsedades haciendo que la gente ignore los exámenes de consciencia y sean capaces de indignarse por lo que ocurre. Así se profundizará la legitimación de la narco guerrilla –este es el verdadero programa, ¿no?– y el día de mañana estos serán héroes y en vez de, por ejemplo, las estatuas de Botero o Arenas Betancourt, sean remplazadas por las de Tirofijo, Raúl Reyes e Iván Márquez, pues nuestro presidente acaba de decir que son víctimas y de aquí a ser mártir sólo hay un decreto. La verdadera revolución será entonces que se imponga la camisa Mao, como la de Cepeda, que emula a Den Xiaoping y Kim il-sung y simboliza la unidad proletaria, el peinado Stain, los idiomas ruso, mandarían y coreano en todas las escuelas. O, en qué otro idioma, distinto del ruso (en realidad, búlgaro, que es eslavo también, pero más refinado que el ruso), iba a estudiar Cepeda filosofía marxista en la entonces Bulgaria ultra comunista, ¿ah? 

En algún lugar escribí que prefiero al gran hermano capitalista que al gran hermano comunista, seudocomunista (como el de aquí, aquí todos los políticos son seudo) o teocrático, pues estos tres últimos acaban convirtiéndose en dictaduras que duran décadas. Pero unos y otros son bandidos y de baja estatura moral, lo malo es que a los tres últimos siempre se les va la mano.

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