Memoria 118

Memoria 118

 

 

03.02.2026 “Cierto secreto del arte”. Estos días, que arranqué de nuevo con la lectura de la biografía de Dostoievski escrita por J. Frank, leí que la princesa V. D. Obolenskaia, ‘mujer de aficiones literarias’ y ‘colaboradora de varias publicaciones especializadas en el pasado histórico ruso’ (tomo iv, p. 49), le informó a Dostoievski que Crimen y castigo no sólo era ‘la obra más grande de la literatura rusa’, sino que se había vuelto su ‘sueño dorado’ convertirla en una obra para presentarla en el Teatro Imperial’ –sueño que se esfumó, como todos los sueños–, y no pude dejar de preguntarme qué era en realidad lo que pretendía esta princesa ilustrada.  

¿Hacerla más conocida por el gran público, pues la consideraba ‘la obra más grande de la literatura rusa’; es decir, hacer gestión cultural?

Ya que esta obra es ‘la obra más grande de la literatura rusa’, ¿era necesario institucionalizarla y convertirla en instrumento de propaganda para el Imperio?

A ser ‘la obra más grande de la literatura rusa’, encarnaba los valores estéticos, religiosos, sociales, morales, culturales de la vida rusa, etcétera, y, por tanto, ¿era un ejemplo necesarísimo para todos los escritores activos del momento social y político y quería poner a prueba su espíritu educativo?

Y, dado el momento social y político –los anarquistas estaban más dinámicos que nunca, y unos 20 años atrás Dostoievski había sido arrestado por sus crímenes contra el Imperio y condenado a 4 años en Siberia–, ¿había que recordarle a esos revoltosos que el Imperio es eterno y es mejor tomar nota de lo que les puede pasar? [La policía secreta rusa, cuyo origen data de principios del siglo xvi, que comenzó a vigilar a Dostoievski a mediados de la década de 1840, sólo lo dejó en paz 1 año antes de su muerte, en 1881.]

Si es ‘la obra más grande de la literatura rusa’ (con profundos valores cristianos), entonces también encarna del destino del Imperio ruso, que, si bien es homicida, castiga, al final es redimido por un valor aún mayor: el amor cristiano, que es el mismo del gobernante hacia su pueblo que ve en él a su salvador (el hombre-Dios).

Hay otra pregunta, quizá más simple sobre lo que pretendía la ilustrada princesa Obolenskaia: ¿no habría admirado ella mucho más esta obra de haber sido pensada originalmente para el Teatro Imperial y así facilitar la propaganda del Imperio y su proyecto político?

Bueno, es mejor no hablar de política.

No soy amante del teatro en vivo, he preferido leerlo; tengo baja tolerancia frente al drama. De modo que no puedo imaginar esta obra para las tablas, como se dice, y hasta donde sé, son pocas las representaciones que ha habido desde 1866 (año de publicación de Crimen y castigo), y sí más bien en el siglo xx y xxi ha habido, que yo sepa, más de 25 ‘adaptaciones’ cinematográficas. De todas maneras, una novela que ha sido pensada y escrita para ser leída e imaginada en la mente del lector, establece un pacto muy distinto al de la representación física, con actores que a su vez interpretan un guion, un guion que a su vez ha sido interpretado por el dramaturgo o guionista que ha seleccionado lo que a él le parece (lo más impactante para el público). Es decir, es una interpretación de una interpretación que a su vez debe ser interpretada por un público. El guionista, no hay que olvidarlo, pedaceada, hace los énfasis que le parece, borra todo lo demás y añade de su cosecha lo que le quiere para dejar su firma, su sello personal. ¡Uf!   

¿Y por qué no puedo imaginar esta obra para el teatro y el ‘sueño dorado’, además, me parece tan tonto e ingenuo? (en Bogotá hubo una adaptación en 2023, que nunca vi, debió ser horrorosa). Pues porque sencillamente las estéticas, los lenguajes y las intenciones que traen aparejadas cada género son distintas. Punto y se acabó. Es claro que el bobo e ingenuo ‘sueño dorado’ de la ilustrada princesa se puede comparar con el rapaz y astuto sueño dorado de muchos cineastas y publicistas contemporáneos de tener una ‘gran historia’ qué contar como Crimen y castigo a la que se puede (ya los derechos de autor prescribieron hace más 90 años) hacer versiones libres, todas las que se quieran. A estas alturas, ya esa gran historia de pecado, redención y salvación ha sido contada si no millones, cientos de miles de veces y a mi modo de ver ya el esquema está más que agotado. Pero bueno. Nadie puede hacer nada hoy en contra de la publicidad.

Dostoievski que, a pesar de los inmensos halagos, no pierde el rumbo, dice: 

“Hay cierto secreto del arte, de acuerdo con el cual la forma épica nunca puede encontrar una correspondencia en la forma dramática. Creo que para varias formas de arte hay una serie de ideas poéticas correspondientes a ellas, de modo que una cierta idea jamás puede ser expresada en otra forma que no le corresponda.” (p. 49, negrita y cursivas son mías)

“…un cierto secreto del arte”; es decir, cada arte tiene su propia manera de ser y de expresar ideas, o lo que es lo mismo: cada género literario busca y encuentra su propia forma. Y, ¿qué es eso de encontrar su propia forma? En esencia, lo que hace única una obra de arte (obsérvese que para Dostoievski la escritura es un arte) es la manera como el escritor utiliza el lenguaje haciendo una selección deliberada e indeliberada de las palabras, y de cada unidad semántica, pues cada unidad corresponde a algo que sucede en el interior del autor, de manera consciente e inconsciente. Y ese algo está relacionado con el tono y el ritmo narrativos que a su vez están en función de las intenciones del escritor que busca dar una forma al caos que vive en su interior. Lo que brota del caos interior de cada escritor que considera la escritura un arte, es el texto, un texto que es único, pues en él está un pedazo de la carne y del alma del escritor. No es gratuito que Dostoievski haya dicho ‘airadamente’ (a la observación de la correctora de pruebas, que señalaba un error en su texto): “¡Cada autor tiene su propio estilo y por tanto su propia gramática! ¡No me importan las reglas de ningún otro!” (pp. 68-69).

Ya que seguimos con las llamadas artes escénicas, lo que hemos visto en toda la historia del cine mundial, es cientos de miles de películas ‘basadas’ o ‘adaptadas’ de obras literarias famosas, que cuentan una ‘gran historia’. El hilo delgado está en cuáles de esas obras son arte literario (dueño de un leguaje literario propio, de una gramática propia, NO negociable ni intercambiable ni conmutable con otros géneros), y cuáles simplemente no son arte. Para no ir más lejos, la semana pasada mi mujer que fue a cine con una amiga, me dijo: “Vi el trailer de Cumbres borrascosas”. ¿Cómo te pareció?, dije. “Horrible”, dijo indignada. 

Es muy fácil imaginar ese nuevo adefesio hollywoodesco (Margot Robbie es una belleza apenas para Barbie, pero no para Cumbres borrascosas) y no sentir rabia y desconsuelo. El ‘cine’, está cada vez peor. Cada vez son más escasos los guiones originales. Y de las ‘historias basadas en hechos reales’ y documentales, mejor ni hablar. Parece que a Hollywood le va mejor cuando trata el género biográfico…

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